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DESVERTEBRADA : Matilde vuelve a casa

Por Oscar Domínguez G. (El Colombiano, Medellín)

(Foto: franciscohenriquez.com)

He logrado pulir un destino que le podría sumar pesos a “mi flaca bolsa de irónica aritmética”: el de rescatista de libros perdidos. Precios sin competencia para las primeras cien personas que llamen a solicitar asesoría.

Acabo de dar el último golpe contra los desaparecedores de libros. Daba (casi) por perdido “Álbum para Matilde” de León de Greiff. Se lo había prestado a un ateo tan convencido que se enguarala diciendo amén.

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(banrepcultura.com)

Es bibliotecario, columnista, traductor-traidor, novelista, ducho en inventarse enemigos, poeta. Está escribiendo una biografía sobre el panida. “¿Su nombre? Sí lo sé, más no lo digo”. Sus apellidos, Abad Faciolince.

Había jurado por el gato de una vecina suculenta que no revelaría el dato sobre la biografía que está preparando. Me chiviaron en El Colombiano.

Espero que el biógrafo de León sí me guarde el secreto sobre el título de mi “ópera prima”: ”El hombre que no escribía novelas”. No le he agregado una vocal. También pido discreción sobre otro libro en marcha: “Si Carreño estuviera vivo”. Llevo adelantados título y columna: Carreño y el BlackBerry.

De lambón, le endosé el “Álbum”, tomado en préstamo eterno a un descendiente de Enrique Uribe White, para que se desasnara “leondegreiffmente” en la seguridad de que su biografía superará las muy documentadas que ha escrito Fernando Vallejo – uno de sus enemigos íntimos- sobre Silva, Barba Jacob y los Cuervo. (Lector que ha llegado hasta aquí: no me invite a su casa un lunes: se me alborota la “libido robandi”. El martes 11, en la mañana, vi a Vallejo de compras en el Éxito de Laureles. Casi no deja nada pa’l resto).

El libro cojeaba pero no volvía. Pensé en una represalia porque no he leído su última novela, tampoco he visto el documental sobre su padre en el que tiene acciones poderosas su hija Daniela, no vivo en apartamento arrendado por la agencia inmobiliaria de la familia.

 

Final y felizmente, recordé mi prontuario como rescatista de libros. Cuando era gobernador de Antioquia, Gilberto Echeverri Mejía, nada que me devolvía la autobiografía de mi gurú, Groucho Marx.

Y Helena Botero, la lengua más brava del oriente, se estaba haciendo la manuela con el libro La alegría de leer que tiene la Urbanidad de Carreño a sus espaldas. Editó Voluntad de la mano de Juan Luis Mejía, rector de EAFIT. Los sapié en esta columna y santo remedio.

En la celebración en EAFIT de los 125 años del nacimiento de De Greiff, volví a ver retratado al fugaz “acaso propietario” de mi libro. De una lo amenacé por correo con enviarle a mis abogados De la Espriella (con todo y pañuelo en el bolsillo externo de su saco), Granados, Lombana, Iguarán, (con todo y su voz aflautada). Alcancé a amenazar mentalmente al retenedor de mi libro con pedirle al que reparte dones que lo volviera creyente. El libro apareció con ñapa.

Como los manuales dicen que toda columna debe tener un fin, el de ésta es: Jamás dé un libro por perdido. Consúlteme. Seguiré prestando libros, pero sepan los olvidadizos que los boleteo. “Y el resto vale menos…”.

(oscardominguezgiraldo.com)

(oscardominguezgiraldo.com)

Ñapa

Carreño y el BlackBerry

Por Fray Augusto

Es hora de imaginar lo que el venezolano Manuel Antonio Carreño (1812-1874), el ayatolesco autor de la célebre urbanidad, habría escrito de haber vivido en tiempos del celular y su pariente de mejor familia, el BlackBerry:

Sépanse utilizar dichos engendros del mal, salidos de la propia entraña de Satán. Tales alimañas siguen acabando con la intimidad. Han vuelto hilachas la comunicación entre personas bien nacidas, de clase.

La Biblia, el libro que inspira mi urbanidad, jamás menciona ni por lapsus la irrupción de cachivaches tan incómodos, deshumanizados. Mi Diosito santo, cuando quería reportar algo, irrumpía detrás de una nube, o enviaba ángeles para que comunicaran sus caprichos mientras las personas soñaban.

El mundo era tan tierno que el pacífico eco era el único medio de comunicación virtual existente. El eco siempre tenía la última palabra.

Hoy lo que queda del medio ambiente está ferozmente contaminado de la cháchara inútil, provocativa, que se cruzan las personas por celular. Una de ellas puede estar a nuestro lado. La otra vaya usted a saber dónde está cometiendo desaguisados contra las buenas costumbres.

Entre los “susodichos” dos sujetos sostienen conversaciones interminables que prescinden de la parla ilustrada, frente a frente. Ya que nos resistimos a arrojar a la hoguera celulares y afines en compañía de sus dueños, limítese su uso a lo estrictamente necesario.

Prohíbase su ingreso a lugares públicos. Decomísese a la entrada de restaurantes, “al salir de casa, al entrar a las iglesias, al comer y al dormir”, dicho sea en el lenguaje del padre Astete.

A propósito: ¿Qué hacen esos paganos armatostes en lugares sacros donde solo se deben escuchar la palabra del Divino Galileo?

¿Cuándo se jodió -y perdóneseme el procaz voquible- la aldea global sino cuando volvieron carne de alzhéimer el catecismo de Astete y mi urbanidad?

En pésima la hora, el “homo ciberneticus” dio en la flor de marcar territorio exhibiendo impúdica y públicamente dichos artefactos. También los brutos (me refiero a los perros) marcan territorio alzando sus extremidades, sin incomodar al otro con ningún tipo de algarabía.

¡Qué de lecciones recibimos de estos irracionales los ignaros bípedos implumes que seguimos sin inventar del todo, como sucede con el dichoso BlackBerry, una verdadera piedra en el zapato de la intimidad.

Baldón eterno para esta nueva prótesis. En el claroscuro del cinematógrafo, en la sala de música donde impera Mozart, no faltará el imbécil, supuestamente ilustrado, que esté consultando y respondiendo correos con la complicidad de dedos pulgares que fueron hechos por el Hacedor de estrellas para muy otros menesteres.

No sigamos dando el espectáculo medieval de dejar a nuestro benemérito interlocutor colgado de la reverenda brocha, para responder correos. ¡Qué lejos estamos de la cultivada era de las cavernas donde el hombre era el BlackBerry del hombre!

(www.oscardominguezgiraldo.com)

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