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Don Marco: 104 años y sigue tan campante

Por Oscar Domínguez G.

Don Marco Foto archivo particular

 

En Colombia hay 4.500 personas con más de 100 años. Uno de ellas es don Marco Aurelio Villarreal Rondón a quien su madre le vaticino que vivirá más que su abuelo que coronó los 106 años. Para hacer quedar bien a su oráculo, hoy, 25 de abril, don Marco apagó las velas de sus primeros 104 años, rodeado de los mimos y el asombro de sus hijos Martha, Carlos y Adela que le han dado seis nietos y dos bisinietos.

Del signo tauro, nació el día de su tocayo san Marcos, evangelista. Como el coronel Aureliano Buendía, tiene a Dios por copartidario.

Conversador feliz y conservador de la vieja guardia (“Firmes, Cachirí”, dice), exfuncionario del ministerio de Guerra –hoy Defensa-, Villarreal Rondón, bumangués, es todo un personaje en su barrio Niza IX, donde se le ve caminar lento, a 14 cuadros por segundo, dicho sea en la vieja jerga cinematográfica.

A toda hora ejerce su condición de hombre galante. Ninguna mujer escapa a un respetuoso cumplido suyo, acompañado de una inclinación de cabeza y levantada de gorra. Siempre va impecablemente vestido.

A nadie le niega un saludo. Arranca a hablar con el que diga pago. Es como si tuviera afán por compartir lo que sabe.

Hasta hace unos años daba conferencias. Él mismo invitaba y regalaba fotocopias sobre diversos asuntos. Cuando cumplió 100 años hablé con don Marco. Iniciamos la charla por una de sus grandes aficiones:

