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¿Dónde está Virginia?

Por Gustavo Páez Escobar

Porfirio Barbajacob Foto eltiempo.com

 

Porfirio Barba Jacob nació en Santa Rosa de Osos en 1883, Colombia, hace 122 años, y se fue del mundo sin contarnos qué pasó con Virginia. Por lo menos yo lo ignoro, y quisiera que alguien más enterado me contara el secreto. Pocos saben que el gran cantor de la melancolía y la angustia, antes de ser poeta fue novelista. “Virginia”, la única novela que escribió en su juventud, desapareció en manos de un alcalde confiscador y nadie volvió a saber de ella.

 

Era una novela de tipo romántico, basada en sus amores con Silveria Prisco, una hermosa novia campesina que tuvo en Angostura, el pueblecito panelero de Antioquia, durante un viaje realizado a la finca de su abuelo. El alcalde, por oscuras razones de moralidad pública, la prohibió con el siguiente decreto que merece enmarcarse en la galería de las vilezas y los atentados contra la libertad de expresión:

 

“El suscrito alcalde municipal de Angostura, en uso de sus facultades legales y en bien de la moralidad pública, resuelve: Prohíbese al señor don Miguel A. Osorio que preste los originales de una novela llamada “Virginia”, en la que este señor, según informan los que la han leído, cuenta unos amores de una tal Virginia con un tal Maín, ocurridos en los parajes de La Romera y el río San Pablo, y hay allí conversaciones que perjudican la moral pública. El señor Osorio debe entregar esos originales en esta Alcaldía, en el término de 24 horas, y de no hacerlo, pagará una multa de cincuenta pesos ($ 50.oo) convertibles en arresto”.

 

Lo poco que se conoce sobre aquel borroso episodio indica que el novelista frustrado (tal vez un genio de la narrativa si no se atraviesa el alcalde estrafalario) la escribió en máquina y la puso a circular entre amigos. Después de la alcaldada, la novela desapareció y nadie volvió a saber de ella.

 

Por los contornos que ofrece el suceso, protagonizado por una autoridad miope y caricaturesca, podríamos conjeturar que las hojas literarias, calificadas como escandalosas por el funcionario mojigato que ni siquiera las había leído, fueron víctimas de las llamas de nuestra criolla Inquisición, que aún ardían en países retrógrados como el nuestro, por aquellos días víctimas de horrendo fanatismo religioso. Los adjetivos me brotan a borbotones para reprobar aquella acción inicua que privó a la literatura de conocer la naciente sensualidad de quien años después escribiría en Cuba el desgarrado poema “Canción de la vida profunda”, que lo llevó a la cumbre de la fama.

 

Alejado del estrecho marco pueblerino donde habían transcurrido su niñez y juventud, y en el que careció de la cercanía y el afecto de sus padres (todo lo cual se reflejaría en sus versos desolados), Barba Jacob se puso a recorrer mundo: Costa Rica, Cuba, Méjico, Guatemala, Nicaragua, Estados Unidos… Apasionado por la lectura, descubrió a Voltaire y Nietzsche como sus autores favoritos y con ellos creció su rebeldía social. Y se hizo poeta. Nunca más volvió a incursionar en el género de la novela, y nunca olvidaría a la novia lejana, la bella Silveria Prisco, que le alborotó el cuerpo, el alma y el cerebro y luego se esfumó. También él se esfumó de los amores castos.

 

El poeta quiso retener ese recuerdo en un amor novelado (la “Virginia” destruida por el alcalde pirómano) que se deslizó por un escenario elemental y puro, como vivo testimonio de sus andanzas románticas por las montañas de su tierra. De paso, en esa ficción real creó a Maín, el novio de Virginia, seudónimo que utilizaría en su vida de escritor (Maín Jiménez), junto con otros que hizo célebres al paso de los días. La hoguera inquisitorial de Angostura, que devoró las cuartillas iniciales de quien tiempo después sería declarado hijo adoptivo de la población, no logró, sin embargo, destruir las huellas del amor bucólico de Virginia y Maín. Estampa sentimental que se me antoja calcada del amorío pastoril inmortalizado por Dafnis y Cloe.

 

Desaparecida la novela, nació la leyenda. Quizá no sepamos nunca si aquellas hojas frágiles fueron en realidad quemadas por el puritanismo parroquial, o si se las comió el comején del tiempo, que viene a ser lo mismo, ni quede fácil averiguar hoy por la suerte de Silveria Prisco. Sabemos, en cambio, a ciencia cierta, que Virginia y Maín, los novios de ficción y al mismo tiempo de carne y hueso, que por poco llegan a ser novela, se salvaron (así lo atestiguan estas letras escritas un siglo después) de entre el rescoldo crepitante de la historia sepultada por el alcalde de Angostura.

 

El Espectador, Bogotá, 9 de octubre de 2003.

Revista Manizales, Manizales, No. 728, enero-febrero de 2004.

Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 8, noviembre de 2005.

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