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DESVERTEBRADA: Réquiem con bandoneón

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

Motivos de tango. Foto tangoblogspot.com

Abuelo Tomás Elejalde Jaramillo:

Le cuento que no cabía una jaculatoria más en la Iglesia de Santa Teresita donde hicimos quórum para celebrar su vida, no para lamentar su muerte. De lo que se dijo en presencia de sus cenizas y de un retrato suyo en blanco y negro, se deduce que pasó sus días y sus noches practicando el verbo servir. Así entendía la política.

La misa no tuvo presa mala. Ni la parte religiosa, ni la pagana. Escuchamos textos del libro de la Sabiduría y un fragmento de san Mateo, y tangos que le gustaban, según su hijo Juan Santiago: El día que me quieras, Uno, La Pastora, Sur.

Santa Teresita, la patrona, nunca había asistido a una misa en la que sollozara un bandoneón como el de Oscar “Pichuquito” Pelayes. Nos sentimos en la iglesia y en El Patio del tango, donde jugaba de local.

Cuando su hija Mónica, de lágrima fácil, leyó el texto bíblico alusivo a los justos miró su retrato. Quería significar que parecía escrito para la ocasión.

Los jefes de su hijo Tomás, gerente del Metro, el gobernador Luis Pérez y el alcalde Fico Gutiérrez, quien lucía corbata incautada a algún ascensorista de La Alpujarra, ocuparon la primera fila.

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El alcalde Francisco Gutiérrez, Tomás Elejalde Jaramillo,su hijo, y el gobernador Luis Pérez Gutiérrez

Antes habían dado el pésame y los abrazos de boa de rigor a doña Lucelena, su esposa, y al resto del contingente Elejalde Escobar. La nietamenta que tomará la posta “cuando llegue la ocasión” hizo bulliciosa presencia para despedir al abuelo.

Sus contemporáneos, “muchachos de antes que no usábamos gomina”, habíamos madrugado a cumplir el ritual de leer los obituarios del periódico. No encontramos la noticia de nuestra muerte pero sí la de su partida. (Hubo aplausos para Gloria y Beatriz que le cuidaron durante su silencio).

Que no falten sus colegas ingenieros de la Escuela de Minas y sus compañeros de Empresas Públicas. Sospecho que en cada gota de lluvia veía una hidroeléctrica en miniatura.

Se tenía muy bien guardado un secreto: En los años cincuenta, era el encargado de llevar en bicicleta los rollos de las películas que veíamos los aristócratas de gallinero que frecuentábamos los teatros del sector.

A cualquiera se le mejora la hoja de vida cuando recuerda que compartió momentos con gente integra, sin lapsus en su hoja de vida, generosa, como usted, vecino Tomás.
Muchos años después de compartir calles de Aranjuez, combatimos juntos la tusa de la nostalgia cuando se desempeñó como gerente de Proexpo, en Hamburgo, Alemania, su segunda patria, donde se graduó de bávaro paisa.

“¿Qué es un pueblo sin anís, qué soy yo sin aguardiente?”, recitábamos de Diego Calle mientras le veíamos el fondo a una botella y evocábamos alineaciones del Nacional. Su yerno Juan Restrepo admitió que su único “pecado” fue ser hincha verdolaga. En lo demás sacó cinco admirado. Queda exonerado de exámenes para ingresar al nirvana.

Las siguientes palabras las escribió Mónica, la hija de Tomás Elejalde. Como es de lágrima pronta, durante la misa en Santa Teresita el texto lo leyó su esposo Juan Restrepo, quien enriqueció la lectura con anécdotas propias. od

Palabras para despedir a nuestro padre
Por Mónica Elejalde Escobar

La familia Elejalde Escobar les agradece su presencia y cariño al haber venido hasta acá a despedir a nuestro padre. Es más, si él estuviera viendo la cantidad de gente, nos diría que somos todos unos exagerados.

Nuestro padre odiaba los superlativos y las adulaciones y aunque no podemos ser objetivos, quisiéramos recordarlo, hoy, en su adiós, con estas palabras.

Ante todo, nuestro padre amaba la sencillez. Se ufanaba contando las historias de su amado barrio de infancia, Aranjuez, donde, de chiquito, salía llevando en bicicleta de un lado al otro los rollos de las películas de cine para la próxima función, y de paso haciéndose a unos centavos.

