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DESVERTEBRADA: Rostros fugaces

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

Lo que más recuerdan los colombianos el paso fugas de los pontífices católicos. Foto El Tiempo

Modestia, apártate, porque debo confesar que he estado cerca de dos papas y de un papábile, como se les dice a los candidatos a ocupar la silla perezosa de Pedro.

El último encuentro ocurrió hace un año durante la visita del papa Francisco a Medellín. Con ropa de pontificar le monté la perseguidora al Pepe Mojica de los argentinos. “Y llovía y llovía”.

Por reglamento, los papas andan a una jaculatoria por hora. La infalibilidad de que gozan los habilita para caminar con tumbao o paso de ganso.

Francisco se salió del  libreto de la lentitud  porque andaba escaso de tiempo. Cuando pasó cerca de mí, en Boston, lo hizo como una ráfaga, como si se le fuera a vencer el plazo para pagar los servicios.

Del papa gaucho no quedaron rastros en la selfi que tomé.  Pero lo tuve más cerca que si hubiera ido hasta la Plaza de San Pedro. Esa platica del viaje hasta el Vaticano me la ahorré. ¡Aleluya! Como “mi” presidente Duque se reunirá con él le mandaré saludos y que lo quiero mucho…

Con Juan Pablo II, mejoró el asunto. Esta vez le respiré en la nuca en Armero, Tolima, adonde fue a rezar por los muertos que dejó la avalancha.

La mirada que me regaló me recordó la del Corazón de Jesús de la sala de mi casa: Me miró sin verme.

Con el cuadro del Corazón de Jesús,  el niño que era yo inventó este juego: Cambiaba de sitio a ver qué pasaba. Adonde fuera me seguía su mirada. ¡Milagro!

Como no estaba inventada la selfi tampoco hubo autorretrato. Al peregrino polaco lo vi bajar del helicóptero en compañía de Noemí Sanín, olorosa a Chanel, de López Michelsen y su traje a rayas, bajado con horqueta del Harrods londinense, y del cardenal López Trujillo.

Con López compartí en otra coyuntura. Por arte de serendipia, uno de los alias del azar, me tocó a su lado en un vuelo Bogotá-Medellín.

Foto archivo ODG

Tiempo atrás yo había sido invitado por el ELN a una rueda de prensa en algún recoveco de Medellín (foto). Aparte de la cháchara de que se tomarán el poder para el pueblo que ultrajan sin piedad, hablaron pestes del entonces arzobispo de Medellín.

A pesar de que no solo los elenos sino los párrocos de Medellín le tenían idea (bronca) al purpurado, durante ese vuelo me sentí  fugazmente inmortal. “Dios no permitirá que se caiga el avión en el que viaja un arzobispo”, me dije con ingenuidad angelical. Dios estuvo de mi lado.

Lo interrumpí para hacerle una pregunta con la que no creo que haya dividido en dos la historia del periodismo:  ¿A su caridad le da miedo montar en avión? Me respondió que el avión era su oficina.  

Y siguió escribiendo esquelas en letra pegada, diminuta, de monja de clausura. Me castigó con un imponente y desdeñoso silencio cardenalicio por el resto de la travesía.

 

Ñapa

Rostros fugaces (1)            

 

 Colecciono rostros fugaces de gente anónima o importantona. Esas nuevas caras terminarán siguiéndome a todas partes como el puntico a la i.

También colecciono lugares comunes, o no comunes; cosas, casos; momentos efímeros o eternos. Lo que produzca asombro.

Los primeros rostros que mencionaré son los de una niña antioqueña y una anciana francesa. Ambos encuentros duraron migajas de tiempo. También la eternidad empezó con el primer segundo.

La pequeña apareció al final de un grafitour en la Comuna Trece (San Javier) que incluye transporte en las escaleras eléctricas.

Bill Clinton muy campante paseando por la comuna 13.
Foto archivo ODG

Hace unos meses un expresidente made in USA, Bill Clinton, pasó por allí, cate que no lo vi. Hizo el grafitour y montó en las escaleras (Foto prensa Metro de Medellín). Caminó por las calles del barrio, fresco como una lechuga, con las manos en los bolsillos, como si estuviera en el Despacho Oval de la Casa Blanca, o en Blair House, donde atienden al estrado alto de la aldea global.

También el presidente Obama, antes de pasar a la condición de mueble viejo, o expresidente, elogió las escaleras que suben a las montañas. Gracias por el comercial.

Se han vuelto tan famosos los recorridos que hay guías en inglés para quienes no hablan el idioma en el que cantamos “Mambrú se fue a la guerra…”.

A nuestro grupo lo condujo Esnéider, un narrador de lujo que aplica la técnica de Sherazada: Deja cada historia en suspenso para retomarla en la siguiente parada. Y cuando le toca lanzarse al baile no se acobarda.

Fueeeera de programa, la nena de esta historia apareció en el balcón de su casa, segundo piso, sin ascensor. Fue la cereza en la copa del grafitour. La sonrisa exclusiva que nos regaló era otro grafito, extensión de los que decoran las paredes del castigado barrio donde en el pasado llovió plomo.

La niña solita es un comité de despedida para quienes nos dirigíamos a Casa Kolacho, punto final de la velada. Parece acostumbrada al ritual. Acaso quería decirnos con su fragilidad que pesadillas que no vivió y que llevan nombre de constelaciones como Orión no volverán.

A la nonagenaria francesa la conocí hace años en el bulevar Sully Morland, en París. El encuentro duró lo que un suspiro.

Salíamos de nuestros apartamentos. Ella seguida de su perrito iba por una baguete, una magdalena de Proust para acompañar su nostalgia, o un cruasán para matizar su soledad.

Nosotros salíamos para el inevitable tour con torre Eiffel al fondo. En el Louvre nos esperaba una sonrisa con mujer: La Gioconda.

Cuando me vio el empaque, Madame comentó: “¡El señor es suramericano!”, según entendí en mi precario francés. Con el grado de suramericano me puse tan feliz que no me cambiaba ni por Dios mano a mano.

No tuve tiempo de dirigir mis ojos de pacífico voyerista al interior de su miniapartamento. 

Recurrí entonces a las imágenes del fotógrafo francés de lo cotidiano, Robert Doisenau, para imaginarme un búho disecado, un reloj eternizado en las 9:30, la cama inmensa para ella y su soledad, una foto en sepia de cuando no conocía el amor. 

A un español le pidieron definir la nostalgia y respondió: “Yo vi torear a Manolete”. Si me pidieran definir la soledad diría que yo conocí a Madame.

 

 

 

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