– ¿Don Marco Aurelio, cómo se aficionó por la lectura?
– Ah, los libros… Desde cuando era joven aprendí qué son los buenos libros. Los buenos libros son urna de ideas, arcas de ensueño, flor de la vida…
– ¿Quién lo enrutó por la lectura?
– Desde mi infancia, mi mamá me dijo: Usted va a ser distinguido por las letras y la lectura que desde la infancia las musas revelaron a los hombres. Esos son los buenos libros, como los de Amado Nervo.
– ¿Aparte de los de Amado Nervo cuáles otros mencionaría?
– Eso es una cantidad que en parte tengo olvidados porque con los años que tengo vividos se me van olvidando algunas cosas. Pero ahí voy, poco a poco.
– ¿Fue buen lector de libros?
– Sí, y a la vez los regalaba para no cargar peso, de una parte. De otra, cada 25 de abril cumplo años. Bueno, hasta ahí le puedo decir.
– ¿Cómo se siente de salud?
– Es buena, camino… Los médicos me dicen: ‘Camine para que no se anquilose, porque si no, toca ya en silla de ruedas’. Entonces salgo a caminar. La silla de ruedas no más me da tristeza.
– ¿Cuántas veces camina al día?
– Una vez en lo que es para el norte y para el sur. Y luego, caminata allá en el apartamento.
– ¿Cómo fue su experiencia en el gobierno?
– Cuando hice parte del ministerio que se llamaba de guerra…hice la sugerencia de que no fuera de guerra, que era violencia, sino que fuera Ministerio de Defensa Nacional, y así se quedó, y hago parte de ese ministerio.
– ¿Qué hacía en el ministerio?
– Estudios jurídicos. Me pasearon por toda Colombia. Conmigo no había transacción de que tome estos pesos porque embargaba mi alma. Pienso morir, cuando sea, sin ningún trazado de esos. Eso es todo.
– ¿De sus años en Bucaramanga qué recuerda?
– Que no fueran “peliones”, que se amaran los unos a los otros sin distingos políticos, que con pelear había heridos y muertos. Ese no es el son de la vida. Eso les dije a los de la Ciudad Bonita.
– ¿Qué otras ciudades fuera de Bucaramanga y Bogotá ha conocido?
– Ah, eso sí. Me pasearon en el ministerio de Defensa Nacional para hacer investigaciones jurídicas por toda Colombia. Para donde no me nombraron fue para Leticia, ni para otro pueblo que hay por allá arriba. Lo demás sí… Sabían que yo no me transaba con dinero. Era la justicia, la verdad y la justicia. A los que tenían delitos les abría un paréntesis para estudiarlos y hacer declaración con un joven secretario que era mi auxiliar.
– ¿O sea que usted es abogado o estudió leyes?
– Estudié leyes. Quise que me examinaran y dijeron que me valía unos millones y yo no tenía eso para la tarjeta de abogado.
– ¿A qué debe su longevidad, don Marco?
– A que el papá de mi mamá duró 106 años (abuelo Liborio Rondón). Entonces mi mama dijo que yo podía acercarme a la edad de su papá, pero que siguiera la vida de no maldecir a nadie, no decir malas palabras, desearle a la gente siempre el bien, sea mujer o sea hombre. Y con buenos recuerdos. Y ahí voy.
– ¿Se enamoró muchas veces?
– No. Me casé con la señora María Lucrecia Cañas de Villamizar en Pamplona. Ella era de Pamplona, yo de Bucaramanga. Ella falleció. Fue profesora y por el uso de tiza en una pizara, se asfixió. Eso la llevó a la muerte. Le dijeron: Están inflamados sus pulmones, la garganta. Confórmese para cuando Dios la llame.
– ¿Qué le gustó de su señora que lo enamoró?
– Nos conocimos en Pamplona y los papás de ella, que eran de allí, habitaban una casa grande. Vieron que su hija me estaba enviando correspondencia a La Victoria, donde yo tenía un negocito de compra de café. Entonces les dije yo que ella estaba correspondida, que si ellos eran de palabra, yo también era de palabra. Si querían que yo me casara con su hija, dijeran sí, y si no, no más me volverían a ver por ahí. Entonces doña Adelaida, la esposa, dijo: Miguel nosotros también nos entendimos bien y por eso nos casamos. El señor es hermano de dos sacerdotes, es de buena familia, y él en persona también. Entonces don Miguel, dijo: Bueno, entonces sí. Fijamos el matrimonio a tres meses, mientras conseguía unos pesos, porque eso se gasta, abrir casa
– ¿Y en política a quién ha respaldado don Marco Aurelio?
– Mi política es: “Firmes, Cachirí”. Soy de una sola palabra. Ahora, partido conservador, conserva la tradición. Eso es. Pero que el otro sea liberal, tampoco le hago la guerra. Cada uno piensa como quiera. Ese soy yo.
– ¿Cuándo votó por primera vez?
– Voté por primera vez en Bucaramanga. Y aquí (en Bogotá) también he votado por los candidatos conservadores. Yo saco la tradición. Me respetan porque me entiendo con los grandes intelectuales. Más que expositor, soy buen oidor.
– ¿Que le gustó de Bogotá que se quedó?
– La ciudad grande. Vine a hacer un curso de suboficial en el norte de Bogotá, vine a conocer. Unos se iba por ahí a un lugar a comer, yo me subía al Capitolio a oír a los parlamentarios. Varios me dieron su tarjeta, como Manuel Serrano Blanco, que era senador. Me dio tarjeta para cuando quisiera asistir. Y Juan Cristóbal Martínez, que era de Lebrija, de la Cámara de Representantes. Me gustaba más el senado. Y allí aprendí varias cosas, oyendo, oyendo.
– ¿Don Marco, ha sido usted una persona feliz?
– Sí me siento. No tan feliz como yo quisiera, tener dinero que es muy poco lo que tengo, y lo que tengo es pa pagar arriendo, y la administración y la canasta familiar.
– ¿Qué es para usted la felicidad?
– El honor de ser y morir con dignidad. Y que Dios me perdone alguna debilidad si me encuentra. Todos los días hay un nuevo amanecer.
– ¿Cuáles debilidades ha tenido usted?
– No, yo no he tenido debilidades. Yo he sido bien formado y todos los días, al levantarme, entonces yo digo el Himno de la Mañana, que es el que me ayuda. ¿Lo quiere oír?
– Claro que sí…
– “Esclarece la aurora el bello cielo,/ otro nuevo dia, oh, Dios, nos das/ Gracias a vos, creador del universo/ oh, Padre nuestro, que en el cielo estás/ Conservad nuestras almas sin pecado/ a nuestro cuerpo dad fuerza y vigor, a nuestra mente iluminad piadosa/ con un rayo benéfico de luz/Por nuestra amada patria, os suplicamos/por la Iglesia elevamos oración, por nuestros caros padres y familia porque dichosos los hagáis Señor/En vuestro Santo nombre comenzamos este nuevo día de vida que nos dais, haced que lo acabemos santamente/Oh Padre Nuestro, que en el cielo estáis”. No hay duda: hay Don Marco para rato. (Entrevista publicada en El Espectador).

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