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DESVERTEBRADA: La tijera que no se jubila

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

Mafalda de Quino Imagen k46.kn3.net

Apoltronado en una silla de peluquería de 130 años, le pregunté al veterano que me cortaba las pocas mechas que me guardan fidelidad, si no había pensado en silenciar la tijera.

La respuesta demoró lo que tarda en persignarse un cura ñato: “No, porque la peluquería me hace feliz”.

Realiza su oficio de lavado, polichada y pintura del cráneo ajeno con tanta alegría, que cobra por inercia, por no dejar. Es más, no tenía idea de que su gremio celebra hoy 25 de agosto su día clásico. No espera felicitaciones. Se contenta con hacer bien su destino.

De pronto reencarna en sicólogo, politólogo y otros “ólogos”, y explica que prefiere escapar a la dictadura de la pensión para escurrirle el bulto a la cama, la mesa de comedor y la sala, los tres muebles que invitan al sedentarismo. Prefiere la acción, la tertulia ilustrada. El reposo que espere.

Imagen sysmaya.net

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No lo rebatí porque en ese momento entraba en acción la barbera. Y un hombre con un juquete de esos en la mano siempre tiene la razón.

Si “nunca cambian de canción los pájaros”, como en el poema de Rogelio Echavarría, tampoco el clic de la tijera ha cambiado desde que la inventaron.

Incluida la tijera de Jorge Hernández, de Arbeláez, Cundinamarca, quien ejerce su apostolado capilar cerca de Unicentro, en Bogotá.

La invención de la tijera le lleva un mes a cualquier solar de Envigado. En la tumba del rey Tutankamon encontraron una. La vanidad masculina no se inventó esta mañana.

Ha caído mucho cabello al suelo desde Tutankamon hasta la silla de barbero que Hernández recibió en pago por unas esquivas cesantías. Es marca Koken y vino a lomo de mula desde San Luis, Missouri.

Mi fugaz fígaro me encimó un dato que tomó de un cliente que lo visita dos veces por semana y conoce la Biblia de pe a pa.

El dato tiene que ver con el primer peluquero. Por la historia sagrada de Bruño uno asumiría que fue Dalila, la traga maluca de Sansón. Pues no, según Jueces (16:19) Dalila simplemente hizo dormir a Sansón sobre sus rodillas. Algo le dio. O le dijo. Llamaron por señales de humo a un colega de Hernández quien “rapó las siete guedejas” de Sansón, y adiós poder.

Como no soy escaparate de nadie, revelo el nombre del ilustrado cliente de Fernández en asuntos bíblicos: el pontífice de Casa Roca, Darío Silva, a quien Jorge peluquea desde que era pobre, o sea, periodista. O ateo. O turbayista. O todas las anteriores.

Por la tenebrosa barbera de Jorge ha pasado la cerviz de medio país. Recuerda la del expresidente Álvaro Uribe, quien lo frecuentaba en sus tiempos de candidato.

Sin confirmar sí lo digo: A Jorge le encantaría sentar en la jurásica Koken a la cúpula de “lafar” cuando hagamos (¿¡) la paz.

Picasso de la tijera

Mis primeras peluqueadas me las pagué juntando cajetillas de Pielroja. Al fígaro le pagaba con diez, quince de ellas. Las recogía del suelo, las adecentaba y los que pagan la cuenta con cajetillas.

En reciprocidad, el artesano del cabello me despachaba con un corte que hacía de mí un prontuariado, un sospechoso de todo. Salía de la peluquería con cara de retrato hablado. O de N.N. Pero como yo no conocía la vanidad, el amor ni el olvido, no me preocupaba.

Miles de aguaceros después, conocí a Duvel, mi peluquero. Lo he recordado el día del peluquero. Duvel, de Pensilvania, Caldas, no Estados Unidos, patentó el mejor invento para ser feliz: Se separó “a tiempo” de las tres mujeres que tuvo. Luego se convirtió en el mejor amigo de ellas. Se las turnaba semanalmente. A ninguna le negaba su cuota erótica.

Las sigue reuniendo en conclave para socializar, el verbo que utiliza mientras ejecuta la sinfonía que tocan sus dedos con la tijera. Sus mujeres aceptaron desde el principio las reglas de juego.

Mientras poda mi manifestación de cuatro pelos, cuenta que gracias a su “arte” ha frentiado la situación y levantado a sus cincos hijos. Vive con su octogenaria mamá. “La viejita es una belleza. Me ordena que cuide a todas mis mujeres”.

Los bajos precios que cobran por peluqueada, están perratiando su destino. La juventud optó por peluquearse ella misma. O no peluquearse. A otros los (nos) motila la mujer.

Hace fácil su oficio de fígaro. Se lo sabe de memoria. Podría motilar mientras llena crucigramas. O atraviesa un rio. O fornica. Cada peluqueada que hace parece la primera. Y la última.

Peluquearse es como ir al sauna. O adonde el siquiatra. Un peluquero es Freud con tijeras. Las de Duvel, de Pensilvania, el mismo pueblo del excandidato Oscar Iván Zuluaga, son delgadas, certeras, musicales. Hombre y máquina se entienden. La tijera es la prolongación de sus dedos de pianista.

Tiemblo, luego existo, cuando aparece la barbera, toreada en mil patillas, cráneos, aortas. Me siento casi guillotinado. Mi fugaz “verdugo” goza con la conmoción que advierte en mi pescuezo.

Se ríe mientras afila, parsimonioso, el anoréxico instrumento. Sabe que durante unos segundos mi vida estará en sus manos. Esta parte del ritual de la peluqueada parece un suicidio por mano ajena.

“Listo el pollo”, notifica al dar por terminado el intento de “decapitación”. Regreso al mundo de los constituyentes-contribuyentes.

Aprovechamos para despotricar del gobierno. Sobre una silla de peluquería hay que adoptar la filiación del peluquero. Sobre todo ante la barbera.

Me arregla el bigote. “Es la encimita”, me dice en voz baja. Si lo pillan en esa obra de misericordia, le cobran a él, confiesa. Ingeniosa forma de asegurarse la propina que le doy (sin que se me vaya la mano).

Me despacha con un benévolo regaño. “Bueno, y no te volvás a perder otros seis meses. Yo veré, mijo”.

Espejo en mano, me muestra el corte por detrás. Siempre lo felicito. La felicitación es salario en especie. Esta inútil parte del ceremonial sobra porque después de ojo afuera no vale Santa Lucía.

El ritual tiene que ver con la vanidad: a todo peluquero le gusta que le elogien su destreza. “No solo de billete vive el hombre, vos”, me dice a manera de despedida. Duvel regresa a su poligamia. Y a su mamá. Yo regreso a mi anonimato.

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