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DESVERTEBRADA: Mis amores con la Piloto

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

Desde niño tengo relaciones íntimas con una biblioteca, la Piloto. Soy un deudor moroso – y amoroso – de sus servicios. En 1954, cuando empezó a culturizar gente llevando libros a los barrios en los famosos bibliobuses, yo era uno de los usuarios.

Los extraños carros de la Piloto que parecían venidos de otros mundos, llegaban a la cuadra y, en plena calle, dejaban en manos infantiles o adultas el maná de la lectura. Quince días después repetían el ritual. Prestaban libros como quien regala el pan y la leche, artículos de primera necesidad…  como los libros.

La gente era buena como el pan. O la leche que dejaban en botellas en la puerta de las casas. Allí permanecían hasta que los legítimos dueños las retiraban.

El cine y la televisión eran en blanco y negro, los colores de la nostalgia. Los que no teníamos televisión en casa, la veíamos en el vecindario. Los vecinos, muchos desplazados de nuestros terruños por la eterna violencia, nos conocíamos hasta el adn.

Dicho con el poeta-tallerista Jaime Jaramillo Escobar, la Piloto era la biblioteca personal de cada uno de nosotros. Entonces, como ahora, las casas se hacían sin espacio para los libros, es decir, para lo importante. En esto no hemos evolucionado mucho.

No faltaban, eso sí, los libros de la Alegría de leer, de Evangelista Quintana, el eterno best seller. A la Alegría llegábamos después de aprender a juntar vocales y consonantes de la mano de alguna maestra, soltera perpetua, generalmente. Tampoco faltaba el catecismo del padre Astete que nos aprendíamos con preguntas y respuestas.

Y como el mundo estaba tierno, muchos de los libros nos entraban por los oídos. Los escúchabamos en radionovelas, como Lejos del Nido, de Juan José Botero. O El derecho de nacer, de Félix B. Caignet. Obras que nos esperaban en la Piloto.

Por esas calendas (años cincuenta), cuando tenía la sede en La Playa, la montaña de libros iba a nosotros. Desde 1974 nosotros vamos a la montaña en su actual enclave entre la autopista y la calle Colombia, en el barrio Carlos E. Restrepo, convertido en pulmón y zona de distensión cultural.

Rompe el paisaje una funeraria que nos recuerda nuestra condición de mortales. Nada que ver con la vocación de eternidad que tienen las novelas.

Un pajarito me contó que por estos días los personajes de los libros que habitan la Piloto viven más aburridos que una cacatúa, sin nadie que los lea.

Don Quijote y Sancho se desesperan en su forzoso sabático.  Están que tiran la toalla a la espera de que concluyan las necesaria tareas de latonería y pintura a que ha sido sometida la vieja estructura.

La Torre de la Memoria le ha dado una mano a la hermana mayor, la Piloto. No tiene cara de torre pero tiene la memoria de Funes, personaje de Borges: Alberga la Sala Antioquia y el archivo gráfico. Ah, y nunca ha dejado de ser el auditorio que tiene a la entrada, temporalmente, el bronce de Barba Jacob, obra de Óscar Rojas. Cerca está el de Otto Morales, de Arenas Betancur.

En los alrededores de la Piloto me parece ver deambulando a Montaigne, Wilde, Molière, Victor Hugo, Aristófanes, Dumas, Verne, Salgari, Carrasquilla, Mejía Vallejo, García Márquez, y otros creadores que han hecho mejores nuestros propios mundos.

Estos inmortales se confunden con otros desparchados: anónimos lectores de la prensa diaria, revistas, talleristas, jugadores de ajedrez que se han tomado locales vecinos para no faltar a las citas con la diosa Caissa los martes y jueves, fans de películas del Hitchcock, Fellini, o  del oeste, que veíamos en los cinemas paradisos de nuestra infancia, la única época en la que todos somos inmortales.

Jairo Morales
Foto archivo ODG

Un tallerista, Jairo Morales Henao, recuerda que al comienzo de los trabajos “veía uno a esos usuarios caseros, tradicionales, rondando frente a la entrada sumidos en la ’güerfandá’, según decía el viejo Carrasquilla”. Morales Henao dicta su taller en la Torre. (En la otra foto, Jairo, a la izquierda en compañía del poeta Juan Manuel Roca, en uno de los actos de la Feria).

Cierro el departamento de citas con Janeth Posada que heredo de Lucía Donadío la conducción de otro taller de creación que funciona en Los Colores: “… quizás las puertas abiertas de uno de los símbolos de desarrollo cultural de Medellín nos devuelvan un poquito de esperanza”.

(La anterior nota la escribí para el libro “Un puente entre tiempos” (foto) que Tragaluz Editores convirtió en bello objeto. La obra recoge crónicas y fotos sobre las venturas y aventuras de la Piloto que será reabierta en octubre, si Dios no se declara en la oposición. “Un puente…” será lanzado hoy jueves en la Fiesta del Libro a la torera hora de “las cinco en punto de la tarde”, Salón Humboldt, Jardín Botánico).

 

Y ahora, la respuesta de Jaime Jaramillo Escobar sobre la Piloto:

AMIGOS DE PAPEL

–         Usted ha dirigido  talleres literarios en a Biblioteca Pública Piloto. Borges, Carranza en nuestro medio, dirigieron una biblioteca. ¿Cuál es el encanto de las bibliotecas?

–         Me pregunta usted cuál es el encanto de las bibliotecas, lo cual conduce directamente a una apología innecesaria. La pequeña biblioteca personal tiene siempre más encanto que la gran biblioteca pública. Nunca me han gustado los libros en préstamo. Porque un libro es un amigo y a un amigo nunca se presta. Ir a conversar con un libro en una biblioteca pública es como ir a hacerle la visita a un señor todo protocolario y limitado. Los señores no dan su corazón en las visitas. Para que te dé su corazón tienes que salir con él de paseo, e invitarlo a dialogar al calor de tu chimenea con un coñac en la mano y el gato ronroneando sobre el tapiz, muy cerca de la lumbre.¿Cómo puedo yo ir a ver a Thomas Mann en la biblioteca pública? Ambos nos sentiremos molestos y no tendremos nada que decirnos. Para mí las bibliotecas públicas no tienen ningún encanto. Pero la Biblioteca Pública Piloto de Medellín no es como una biblioteca pública, sino como la biblioteca particular de cada uno de sus usuarios. Usted, Oscar Domínguez, acaba de hacer un bellísimo elogio de la Biblioteca Piloto. Me dijo esto, palabra más, palabra menos: “Tengo una deuda no prescrita con la Piloto: recuerdo que iban a los barrios a prestar libros a cambio de nada, salvo las ganas de “desanalfabetizarse” que tuviera la muchachada. Los libros iban dentro de carros que entonces me parecían con pinta de extraterrestres. Es decir, que si en otros planetas le prestan libros a la gente, deben distribuirlos en carros de la Biblioteca Pública Piloto…”. Es muy bonito eso que usted me decía. Por favor, consérvelo como parte de esta entrevista.

 

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