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DESVERTEBRADA: Me alquilo para contratar

Eduardo Montealegre, Fiscal General de la Nación Foto Colprensa

Cuando sea grande quiero ser niño, decía Picasso. Más modestamente, cuando crezca (¿) quisiera ser contratista. Sobre todo de la Fiscalía que adjudica contratos a dedo.

Para empezar a disfrutar de la piñata de contratos por $ 10.200 millones publicada en los diarios, empezaré por cambiarme de nombre. Con el que tengo no doy un brinco.

Así que para efectos prácticos de pellizcar el presupuesto de la manirrota Fiscalía, me llamaré Oskar Von Dominguetten.

Sentada esta declaración de principios, o la visión-misión de mi compañía de papel… higiénico, revelo solo parte mi exclusivo portafolio de servicios (es mejor no soltar todo el rollo porque me madrugan otros más avivatos):

Como Timochenko y sus nada festivos muchachos de la guerra están que cierran la tienda como productores de coca, hemos diseñado un manual para tramitarles la pensión de jubilación. Será una jubilación exprés, a tono con los tiempos. La idea básica es agilizarles el tránsito de todas las formas de lucha a las distintas formas de locha.

Eso sí, lamento informarles a los guerrillos que la de ellos no excederá las megapensiones que han empezado a reaparecer en cabeza de “viejecitas sin nadita que comer…”.

Promoveremos entre la guerrilla del ELN la lectura solo de los tercetos de los sonetos. Anticipamos que se trata de un mecanismo subliminal para que Gabino y su gente aprendan a respetar los derechos humanos de los oleoductos. Y se sienten a echar paja con el negociador oficial, José Noé Ríos, quien sigue en busca de sus parientes paisas, los Ríos perdidos.

Nuestra compañía ha diseñado un mecanismo que permite medir el impacto del punto y coma en la generación de las distintas formas de violencia que Dios en su magnífica bondad nos dio.

Con nuestro popurrí de asesores tenemos de un cacho un instrumento que permitirá modificar los colores del semáforo de tal forma que los alzados en armas que se desmovilicen antes del cuarto mes que les dio el presidente Santos, no tengan problemas a la hora de atravesar la mockusiana cebra de regreso a la civil.

No se nos escapa el vecino presidente Maduro, de Venezuela. Hemos rastreando lo que hay detrás de tantos lapsus, incluidos sus millones y millonas, las apariciones del pajarito, y sandeces afines. Las conclusiones están a disposición del Fiscal y su sanedrín. (A propósito: ¿Los abogados de la entidad están dedicados a resolver crucigramas que tienen que contratar a otros profesionales?).

Y como no puedo acaparar toda la torta, anticipo que tenemos un mecanismo infalible como el papa Francisco para que se agilice lo de La Habana: que el diálogo se traslade a los paladares de la capital cubana, al cabaré Tropicana o a Dos Gardenias. Oyendo boleros estaremos más cerca de la paz que con los áridos discursos de los negociadores De la Calle y Márquez

Ñapa

Perfil del contratista

Fray Augusto

Los contratistas malandrines no tienen hoja de vida, sino prontuario. (Los hay buenos. No patean el código penal. Esta nota los ignora).

En los noticieros de televisión y en la prensa, los malandros tienen rostro de retratado hablado. Parecen asustados. Calumniados. Provoca pedirles disculpas por incomodarlos.

Su rostro no dice la verdad. Tampoco la mentira. No dice nada. Suministra más información la Luna cuando se va de eclipse.

Muestran rostros neutros. Por estrategia y por negocio. Despistan al polígrafo. El inerte cachivache no logra descifrarlos. Un buen contratista –es decir, un ducho tumbador- es capaz de hacerle dar gripa al polígrafo para desestabilizarlo.

Ni el célebre criminalista Lombroso podría leer en su cara.

Tienen casa superhiperdotada. Tienen con qué condicionar un ascensor pa regar las matas. Si no salen libres, les espera jaula de oro, o arresto domiciliario que no se le niega a nadie… que tenga una robusta bolsa. Bien o mal habida. La prosaica cárcel pa los de ruana.

El secreto radica en hacer harta billete porque “poderoso señor es Don Dinero”. Saben que tienen que devolver parte de la fortuna mal habida. Así minimizan el canazo.

Para adelgazar más la pena, escribirán un libro sobre la forma de hacerle el pedicure a un ciempiés. Callados la jeta, se burlan del código penal.

Si sueltan la lengua en presencia de micrófonos ávidos, deslizan evasivos y estratégicos monosílabos. De pronto un bisílabo. Y pare de contar. En esa anoréxica declaración dejan claro que serían incapaces de birlarle un centavo a nadie.

A su lado, en plan de recomendar silencio mudo, estará su abogado que tiene la pared de su bufete ametrallado de diplomas. El profesional del inciso exhibe sofisticado reloj que da hasta la hora de la semana entrante.

A veces la información que tienen los contratistas que pelearon con la ética y su carnal la estética, hay que buscarla en los pliegues de los pantalones. O en unos ojos huidizos que tampoco sueltan prenda.

Nuestro contratista – o corrupto, muchas veces es lo mismo- tiene el caminado y la distante mirada del sujeto que frecuenta restaurantes de diez trinchetes donde lo miman.

“Por acá don Fulano, ¿el whisky seco o en iceberg, sobre las rocas?, ¿está bien su plato?, ¿que no falte su cointreau?”.

Como las divas del espectáculo, nuestro sujeto apenas repite traje.

Sus exclusivos vestidos de flemático paño inglés, son cortados con láser. Las nostálgicas tijeras pasaron al cuarto de san Alzhéimer.

Por sus regalos lo conoceréis. Si va a Londres, compra en Harrods para su amante, y en Mark & Spencer para su mujer. Chanel para la primera, pachulí para la propia.

En público se niega la sonrisa. Lo puede delatar. En la intimidad se ríe y se felicita por su capacidad histriónica. Frente al espejo se da besitos de felicitación por ser tan listo.

En el juzgado, de pronto mira hacia atrás. Averigua quién lo acompaña en su mala hora. De la que saldrá a disfrutar de los millones que le quedaron.

(www.oscardominguezgiraldo.com)

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