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DESVERTEBRADA: Mujeres

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Ilona Lu y Sofía Mo Foto ODG

Modestia, apártate, porque debo admitir que he tenido éxito con las mujeres. No sé qué me vieron, qué me hace irresistible, pero me han dado una robusta mano. “No tengo quejas de la ternura”.

Recordaré algunas féminas que mimaron estas carnitas cuando me largué de la casa por segunda vez. Escogí Bogotá como escenario. Me costó renunciar a la muelle condición de pato de Junín. Tenía más futuro un ciempiés.

Años sesenta y monedas. La segunda y definitiva vez que probé suerte en Bogotá llegué a la casa de doña Aura de González en el barrio 12 de octubre.

En esta ocasión me quedé 45 años. En Bogotá, no en casa de doña Aurita. Disfruté su hospitalidad lo que dura un delicioso ajiaco y un baño para sacudirme el polvo que acumulé en primera clase… de Flota Magdalena.

Mis papilas gustativas retienen el sabor de un plato entonces desconocido. Lo mío eran frisoles “las más noches”.

En exquisita reciprocidad, mi tía Fanny se casó con su hijo Guillermo. Surrealista forma de dar gracias por un ajiaco.

Tres años antes, con un cuarteto de prófugos del andén de Envigado, habíamos desembarcado en el mismo barrio en busca de un espacio laboral. Nos la pasábamos jugando cartas. No éramos la versión masculina de la Flor del Trabajo.

En menos que se persigna un boxeador, los ilusos Muñoz, Uribe, Vélez y Domínguez, regresamos a la sazón casera.

Soy negado para la cocina. Parece hecho a mi medida el adagio que reza: “Los hombres en la cocina huelen a rila de gallina”.

Pero a la hora de sentarme a manteles he tenido la buena suerte de los corruptos antes de que los pillen.

De la sazón de doña Aura pasé a la muy exquisita de doña Lucía de Vasco. Su sancta sanctorum de la buena mesa quedaba en Chapinero. Como era amigo de esa bella familia envigadeña, me servían la presa más grande para estupor y envidia de mis vecinos de mesa redonda.

Conocía todos los recovecos de la comida criolla que mejoraba en sus manos. Aceptaría ir al cielo sólo si doña Lucía pernocta en el pabellón de cocineros. Sus hijos y nietos heredaron sus destrezas culinarias.

Luego anclé en una casa de inquilinato del centro bogotano. En los gélidos cuartos faltaba ternura de mujer.

Quedaba cerca de Todelar donde devengaba 900 pesitos mensuales como patinador estrella.

Doña María se quedaba con sustanciosa tajada del salario que alcazaba hasta para sí fornicar.

En la casa había más gatos que inquilinos. Adiestró a sus felinos para que “ladraran” si detectaban presencias nocturnas de tacón alto.

Los domingos incluían agua caliente. El cumpleañero estaba invitado a almorzar. En una ocasión decliné la invitación porque la víspera había muerto de sus siete vidas uno de sus “tigres en miniatura”. No me desvelaba comer ajiaco con gato.

Ilona Lu y Sofia Mo, en el barrio de La Candelaria,Bogotá
Archivo ODG

En el día de ellas, flores virtuales para mi harén de mujeres bogotanas

 

 

Muchachas

 

Y asi sea contar plata delante de los pobres, para que los que acaban de llegar, chicaneo ahora con algunas mujeres de mis años cada vez menos mozos (sus iniciales han sido alterados para protegerlas):

 

 M: Tendríamos doce años y compartíamos barrio Aranjuez, en Medellín, donde me enamoré de sus trenzas, de su piel y de sus pecas que hacían de su rostro un cielo estrellado, como se les dice a las pecosas para indemnizarlas. Yo le llevaba tres meses y dos sueños eróticos de edad. Ella me abochornaba con sus ojos perturbadores. Lo nuestro fue devastador, para mí un tsunami platónico… porque nunca supo de mi amor. Tampoco se enteró de que cuando no me determinaba en la calle me volvía ateo. Si no me volví anoréxico es porque entonces “eso” no se usaba. Me alivié de ese amor cuando nos fuimos a  vivir a ochenta cuadras “luz” de su desdén.

 

Con C, mi primera novia (un nuevo amor siempre es el primero, dicen),  cometí el único verso de que he sido incapaz. El verso fue tan malo que perdí a mi amada y las musas huyeron despavoridas. Cuando sus  padres estaban cerca, vigilándonos, ella, aprendiz de pianista, jugaba al braille con las teclas intentando “Para Elisa”, de Beethoven. (A “Para Elisa” la utilizan desde siempre para anunciar paletas en la calle. Nadie
sabe para quién trabaja, señor Beethoven). Otras veces pagaba los platos rotos algún nocturno de Chopin. Cuando nos quedábamos solos, nos desquitábamos oyendo boleros de Orlando Contreras o de Los Panchos.

 

CG nos daba casquillo a los muchachos que suspirábamos por ella. Tenía sonrisa enigmática de Monalisa paisa, mirada y tumbao de mujer fatal. Su séquito de admiradores no sabíamos qué era una mujer fatal. Ella tampoco. Nos enamoraba con el misterio que sabía crear a su alrededor. La mirábamos con la ternura de Nipper, el perrito de la Víctor. Ella nos miraba con curiosidad de paleontóloga. Aun así, viéndola, nos provocaba creer en Dios, siguiendo otro verso que anda suelto por ahí.

Nos faltó ropita, plata, audacia y desodorante para enamorarla.

 

Con BM sólo nos veíamos los domingos de siete a ocho de la noche. Con su madre que nos respiraba en la nuca, escuchábamos por radio la Hora Católica. Mejor “ménage à trois” imposible imaginar. El nuestro fue aun romance teológico con el fondo de la voz melancólica del padre Fernando Gómez.  “Nos separamos como dos extraños cuando toda la sangre nos unía”.

 

A GLD la conocí en el exclusivo Club Unión. Pero no adentro, sino afuera, en la llanura, en plena avenida Junín, diagonal al teatro María Victoria. Ella y su amiga iban para algún matiné doble. Nosotros habíamos ido al cumplir el ritual de darle de comer al ojo.  Me pregunto qué habría pasado con nuestras vidas si ese domingo nuestros ojos que no se buscaban, se encontraron. Hablamos el tiempo suficiente para coronar su teléfono. Nos dijimos adiós. Esa llamada se ha prolongado por espacio de casi cincuenta años, dos hijos y cuatro nietos.

 

Y para decir adiós, el poema que le inflingí a mi madre cuando falleció:

 

Elegía por una flor

Hortensia de La Ceja, Antioquia

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa!

Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría.

Comprendí entonces que la muerte es para toda la vida.

Viendo cómo te apagabas, le retiré el saludo al orfebre de estrellas.

Nos reconciliamos (¿¡) cuando te llamó a su izquierda mano.

Fue un guiño coqueto a tu zurdera.

Dios no tiene presa mala. Dirías.

Discreta como un salmo

Te gastaste todo el protagonismo en tu prole.

Amabas la vida. Las arrugas te dañaban la comunión.

No rimaban con tu coquetería de todos los semestres.

Si no podías contemplar los sietecueros

Tampoco tenía gracia continuar en la pasarela.

Disfruta tu sabático eterno.

Desde allí sigue alumbrando nuestro ocaso.

Y celebrando otros amaneceres surgidos de tus entrañas.

En cada flor estarás tú, hortensia.

 

 

 

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