Buen estudiante en el liceo, no dejaba de ser coquetón. Sus hermanos trabajaban con pasión en la plaza de mercado y de allí su amor por la comida. Le encantaba zamparse unos almuerzos que nos hacían rodar los ojos. Esperamos que en el cielo haya papas rellenas y empanadas infinitas.

Se enamoró de la Ingeniería Civil en la Escuela de Minas en donde también encontró el amor. Buen bailarín y amigo, hizo parte de una de las generaciones doradas de la ingeniería en Antioquia. Él y casi todos sus compañeros fueron eximidos de tesis; de esas mentes vemos pocas.

Desde la administración pública, encontró su pasión de servir a su ciudad, y en especial, a la gente. Amaba todo lo que tuviera que ver con obras públicas: disfrutó tanto su trabajo en EPM, que para él no había mejor paseo, aún ya viejo, que ir a hidroeléctricas y a subestaciones de energía.

Más de uno de nuestros amigos sufrió—lo decimos con cariño—de estos paseos, mostrándonos y hablando de proyectos de obras públicas tanto en la ciudad como fuera de ella. A varios llevó a la Tebaida, Quindío, a mostrar con orgullo, casi como fundador, su aporte a la reconstrucción de la ciudad de Armenia después del terremoto.

Expatriado en la época en que ni existía el télex, se enamoró de Alemania como su segunda patria. Un bávaro paisa que vibraba con el fútbol, la cerveza y el milagro alemán.

Esa cultura compaginaba perfecto con él: le eran propias la construcción del colectivo, la puntualidad y minuciosidad alemanas.

Ya no como expatriado sino sirviendo a su patria, aprendió de frutas y de productos que en su vida jamás habría pensado promover. Era una delicia verlo montar un stand en una feria en Europa y vender frutas como si fuera un puesto en cualquier plaza de mercado de Medellín.

Futbolero a más no poder. No se perdía un torneo ponyfutbol. Apoyó siempre al equipo de softball de EPM. Se concentraba para ver los olímpicos de verano o de invierno. Practicaba el Curling con una escoba en el corredor de la casa, el deporte que le sacaba más sonrisas. Gracias a Dios pudo ir a un mundial de futbol en su patria adoptiva.

Pensaba que la política no era el arte de gobernar si no el arte de servir a la gente. Durante estos largos años de su enfermedad, nos hemos encontrado con personas por todos lados que nos hablan de lo mucho que les ayudó nuestro padre, como si fuera el de ellos. ¡Qué orgullo para nosotros! Lo compartimos con la humildad de saber que eso era lo que lo hacía más feliz.

Familiar y amigo de todos nuestros amigos. Todos acá seguro que tienen una historia para contar, y les dejó una huella o un regaño. Producía apodos a diestra y siniestra, construyendo situaciones imaginarias que a todos nos hacían reír. Prefería estar con los más pipiolos, como el los llamaba.

Querendón, amoroso, bonachón, comelón, contemplón, prefería siempre las sonrisas y lo sacaban de casillas las lágrimas. Jugaba de local en el Patio del Tango, lugar de tertulia preferido.

Creyó hacerse rico con las obras de mi madre, las cuales no dejaba vender. Fue un buen carpintero, no tan frustrado.

Tenía tantas actividades, cualidades, amores y pasiones que no terminaríamos.

Nosotros solo esperamos honrar la memoria de nuestro padre con nuestros actos. Cumpliéndolos dignamente como él nos enseñó. Les agradecemos muchísimo a quienes en estos últimos años de enfermedad lo acompañaron de corazón; y en especial nuestra infinita gratitud a Gloria y Beatriz, quienes con amor y dedicación cuidaron de nuestro papá día a día por estos largos nueve años. Dios las bendiga siempre.

Gracias a todos por su presencia, hoy y en toda la vida de nuestro padre. Quisiéramos, por favor, no olviden aquellos momentos, recuerdos y enseñanzas que él grabó en sus corazones.
Un abrazo para todos.
Hasta luego, Vati.

He escrito varias notas sobre Tomás Elejalde que agrupé en la siguiente. od

Tomás Elejalde

UN BAVARO PAISA EN HAMBURGO
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Hamburgo, Alemania.-
Cuando Tomás Elejalde, el “bávaro” antioqueño que dirige la oficina de Proexpo en la hanseática ciudad de Hamburgo habla de frutas, la boca se le vuelve un grupo Scipio de sabores.

