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DESVERTEBRADA: Romerito

Por Oscar Domínguez Giraldo (El Colombiano, Medellín)

(youtube.com)

Hombre Juan Guillermo:

Hoy, día del conductor y de su patrona la Virgen del Carmen, repasaré páginas de tu libro “Vidas de feria” que tiene como personaje central a tu taita, Romerito, chofer de camión International 1955.

Alzo la copa para brindar por los romeritos de la aldea global. Arduo destino escogieron para hacer patria y levantar cagueticas. Sus rudas manos no saben de delicados manicures; fueron hechas para lidiar con la fatiga diaria.

(otraparte.org)

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Cuando lanzaste el libro en Otraparte, en Envigado, estaba agripado, y me pareció que ir a repartir mocos y estornudos a diestra y siniestra era parte de mala educación.

Me veía “selfiándome” con tu viejo, Guillermo Romero Cuartas, tu hermano, y el resto de tu chamizo genealógico. También me sentí retratado con algunos de tus ex anónimos personajes de la feria de ganado de Medellín que en tu crónica tienen su warholiano cuarto de hora de fama.

Claro que con o sin tu venia, pensaba lanzarme al ruedo como hacen los conversos sectarios. No para proclamar que Dios me había liberado de las taras que me han acompañado con fidelidad canina.

Tampoco iba a proclamar, cual alcohólico anónimo, que había dejado el trago después de cuarenta años con sus noches agotando las espirituosas existencias de la fábrica de borrachitos de Antioquia.

No, pensaba denunciarte por plagio. Plagio en el sentido de que el libro lanzado por la editorial de EAFIT he debido escribirlo yo. Lo tenía pensado. El que guarda comida…

Digo que ese libro que escribiste era mío por varios motivos. El primero, que nuestros taitas fueron choferes de camión (mi padre los manejó primero y luego fue exitoso empresario del transporte); además, vos y yo nos ganamos los garbanzos como reporteros. Y estudiamos en la de Antioquia.

Claro que ni con mis mejores armas periodísticas habría podido escribir esa ternura de libro en el que me sentí biografiado. Habría agregado ante el respetable público que tenía tu libro pero que no lo había leído todo para que no se me acabara rápido ese maná-caviar periodístico.

Chicanearía ante los asistentes recordándoles que había leído antes que todos el primer capítulo del libro que se puede bajar con horqueta de www.universocentro.com.

Y seguiría diciendo que esa lectura privilegiada la hice en mi condición de jurado del concurso convocado en 2012 por la alcaldía de Medellín, colección Becas a la creación. Los demás jurados fueron el sociólogo y escritor Carlos Castillo, y Pascual Gaviria, un garufa que luce arete en la oreja para no parecerse a ninguno y marcar territorio.

Los tres votamos felices y en patota por tu crónica escrita en clave de humor de la mejor ley. Tomamos la decisión en menos que un rayo dice adiós.

Todavía nos debés hartos libros, Romero. Tenés cuerda. Lo juro por las cenizas de los gatos de los camiones de nuestros taitas.

Ñapa

TRACTOMULAS

(ipaproduce.com)

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Fray Augusto

Amo las tractomulas. Sobre todo de lejitos. Y una por una. En rebaño, son insoportables.

Emperadoras absolutas del camino, nacieron grandes, convertidas en rascacielos o limusinas de las carreteras. Como las prepago glamorosas, miran despectivamente a sus colegas los vehículitos de cuatro ruedas. Se mofan de esos cachivaches Tres y medio a los que nos les alcanzó la ropita para movilizar cuatro toneladas.

Se tutean con el satélite que los rastrea día y nochemente. En este sentido, las tractomulas viven interferidas. A todas partes llevan la ternura y la torpeza de lo monumental. No tuvieron infancia, como don Fulgencio.

Van por esas autopistas de mi Dios, juntas, cual testigos de Jehová. O como católicos cargando devotamente el palio.

(devocionario.com)

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Este aperitivo para implorarles a los conductores de tractomulas en su día, que tengan piedad y no anden encaravanados en las carreteras. Retrasan tanto la marcha de los demás vehículos, que las madrecitas de árbitros y tractomuleros se han convertido en los personajes más mentados de la tierra firme.

Cuando proyectamos hacer patria viajando por ella no pensamos tanto en el general invierno, en el popurrí de huecos, ni en las huestes de los alebrestados en armas, mantenidos a raya “por los soldados de mi patria colombiana”. Nos desvelan las tractomulas. Padecemos pesadillas de solo imaginar cuántas enfrentaremos durante las subidas al Everest criollos como Minas, La Línea, Letras.

Ni siquiera el minTransporte ha sido capaz de obligarlas a ir separadas, así sea una cuadrita o dos de por medio.

Esa tierra de nadie que se puede crear entre un camión y otro permitirá que los demás impacientes conductores puedan avanzar a paso de tortuga. Pero avanzar. Como decimos Perogrullo y yo, las cosas simples son las que más lidia dan.

Las tractomulas, sus dueños y conductores, merecen todos los homenajes. El Congreso debería condecorarlas a todas. Y a todos, para utilizar el lenguaje incluyente de Florence Thomas y de Piedad Córdoba.

De acuerdo: el tractomulero está capando estatua. Renuncia a la caricia de mujer, hijos y perro, para movilizar la economía. Transporta en el buche de su cachivache el pachulí que hará más tentador el cuerpo femenino. O la champaña importada para perpetuar encuentros. O el último chanchullo.

Nada menos erótico que pasar horas y horas mirándole el exosto a una tractomula, moderna encarnación de la tortuga. Y cuando se accidentan – o las accidentan- en plena vía, parecen notificar: aquí estoy y aquí me quedo. Y se desparraman cuan largas son.

Restringirles el libre desarrollo de su personalidad-locomoción, sería parte de mala educación. Pero que le pongan seriedad al asunto y no anden unas encima de las otras, en extrañas orgías de fierros y placas a la luz del sol. Que dejen esas intimidades para las carreras en autódromos.

(www.oscardominguezgiraldo.com)

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