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DESVERTEBRADA: Mi dulce compañía

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Darío Arismendi, director de Hoy por Hoy de CARACOL Radio. Foto archivo ODG

A veces el caprichoso azar se alimenta de casualidades. ¿O será al revés? Lo cierto es que a temprana edad descubrí que el mar se vuelve música para vivir dentro del caracol. Lo supe al ponerme en el oído uno de los caracoles con que cuñábamos las puertas en casa.

En la misma época, hace setenta años, los mismos que está cumpliendo Caracol, me asaltó el primer gran misterio: ¿Por dónde se mete la gente que hablaba desde esa cajita llamada radio?

En radio, suelo repetirlo, oí una de las primeras noticias que Alzheimer grabó en mi disco duro: que el mundo se iba a acabar.

Como andamos en busca de porqués, a lo mejor gracias a esa radio de pedal de antaño, surgió la idea de levantar para las lentejas moliendo noticias.

No soy tan lagarto como para asegurar que esa noticia la oi por Caracol para congraciarme con su director, Darío Arizmendi, en reciprocidad por haber sido mi profesor de psicología de la comunicación en la Universidad de Antioquia.

Ni veniales de lo que trataba la materia. Sólo recuerdo que entonces sonaba la p de psicología. Envejecer es haber asistido a las exequias de letras como la pe al comienzo de ciertas palabras.

También recuerdo que aprovechándose de su condición de tempranera vaca sagrada del periodismo, Arizmendi trató de “incautarme” sofisticadas novias. Lo derroté con la pinta de desplatado y anárquico caminante que Dios en su extraña bondad me dio.

Cuando lo nombraron director de Caracol, hace mil años, le di ocho días en el puesto. Al fin y al cabo, de radio solo sabía prender y apagar el cachivache. En venganza por esa “predicción”,  Arizmendi dice que lo que sé de periodismo se lo aprendí. Le respondo “serena la mirada, firme la voz” que lo poco que sé se lo debo a no haberle parado bolas.

Desde niño escucho radio. Es tic, fijación, necesidad, costumbre, inercia.  En casa teníamos una vieja radio Zenith, un armatoste que a media noche cogía tartamudeantes y remotas emisoras. Era la única forma que había de salir del barrio.

Esa cosita que en todo está,  la radio, era también prensa y televisión. Los locutores, historiadores con la garganta, nos narraban la historia. Desde entonces, la radio y quienes la hacen, forman parte de la canasta familiar de mis afectos. Mejor dulce compañía para dónde.

La radio ha tenido más muertes que Tirofijo. Entre otros, sus enterradores han estado la televisión e internet. Celebro haberme iniciado en el Noticiero Todelar que mandaba la parada con Caracol. Los demás “eran los demás”.

 

Es exigente a morir, pagan regular tres cuartos pero exige vivir al segundo que es de lo que se trata en este desbarajustado peladero que es la aldea global.

Japiberdi para los caracoleros y los agradecimientos de un arcaico gamín de la radio.

 

Una carta para Darío

Gracias por el olvido

Señor Darío Arizmendi, salud.

Creí que el hecho de haber sido usted mi profesor de (p)sicología de la comunicación en la U. de Antioquia, y la circunstancia de haber pretendido –en vano- tumbarme la novia, me habilitaba para figurar en la lista de los 300 invitados a bebérselo a usted en la boda de su hija Ana contra el señor Rosso, acontecimiento del que me entero por Semana.

Claro que no le escribo para protestar, sino para alegrarme de haberme ahorrado el regalo y de alquilar pinta para tan magno acontecimiento. Se escapó de paso de que hubiera barrido con la barra de martines, perdón, martinis.

No lo siento por la comida de Gun Club. He estado allá –invitado, claro- y es más la bulla. Regular tres cuartos un chateaubriand que me empaqué en una ocasión. Y el Bloody Mary que pedí para abrir las ganas, estaba tan mal preparado que parecía hecho por el Papa que de licor pocón.

