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Don Antonio

Por Oscar Domínguez Giraldo

Antonio Pardo García Foto radionacional.co

En el barrio Manrique, de Medellín, no nace el que quiere sino el que puede. Allí nació (noviembre 22) el periodista Antonio Pardo García, a quien el Círculo de Periodistas de Bogotá, CPB, premió hace tiempos por su vida y obra periodísticas.

Foto CPB

Foto CPB

Don Antonio Yesid, toreado en varias epístolas, madrugó a conocer el abc del oficio. Fue telegrafista en sus inicios. Recibía las noticias en clave de morse. Aprendió a leer, escribir y amar en puntos y rayas.

In illo témpore, la información llegaba en inglés. El imberbe reportero trabajaba en El Correo de la capital paisa. Las noticias debían ser traducidas – e infladas- al español.

Pardo hace parte de la nostalgia del periodismo. Y de la leyenda.

Recibió la alternativa en el Medellín de los años cuarenta. En la agencia de norteamericana de noticias AP, una de las mejores escuelas de periodismo de la época, aprendió a redactar bien y rápido, a valorar las noticias, y a hacer croché con sus colegas de La Defensa y El Colombiano.

Eran famosos radioperiódicos como Adelante por titulares de este corte: ”Iba para Bello y se quedó en el hospital. Un bus lo arrolló frente al San Vicente de Paul”. La bohemia de entonces imponía largas e inevitables tenidas etílicas después del cierre.

En 1953 trabajó en El País, de Cali, como reportero estrella, contratado por don Lalo Lloreda. De Cali pasó a Bogotá tentado por el mariscal Alzate Avendaño para el Diario de Colombia. Después ancló en Colombia Press, de Pepe Romero.

El caminante caldense Silvio Villegas lo fichó para La República de Ospina Pérez. Fernando Londoño, en 1957, lo reclutó para la radio. En Todelar de la calle 19 con 5ª, en Bogotá, fui su mensajero (=patinador de redacción) con ochocientos pesos mensuales de salario ínfimo. La plata alcanzaba hasta para sí fornicar, beber, pagar arriendo.

Pardo fue la prolongación de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Antioquia donde no peleché. Allí empecé a juntar vocales y consonantes. En el periodismo, el maestro Pardo tiene más historia que una mujer desmemoriada…

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A las certeras noticias que redactaba a mil, solo les faltaba música de la Sonora Matancera. O de alguna milonga con las que creció en Manrique. Su periodismo era –es- una fiesta.

Nunca la forma de escribir de un periodista se pareció tanto a los vistosos y bien cortados trajes que lucía. Los párrafos de entrada que iba leyendo en voz alta para corregirse, eran tan festivos que provocaba sacar pareja. Había alegría y creativo estrés en la forma de ejercer su destino periodístico.

Lo ha hecho tan bien que el premio “Ivonne Bolívar” de periodismo merece ganarse un Pardo. No al revés. Los proclamamos sus pupilos de Caracol, Todelar, RCN, el servicio Nacional de Prensa, Centro Informativo El País, la universidad, donde lo flechó su segunda esposa.

Oírlo sigue siendo una rumba. Se acomoda su gorra de pensionado y está dictando cátedra. Se lo pelean en múltiples tertulias. Su apellido hace rato es sinónimo del mejor periodismo.

Otros periodistas de Todelar eran:

Jorge Enrique Pulido, el Enano, o viejo Puli. Era la estrella de la redacción política. Solo tomaba mínimas notas de sus entrevistados. Luego armaba las noticias a mil por hora. Sus cuartillas, levantadas en viejas máquinas Olympia eran limpias, sin tachones. Su imaginación era tan rápida como sus manos de mecanógrafo. Todas las fuentes le pasaban al teléfono lo que nos asombraba a los patinadores-primíparos que hacíamos las primeras armas en el oficio. Tenía la memoria de Funes y de todos los elegantes africanos juntos. El hombre que se inició como patinador, era fumador empedernido de Marlboro. Le tiraba a todo lo que se moviera en el campo del amor. Tremendo mamador de gallo. Impostaba la voz que daba miedo. Inconfundible el tono de su voz. Gran improvisador. Kamikaze del periodismo se la jugó contra los narcos quienes finalmente lo convirtieron en mártir. Muy completo como periodista: lo hacía bien en prensa, radio y televisión.

