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DESVERTEBRADA: Vidas para lelos: Fabio y Lucila

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Foto archivo particular

Vivían en un eterno día de San Valentín. Tanto que su primera hija fue pensada para que naciera el 14 de febrero. Finalmente, “acigüeñizó” al día siguiente, el 15.

Según el almanaque Brístol, debía llamarse Jovita. La llamaron Norha, con la hache bien atravesada. Japiberdi.

Sus taitas, Fabio Muñoz y Lucila Correa, el uno con pinta y bigote de cantante de boleros, ella con estampa de diva del cine mudo, se currucuteaban todo el día: “Estando los dos estamos todos”.

De esos fallecidos amigos que conocí en Envigado podría decirse que “antes de conocerse se adivinaron”.

Él nació en Yarumal, copiándose de Epifanio Mejía, el de la letra del himno antioqueño; ella optó por “Cielorroto”, Caldas, la cuna de Ciro Mendía, el festivo cantor del ángel de la guarda voyerista. El azar hizo lo suyo y los juntó, San Pablo aportó la epístola y “habemus” matrimonio.

El varón domado, alcalde liberal en La Unión, Heliconia, Maceo y Barbosa, era el puntico sobre la i de Lucila.  Del resto se encargó el método del ritmo que permitió cinco hijos; tres bellas como la madre, Norha, Sonia y Nena.

Hubo dos feos, Javier, el menor, y Fabio, billarista teso, a quien sus  amigos de siempre que lo apreciamos le decimos Menuda, como a su tío Pedro Nel Muñoz, otro mamagallista insigne, dueño del famoso bar Montecristo, de Maturín arribita de Junín, a mano izquierda.

En el Montecristo se azotaba baldosa de la buena.

Además de abogado sin título, don Fabio era periodista con tarjeta número 2656. Doña Lucila era narradora nata, sin diploma. Clasificaba para ir por el mundo con el rótulo de caja de música que fumaba (como su marido).

Lucila Gertrudis
Foto archivo particular

Doña Lucila –Gertrudis para sus íntimos- abría la boca y se le escapaba una exageración, un poema para recitar, alguna sátira, cualquier exquisita ironía, un chiste, lo que produjera alegría, risa. Si equis hipérbole no le gustaba a su interlocutor, se la cambiaba.

Eran felices gracias a un pacto no escrito: En casa unas veces se hacía lo que el varón obedecía. Otras veces ella decía sí a todo. Gracias a semejante receta ese amor fue eterno mientras duró.

Doña Lucila llegó a robar por amor. Se robó el manto de María Auxiliadora, de Sabaneta, para arropar con él a su bello durmiente. Pensaba que de esa forma le borraría su afición por la bebida.

Como el milagro no se hizo y su marido siguió aportando a la educación por la vía del buscapleitos licor oficial, su mujer devolvió el manto antes de que la excomulgaran. Fue la versión paisa de La custodia de Badillo.

Claro, lo del robo fue inventó suyo para animar los concurridos algos que servía en alguna de sus casas envigadeñas de El Guáimaro, el barrio Mesa, la calle del Talego, el Parque o Guanteros.

Los dos aportaban a la economía familiar. El varón domado, gracias a los códigos en su firma “Judiciales y negocios” y a sus programas de radio que convirtió en apostolado en favor de los que llevan del bulto. Servir fue su verbo.

Cuando no estaba inventando historias para deleite del respetable, ella traía maricaítas de San Antonio del Táchira o de San Andrés. Nada de vivir de gorra. Fue una emprendedora cuando la palabreja no había saltado a la pasarela.

Tardío responso por estos enamorados tórtolos.

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