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DESVERTEBRADA: Vuelve el “poncherazo”

Por Oscar Domínguez Giraldo, El Colombiano, Medellín

Ritual de los aristócratas de gallinero del cine del barrio era llenar álbumes que pegábamos con engrudo doméstico. Eso era mejor que comer con los dedos.

Los bajitos teníamos claro que el cuarto preferido de la casa era la calle donde intercambiábamos láminas y ejercíamos el oficio de inmortales. (La muerte no existía porque no pensábamos en ella).

Acuñamos un dicho: “Sale más que el confite”, para aludir a las figuras que salían repetidas. Las láminas traían por dentro el paraíso en forma de confite.

Había colecciones que no incluían el dulce. Eran los álbumes artesanales, hechizos, en los que íbamos pegando los cuadros de los “muchachos” de las películas.

Como cada cuadra se daba la semántica que necesitaba, denominábamos “muchachos”, a los actores principales como John Wayne, Alan Ladd, Joel Mc.Crea, Randolph Scott, Burt Lancaster….

“Cuadros” eran negativos diminutos del tamaño del pecado de una monja de clausura. Para ver mejor las vistas se colocaba el cielo como telón de fondo.

Se insertaban en libretas pequeñas, de tienda, a las que les hacíamos pequeñas incisiones diagonales con una cuchilla de afeitar jubilada.

La semana, la vida, el mundo, valían la pena por el domingo que aprovechábamos para cambiar caramelos.

De lunes a viernes nos desasnábamos en la escuela José Eusebio Caro. “Siempre seremos escueleros”, diría con un egresado, Gerónimo Giraldo Marín. De niño me escribió para pedirme que no fuera a olvidar la escuela. Orden cumplida.

Pero a rey muerto, álbum puesto. Se acabaron esas colecciones y por estas calendas estamos por cuenta de “Medellín es un caramelo”, solo para niños entre cinco y los noventa años.

Suelo leer el álbum de la Fundación Viztaz con la avidez de lector de novela pornográfica.

Llenarlo, aprender, “montar” en el primer tranvía, “recorrer” el parque de la Independencia, genera un tsunami de nostalgia entre la ingenua logia de los coleccionistas.

Nos tiene ejerciendo el destino de chinches Óscar Botero Giraldo, el mandamás de la fundación que se impuso la tarea de convertir la historia en imágenes. (¿Quién tiene el archivo de las instantáneas que tomaban en Junín? Lo compro ya).

“Creamos el álbum con la intención de que los medellinenses conocieran de una forma lúdica un poco de su historia y de su geografía”, sostiene.

Desde hace veinte años Botero y su contingente de quijotes se han dejado venir con otros proyectos como “Antioquia es un caramelo”.

El último es el de Medellín. O el penúltimo, porque a Botero le dio por darle respiración boca a boca a una cámara de las que utilizaban en los parques los fotógrafos de agua y anda por ahí incitando al poncherazo.

En el momento menos pensado apareceremos con nuestro popurrí de arrugas y pategallinas en www.poncherazo.com. Un poncherazo es un selfi con el pasado, el instagram de los ricos sin plata. Prohibido el retoque, adiós fotoshop.

Ñapa

UN NARRADOR DE PELÍCULA

Fray Augusto

Vivía a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sobre y tras del cine. Otra cosa parecía no importarle en la vida. Cuando no tenía plata para el cine, entre sus colegas de insomnios hacíamos vaca para que fuera por nosotros.

Le decíamos Beto , simplemente, y aparecía todos los domingos en la esquina de la cuadra, después del rito del cine matinal, muy tieso y nada majo, radiante. El dinero que le daban en casa para la motilada lo volvía películas del oeste.

In illo témpore, la moda incluía cortes de pelo criminales que incluían regla para trazar límites en la nuca, y unas maquinillas manuales que le hacía al sujeto el pobre favor de dañarle lo que quedaba de autoestima. Pero, en fin, los muchachos de antes que no usábamos gomina tampoco le jalábamos –mucho- a la vanidad. No sabíamos que existía.

Beto, o Passos, como le decíamos en la escuela, como los demás de su ralea, andaba por las calles del barrio con un fajo de cajetillas de cigarrillo Pielroja, que después cambiábamos por motiladas en el Far West capilar de los años cincuenta.

En nuestros años mozos, además de iniciarnos a los muchachos en el oficio de aspirar humo, las cajetillas fueron dinero constante y nada sonante. Con ellas se canjeaban o compraban productos entre la piernipeludocracia de negociantes improvisados –y en pantalón cortico- de la Calle 92 de Aranjuez, en la región nororiental de Medellín.

Beto –y sus colegas de ilusiones que éramos todos- era diestro en el arte de jugar pipo y cuarta con bolas o canicas (golf con los dedos), claro, sin “embutir”, un verbo que algún Rufino José Cuervo sin zapatos se inventó para describir la destreza o la conchudez de acercar con las manos una bola a la otra.

Al arroyuelo, Pasos, como le decíamos lo de la Escuela José Eusebio Caro, le pelaba al prójimo todas las chumbimbas o bolas.

Andaba a bordo de un trompo “zangarrietas” (que brincaba en el herrón) que sacaba la cara por él. Era un as barbado para adivinar la fecha de las monedas de uno, dos, cinco, veinte centavos… las únicas a las que teníamos acceso. Éramos pobres pero nos tocaba ser honrados. Dicho de otro modo, éramos ricos sin plata.

Beto llegaba y de una instalaba a encantar con una prosa fácil que hacía las delicias de la culicagadocracia del sector. Pero lo mejor era cuando empezaba a narrar las películas que había visto en los teatros Berlín, Aranjuez o Laika.

Si veía películas de Tarzán, diferenciaba bien si el actor que lo había encarnado era Johnny Wiesmuller o Lex Barker.

Pertenecía, como todos nosotros, a la aristocracia de “gallinero”. Los porteros de los teatros se dejaban sobornar por un “cuadro” o vista del “muchacho”, como en la semántica callejera se le decía al protagonista.

Era –éramos- cambalechero nato. Cambiaba un cuadro de Burt Lancastar y Tony Curtis en “El pirata hidalgo”, por un Gary Cooper en “Veracruz”. Eso sí, exigía que en el negocio se le encimara, mínimo, otro de Audie Murphie, menos ranquiado entre nuestros preferidos.

Cuando empezaba a narrar películas se sentaba en la palabra. Es más, se acostaba en ella. Repetía los diálogos con memoria de elefante. O los inventaba. Pobrecito el que pusiera en duda que las cosas habían sucedido como las había contado: de una malacara era capaz de sacar al interlocutor del cuero. A los guionistas de cine les daba sopa y seco.

Parecía amigo personal de Búfalo Hill. Relinchaba mejor que “Plata” el caballo del Llanero Solitario. Remedaba la forma como Randolph Scott disparaba su pistola. Lo hacía tan bien que nos daba la impresión de que Scott había aprendido viendo al Beto. A Tarzán le decía Tarzan, con acento en la primera a, sin importarle un comino don Edgar Rice Burroughs, creador del hombre mono. Al Beto le hice el interrogante que más me incomodaba entonces: ¿cómo un actor que había muerto en una película aparecía vivo ocho días después en una cinta diferente? “No preguntés güevonadas”, me respondió. Con esa desoladora respuesta me le tuve que enfrentar después a la vida.

¿Cómo no recordar a Pasos, una mezcla de Mejía Vallejo y de Pastor Londoño, que contaba las cintas del matinal del domingo desde la fanfarria mexicana que anunciaba la película hasta el The End?

(www.oscardominguezgiraldo.com).

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