Porque no creo que la receta se la hayan pedido al maestro Bernardino Hoyos. O al barmen de la película Casablanca, ese que dijo: “El mundo tiene tres güisquis de atraso”. (Bueno, no tengo claro si fue el barman o el actor Humphrey Bogart, de quien Álvaro Gómez se copió en su oportunidad la sonrisa de perfil y la mirada lánguida).

Le reitero que no le guardo rencor por haberme ninguniado. Menos mal invitó a la doctora Noemí Sanin a quien veo bella, como de costumbre, aunque no ví por parte alguna a Er Javier Aguirre, su entera naranja española. (Finalmente nos escapamos de tener chapetón como primer damo de la nación. Dios es grande y misericordioso, como reza el Salmo cuyo número le quedo debiendo).

También me alegra saber de la presencia del presidente Samper y de su esposa pues eso garantiza un espléndido regalo. (Yo suelo regalar licuadores o ajedreces, así sea en las bodas. De la que se escapó el dueto Ana-Juan. En la luna de miel en lo que menos se piensa es en aperturas, jaques y mates).

Me alegra saber que si bien no me invitó a mí, tampoco invitó a José Obdulio y demás integrantes del uribismo purasangre. Usted es una persona sensata, doctor Darío. Así podrá seguir dándole en la cabeza a José Obdulio, un día sí y otro también, en la grata compañía de su talentosa mesa de trabajo.

Ni crea que lo de la lista de 300 invitados me va a dañar lo bailado en mi matrimonio: asistimos seis personas: los novios, por razones más o menos obvias, y cuatro padrinos, entre ellos un amigo común: Alvarito Vasco, quien ya no nos acompaña.

La comida no la pedimos a ninGUN club, sino que nos aplastamos en Las Acacias, de Chapinero. Allí fue la fiesta de matrimonio de la lengua más brava del oeste, hoy por hoy: la de Daniel Samper Júnior, a quien no creo que usted haya invitado al despelote party al Club Mesa de Yeguas, de Anapoima, donde suele reunirse el blancaje bogotano. (Donde yo escribiera una sola columna de las del chino Samper, mi madre me pelaría la nalga por “irrespetuoso con los mayores, mijo”. Qué lengua: agradece uno no ser importante, ni apellidarse Arias, Sanín o  Uribe. Samper sí, porque con la familia uno no se mete).

Esto va para largo, exprofesor Arizmendi. Termino con un consejo: si no le ha medido bien el aceite a Rosso, su yerno, haga lo que hizo un concuñado mío: emborrachó a su yerno para  ordeñarle información privilegiada. El hombre pasó la prueba, y mi pariente accedió al casorio.

Y aunque  no me lo pide, le doy un consejo, que le escuché a don Jaime Osorio, el Pibe, hecho en Anserma, Caldas. “Dios lo libre de un yerno con ideas. Lo puede dejar sin pa’l bus”.

Tampoco es para empezar a acosar a los Rosso para que taquen de una y salgan para el primer  bebé para que los hagan abuelos a usted y a doña Ana, su mujer. Todos tenemos ganas de ser abuelos, pero es mejor no mostrarlas (las ganas) porque eso hace emberriondar a los espermatozoides y a los óvulos y no se viene el petacón, como dicen en su Yarumal (aunque usted dice que es de Medellín) y en mi Montebello.

Le recuerdo que soy abuelo de repetiditos (mellizos) australianos, próximamente de un bebé carioca,  y que si necesita cartilla sobre cómo ejercer el abuelazgo sin perecer en el intento, soy todo oídos. Tarifa privilegiada para mi exprofesor de psicología (en esa época todavía sonaba la p).

No quiero ni pensar cuánto le costo la fiesta, pero para la fortuna que su educación se gana, supongo que pagó con plata de bolsillo.

Felicitaciones a los padres de los novios, a los recién casados y que no se afanen por hacer “ennietecer” a los cuatro abuelos. Eso será “cuando llegue la ocasión”, como dice el tango. Además, todo tiene su tiempo bajo el sol, decimos, en su orden, yo y el libro del Eclesiastés, aunque usted NO me enseñó que el burro adelante patea. Lo aprendí solito.

Atte, od

 

 

 

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