Scipio es la empresa comercial frutera más importante de Europa. Anualmente, mueve más de 500 millones de dólares.

En Bremen, durante una visita al Corabastos europeo del grupo Scipio, Elejalde habló con reporteros colombianos sobre las grandes perspectivas de las frutas de Macondo en las papilas gustativas de los exigentes consumidores teutones.

Sin embargo, en su exposición, Elejalde no se salió del cuero y sugirió no imaginar que con las exportaciones de frutas, el país se encontró con la gallina de los huevos de oro.
Anotó que el trabajo que implica exportar, no es asunto de poca monta. Decía que, preferentemente, se necesita un productor-exportador, es decir, un todero que, simultáneamente, conozca no sólo las intimidades de la siembra, recolección y empaque, sino que esté al tanto de los intríngulis burocráticos de las exportaciones.

Considera que para hacer una propuesta seria de exportación que les dañe el corazón a los alemanes, se debe contar con una infraestructura completa. O sea, que se debe estar en condiciones de garantizar una producción continua porque después de creado un mercado específico, no se puede abandonar, ya que pasos en falso en este campo, podrían acabar con las aspiraciones de hacer dinero con base en las frutas.

Herr Elejalde, mi vecino en el barrio Aranjuez de los años cincuenta, considera que la competencia de Colombia en materia frutera está por los lados de Israel, España, Brasil y Costa Rica, especialmente.

Con los ojos abiertos como un dos de oros, Elejalde y su gente de Proexpo-Hamburgo, estudian la forma de venderle al consumidor alemán nuestras ananás (piñas), baby-banane (bananos), coronillas (guayabas), curubas, granadillas, limas, mangos, maracuyá, melones, patillas y tafeltrauben. (Las uvas colombianas no saben que se llaman así en el idioma de Goethe).

UN EXILIO DE CUATRO AÑOS

Elejalde, hombre fuerte de Aranjuez, en Medellín, el barrio que ingresó a la literatura de la mano de la novela de Juan José Hoyos, “Tuyo es mi corazón”, cumple un exilio en Alemania que va para los cuatro años, primero en la embajada en Bonn y luego en la ciudad- estado de Hamburgo.

Para un diplomático, exilio y nostalgia son palabras sinónimas. De allí que siempre es bienvenida en esta capital alguna botella de aguardiente antioqueño traído a lomo de grulla (Lufthansa) a través de doce mil kilómetros de distancia para irrigar gaznates montañeros.

En ausencia del licor de las rentas oficiales de su departamento, Antioquia, los colombianos de Hamburgo se consuelan recitando algunas de las célebres décimas que inventó el ex gobernador Diego Calle Restrepo:

“Qué es un país sin anís?
¿Qué soy yo sin aguardiente?
Soy una nación sin gente,
soy un árbol sin raíz”.

Y a falta de frisoles, mazamorra, arepa, “la segunda trinidad bendita” de la que habla el poeta Gregorio Gutiérrez González, se contentan con recitar: “Con nombraros no más se siente hambre, no muera yo, sin que otra vez os vea”.
Como del ahogado el sombrero, cuando Elejalde habla en alemán, parece que se desprendieran de su boca pedacitos de frisoles, mazamorra y arepa.

EL BÁVARO PAISA

Al finalizar su gestión, el gobierno alemán le entregó la Cruz del Mérito. Al agradecer la distinción dijo que “los antioqueños somos algo así como los bávaros colombianos”.
Y terminó sus palabras con un agradecimiento a la antioqueña: “Mi Dios le pague, señor embajador”.

Desde entonces, ha insistido en la importancia de Alemania como el más importante socio comercial del país como que le compra la tercera parte de su bendito café.
Pero no sólo de frutas vive el hombre alemán: Elejalde anota que hay grandes posibilidades en los campos de las flores, textiles y confecciones y en el renglón de pieles y cueros.

Y mientras le mete la mano al bolsillo a los disciplinados y severos alemanes, en canje por nuestros productos, herr Elejalde se toma un respiro laboral para hacer un recorrido nostálgico por su barrio Aranjuez de los años mozos, desde su bunker en Dorotheenstrasse, la sede de Proexpo, en Hamburgo, la ciudad que sueña alrededor del lago Alster…

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