Juan Darío Lara Foto colarte.com

Juan Darío Lara
Foto colarte.com

Juan Darío “el Cabezón” Lara. Hombre fuerte de Apulo, Cundinamarca. No conozco otro que manejara mejor el lenguaje de radio. Siempre ha lucido bigote libidinoso de cantante de boleros. No se iba por las ramas para dar una noticia económica. Dos cucharadas de caldo y mano a la presa. Decía todo en pocas palabras. Gran amigo. Somos compadres. Llegué prendido al bautizo de su hijo Darío. Qué pena con el bebé, y con Betty, la esposa del Cabezón, otro que se tenía confianza para no dejar “inédita” a ninguna secretaria. Bueno para la parranda. Miembro del CPB. Duro para manejar la máquina. El corazón le ha pasado varios memos con copia a su hoja debida.

Marta Montoya, de Montenegro, Quindío, se fajó como redactora política. Luego pasó al turbayismo como jefe de prensa del hombre del corbatín. Integraba el Triángulo de las Bermudas de Palacio, con Diana Turbay, ya fallecida, y doña Cecilia Robledo de Eastman a quien no le perdono que una vez que nos encontramos, me haya dicho: “¡Óscar, cómo estamos de viejos!”. La Montoya se cuenta entre las primeras mujeres que se le midieron la redacción política con éxito.

El negro Jaime Zamora Marín, también de la redacción política. Una especie de Harry Belafonte del periodismo. Se definía así: “El putan boys, el chacho, el mamín, el que se las come todas”. Nada de vulgar ron o aguardiente: solo scotch. Hablaba inglés con acento del sur (no del sur de Estados Unidos, sin del sur bogotano, concretamente de Kennedy, donde nos reuníamos los fines de semana a beber cuando éramos pobres. Ahora no somos ricos pero sin plata). Nos tenía mamados con cantantes de ópera, en vez de Gardel o Daniel Santos. Después del cuarto frasco nos acribillaba con Caruso, María Lanza, Tito Schipa y otros. Elegante a morir. Nada de ropa comprada en San Victorino. Ropa de marca. Tiene emisora y quinta de rico en Villeta, Cundinamarca.

Harada de San Martín Garcon. Tolimense, buen loquito el viejo Harada. Se inventó ascendencia francesa, de allí el Carcón, con cedilla, que me niega mi computador. Disparaba noticia solo con dos dedos. Cuando le pagaban la quincena, ya la debía en alguno de los bares con féminas de la 19. Harada era de la redacción matutina. Llegaba con unos guayabos tremendos. Cuando llegaba. Se casó en uno de los cerros para ponerle la ciudad a los pies de su amada. Una vez me dijo: “Trapo, acompáñame a comprar el Libro la Canción del Caminante, que es el único que me cura esta tusa de amor que tengo”. Como era mi jefe le obedecí. En nuestra ausencia, se produjo el golpe de Estado en Panamá. Cuando regresamos la competencia nos había vuelto lo que sabemos. El Loco Giraldo llamó a preguntar por qué no habíamos dado la noticia. Harada frentió el asunto y le contó lo sucedió. “Hijupuetas, malparidos, irresponsables: quedan suspendidos ocho días”. Harada admitió la culpa, pero logró que el Loquito, como le decía, me redujera la sanción. “La culpa es toda mía”, dijo el buen Harada, quien tampoco es del mundo de los vivos.

Alvarito Rodríguez, era uno de los jefes de redacción. Buen tipo, camellador como él solo. Ya no nos acompaña. Como no tomé trago con él, no recuerdo más datos, salvo que era todo responsabilidad.

Leonel Fierro Trujillo, Leonte, era su seudónimo. Era de la redacción judicial. Ningún muerto se le quedaba por fuera de su prosa. Demuestra que en todo huilense ronca un José Eustasio Rivera. Se le ponían los ojos como un dos de oros de felicidad cuando redactaba. Para inspirarse, le pegaba duro a la tecla de las mayúsculas. Parecía siempre acabado de llegar en bus desde Neiva. Redactaba con facilidad, con vuelo literario incorporado. Todavía (¿!) está casado con Esmeralda.

Fabio Marín Ramírez, alias “Aníbal Farías subteniente Peña”, importado de Caldas. Muy bueno para la redacción económica. Siempre impecable, y con el pucho de Marlboro al lado. Duro para empinar el codo, como sus colegas. Enamorado de todos los días y todos los semestres hizo mamá dos veces a Beatriz Sánchez, quien viajó a Estados Unidos hace años.

