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Diez años sin el Sherlock Holmes de la cocina

Por Oscar Domínguez Giraldo

Kendon McDonald Foto Nature and Ethic Food.

Hace diez años (febrero 23), la crìtica culinaria no tiene entre su cofradía a Kendon McDonald, mezcla de primero y tercer mundo, con apellido de restaurante de comida chatarra nacido en Escocia, y quien convirtió la gastronomía en religión, tic, pasatiempo, docencia y oficio.

Murió en un hotel en Cali. Su corazón decidió darse y darle un sabático eterno.

Como activista de la feligresìa de los desmesurados, se necesitaron dos ceremoniales para decirle adiòs en los rituales   catòlico y protestante rociados con el “dry martini” de una que otra furtiva làgrima.

Oficiaron el padre Carlos Gòmez (quien leyò textos de Isaìas y de san Pablo) y el pastor Javier Muñoz (aportò letra del salmo 72: “ Oh Dios, concede al rey tu amor por la justicia…”), antes de remitir a Kendon a la monòtona eternidad sin vino. Y sin los pecados de la carne.

Imagen Archivo particular

Viviò escasos 48 años, pero es como si hubiera vivido las siete vidas del gato. Muriò sobregirado de vida. Sus primeras armas gastronómicas las hizo en el restaurante Doña Elvira de la Calle 50 con carrera 20, Bogotá, primer piso, sin ascensor. (Ahora tienen sucursal al lado del hígado del Museo Nacional).

Sus colegas, los mismos que ven un brócoli, una langosta,  un pollo o  una salsa,  y levitan, dijeron presente en la  despedida al hiperbòlico escocès que vino de las tierras aptas para el fabricar el mejor whisky al que solía serle infiel con la ginebra.

En su homenaje, sus colegas de tenedor llevaban el traje de luces del gourmet-gourmand. Dos gaiteros escoceses importados de algún pueblo de la sabana – nada de faldas sin calzoncillos por dentro- hicieron sonar sus lùgubres instrumentos cuando el glotón mayor entrò y saliò de la capilla.

Mariposas amarillas volaron sobre su piyama de madera (ataùd) en el que se mecìan altaneras las banderas de Escocia y Colombia.

La curiosidad que desatò en su imaginación el Macondo de Garcìa Màrquez lo llevò a sumar dos patrias a su hoja debida. Hacìa dos años Kendon habìa recibido la ciudadanìa macondiana.

Se iniciò como profesor de inglès y asesor y gurù de periodistas del desaparecido QAP de las Marías. En español aprendiò a escribir despiadada crìtica gastronòmica. Hizo de sus dìas una càtedra permanente e informal llena de mamagallismo.

Fue sonriente “catador” màs que  tragòn empedernido. Probaba, luego existìa. Como el estòmago no sabe de sutilezas su  panza creciò  en forma desmesurada. Se dieta consistiò  en comer de todo.

Anualmente, interrumpìa su sabàtico en Colombia para desatrasarse de nostalgias en Escocia adonde llegaba con su contrabando de guascas y papas criollas para preparar ajiaco para los paisanos de Sherlock Holmes,como es apenas elemental, queridos.

El mùltiple mensaje del escocès “on the rocks”, calò entre sus colegas de oficio que lo admiraban como crìtico. Como cocinero preferìan otra sazòn.

Convenciò a los mandamases de la industria gastronòmica de que el oficio no es solo para llenar los bolsillos sino para compartir con los que tienen embolatado el almuerzo. Convertidos en filántropos  patrocinaron fundaciones y eventos encaminados a redistribuir el ingreso culinario.

La mayorìa de asistentes a sus exequias lo sabìa todo sobre la comida y la bebida. Muchos colados que no conocimos a Kendon,  nos hicimos  presentes para despedirlo y darle gracias en representaciòn de la anònima  aristocracia  del corrientazo, ese cartel integrado por clientes que tenemos buche de mendigos o de reporteros, como es mi caso: nos entra de todo y no nos hace daño nada. Moriremos de puro aliviados.

Como  Sherlock Holmes de la cocina colombiana le encontraba encanto a todo plato. Fue certero detractor de la bandeja paisa. Se le perdona el lapsus pues tambièn impulsò los enlatados criollos. En castigo, alguna vez habrà bandeja paisa enlatada.

Despuès de las exequias, los de su cuerda se largaron a comer y a beber en su memoria en restaurantes de todos los trinchetes. Los de l llanura gastronómica arrancamos a buscar ese ritual meridiano llamado corrientazo que llena los requisitos de bueno, bonito y barato. Paz sobre sus sabores y olores.

 

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