Hugo Rozo Gual (en realidad su apellido era Gualteros, pero el hombre lo redujo por aquello del glamur). Hace años viajó a Francia. De pronto me escribo con él. Olvidó el castellano en gran parte. Espero que le haya ido mejor con el francés. Cubría locales.

Jorge Graciano, el Carasucia, le decíamos, por su rostro a lo gamín. Duro para enamorar y camellar el gigantón Graciano, a quien después volví a ver como periodista de la Empresa de Acueducto. Tiene barriga, voz y caminado de rico.

Y ya para terminar por hoy:

En la muerte del Loco Giraldo

Alberto Giraldo López Foto archivo Cromos

Alberto Giraldo López
Foto archivo Cromos

De los muertos hablar solo lo bueno, aconsejaban los romanos. En el caso del fallecido periodista Alberto el “Loco” Giraldo, hay 8.000 mil razones para desobedecer a los romanos. Y hay no pocos motivos para seguir aquel consejo y recordarlo por las múltiples facetas positivas que hicieron del nacido en el balneario de Cisneros, Antioquia, un hombre fuera de serie.

Iba bien “Albertico Limonta”, uno de sus apodos, hasta que empezó a juntarse con malas compañías: los Rodríguez, de Cali. Y “gracias” a un teléfono no tan “seguro” como él lo proclamaba, terminó estropeando su hoja de vida. Un canazo de varios años que pagó en cárceles de alta comodidad, a tono con su estilo de vida de sibarita, terminaron con una existencia que estuvo a punto de hacer historia en el periodismo. Lo suyo terminó en una nota de pie de página de la crónica roja.

Tal vez el desbordado “Loco”, mote que suplantó su nombre de pila, se cansó de cargar ladrillo, de escribir la historia diaria como exitoso reportero que se ganó todas las charreteras.

Y en vez de escribir la historia decidió protagonizarla: colgó las cuartillas, se matriculó en la escuela de los Rodríguez, les hizo mandados ante los políticos y adiós Helena.

Después de esa narcoexperiencia, le tocó vivir sus propios infierno y purgatorio. “Soy un cadáver civil”, solía decir este chuzógrafo que redactaba sus cuartillas en un dos por tres, sobre la marcha del noticiero, después de exprimir a sus fuentes de alta fidelidad e infidelidad, a las que consideraba sus pares, y a quienes tuteaba y madreaba en un lenguaje de plaza de mercado.

Todos esos excesos se le toleraban al “Loco” quien, paralelamente, tenía por corazón un merengue. Siempre se le fue la mano en generosidad. Era el clásico “amigo de sus amigos”, como cantó Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre. Como jefe exigente conocía al rompe las habilidades de sus reporteros y les brindaba todo su apoyo. En el trato con su tropa fue de mano tendida y pulso demasiado firme.

Lo que ha debido dolerle más es que sus viejos “amigos” prefiriéramos que no nos llamara por teléfono. O que le escurriéramos el bulto si nos lo topábamos en alguna parte. Temíamos que nos empapelara la ley por figurar en su agenda. Él mismo era consciente de esta situación y prefería desaparecer en vez de incomodar.

Con su talento y talante tuvo de sobra para convertirse en uno de los periodistas mejor pagados y conectados. Le hacían vale en bares y restaurantes de todos los trinchetes, y los sastres se peleaban por coserle los trajes sobre medida. Lo llamaban para amar y estaba detrás de alguna falda deshinibida. A gato viejo, ratón tierno.

Sobre todas, sufrió la enfermedad incurable de la información: hasta el final, quiso estar al tanto de todo. Era un animal de la noticia. “¿Qué ha pasado, $%&&/&%#?”, solía preguntarnos a sus interlocutores. Era casi multiorgásmico su afán por conocer la última chiva.

En sus exequias, hubo lleno hasta las banderas. Sus pupilos de Todelar, cuando Giraldo era “feliz y documentado”, estuvimos en la despedida.

En su caso, la muerte no se vino “tan callando”. Hizo ruido hasta el final. Después de muerto seguirá siendo noticia a través de un libro inédito en el cual muchos aspiramos al honor de no figurar. Descasa en paz, “Loquillo”.

No calumnio a nadie más… Por hoy.

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