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DESVERTEBRADA: Korchnoi, el último mohicano

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Viktor Korchnoi Foto thetimes.com

 

Cuando despertó, el dinosaurio Víctor Korchnoi ya no estaba ahí: se había vuelto eternidad. Mientras fue inmortal, el fallecido ajedrecista soviético acaparó los títulos de terrible, virtuoso, guerrero, matusalén, ícono, apátrida. Tales adjetivos eran formas de testimoniarle afecto.

De los 85 años que coronó, 86 los dedicó al deporte que jugó con algo que no venden en la tienda: pasión.

En el walhala de los ajedrecistas, Caissa, diosa del juego, lo ubicó cerca del excampeón mundial Fischer. En lo de aguerridos eran alfiles del mismo color.

Bobby lo presentó con los miembros del pabellón de trebejistas. Hizo énfasis en el dandy cubano Capablanca. Con su pinta de metrosexual anticipado dejaba constancia de que hasta en el más allá prefería las mujeres al mundo blanco y negro del ajedrez que fue su hábitat.

Fischer le encimó a un dato útil al forastero: como en la tierra, en el infinito, el baño queda al fondo, a la derecha.

Para el maestro Pablo Morán, Fischer y K fueron los dos más grandes luchadores de su época. Según Korchnoi, el excéntrico norteamericano fue el mejor en los últimos 50 años. El libro de Morán reproduce dos partidas que jugaron. Dense el regalo de reproducirlas. Ganó… (Mejor callo. Tampoco se revela el nombre del asesino a quienes hacen cola para ver equis película).

Ambos tenían su propia lúcida locura. En palabras de K: “Ningún gran maestro es normal. Nos diferenciamos por la gravedad de nuestra locura”.

Los dos terminaron de garrotera con sus respectivos gobiernos. Murieron bajo banderas distintas: Fischer en la remota Reikiavik, Islandia; don Víctor, en la circunspecta Suiza, alcancía de fortunas dudosas, que lo arropó cuando huyó de la Unión Soviética por incompatibilidad de caracteres con la nomenclatura.

No era de los que se dejaba imponer doctrinas. Eso se lo dejó a Karpov. Para el de Leningrado, su ideal era tener la libertad por cárcel. Le dio estatus al inri de apátrida.

Foto archivo ODG

Foto archivo ODG

Fue una especie de Borges del ajedrez: Tuvo la corona de campeón mundial a la vuelta de la esquina. Enfrentó a todos los campeones mundiales desde Botvinnik, otro ilustre dinosaurio de la dinastía soviética que hizo leyenda.

Le impidió ceñirse la corona Anatoly Karpov. Por supuesto que Anatoly fue un hacha en esta disciplina. Que lo diga Kasparov quien pregona que sin un rival de los quilates de su enemigo íntimo nunca habría sido campeón mundial.

En sus memorias, Kasparov, un disidente empeñado en derrocar al gélido Putin, se ocupa de don Víctor y le reconoce su “amor infinito” por la pasión que los hermanó. Decía que el marido de Petra, su segunda mujer, hijo de padre judío y madre católica, era implacable con los errores que cometía. La autocrítica le permitió “conservar su calidad de pensamiento”.

Paz sobre los mates que dio y recibió. Buen viaje, señor K.

Ñapa

Evocación de Fischer

Fray Augusto

El fallecido excampeón mundial de ajedrez, Bobby Fischer, decidió vivir de una vez todas sus vidas futuras. Le ayudó un coeficiente intelectual superior al de Albert Eistein, paisano de sus padres judíos, lo que no le impidió ser un antisemita declarado.

Madrugó a ser genio. Aprendió a jugar leyendo un manual de ajedrez, algo tan exótico como aprender trigonometría devorando libros de mecánica popular. O llegar a Caracas saliendo por Leticia.

En esos primeros teterados ajedrecísticos hizo el prekinder que lo llevaría a ser campeón de Estados Unidos a los 14 años. A los 15 era Gran Maestro.

En plena “guerra fría” la cuerda le alcanzó para arrebatarles la hegemonía ajedrecística a los soviéticos.

Ganó el campeonato mundial y luego se refugió en el olvido como una marchita diva del cine mudo. La FIDE se resistió a sus exigencias de vedete y el de Chicago prefirió el anonimato a la indignidad de recular.

Jugaba con la fuerza acumulada de los vientos de su terruño. Era un virtuoso a la hora de atacar o defenderse.

De pronto salía de su ostracismo voluntario y aparecía en internet jugando desconcertantes partidas. ¿Cómo saber que era él? Porque nadie podría jugar a tan alto nivel, decían quienes lo rastrearon en la red.

Estados Unidos lo utilizó primero y luego lo desechó como un clínex. El FBI lo persiguió para meterlo a la guandoca por el “crimen” de ganar plata jugando ajedrez en un país que no contaba con el beneplácito de Washington.

La aldea global se levantó contra el exabrupto. Para salvarlo de la extradición a su país, una japonesa, Miyoko Watai, la Yoko Ono de Robert James, hizo el papel de su vida y se casó con el hombre que confundía el amor con un policía acostado. No estaba hecho para la ternura que se estila debajo de las cobijas.

La pareja voló a Islandia y el tesoro gringo se quedó con las ganas de ordeñarle a Fischer dólares para sus inútiles guerras.

“Me dan lástima quienes no ven belleza en el ajedrez”, solía decir quien le dio estatus a este deporte que le debe mucho de su masificación.

Cuando disputó el match contra Spassky (julio de 1972) había fiebre de ajedrez a 40. La radio transmitía en directo las partidas. El maestro Boris de Greiff lo hacía por Caracol, este pecho lo hacía por Todelar. (Nadie me lo va a creer pero me ocurrió: como también trabajaba para el Noticiero de Alberto Acosta, su jefe de redacción, Yamid Amat, me pidió que en dos minutos, les explicara a los televidentes una de las partidas. Le dije que sí, pero terminé gastándome diez minutos. Como soy cegatón, no entendí que en el estudio me pedían que cortara y dejé vestidas y peinadas a un poco de viejas que había invitado Amparito Pérez, quien dejó de hablarme varios meses).

Volvamos con Mr.Robert:

Bobby, como le decimos los igualados, sacó el ajedrez del clóset. Cuando irrumpió Fischer en el mundo de los trebejos, los ajedrecistas, como los poetas, eran bohemios, feitos, mal vestidos, mantenían el almuerzo embolatado. Ahora hablan duro económicamente antes de sentarse al tablero. En esto se codean con Ronaldo, Messi, Djocovik, Madonna. Puso al ajedrez a cotizar en bolsa.

De Bobby dijo su derrotado rival en la fría Reykiavik, Islandia, Boris Spassky, que “es una persona que hace todo contra sí mismo”.

Vivió furiosamente, a la enemiga, sin hacer concesiones. Renunció a la ciudadanía estadounidense. Al presidente Bush no lo bajaba de “criminal”. Se alegró con el atentado del 11 de septiembre contra las torres mellizas. Fue rebelde con y sin causa dentro y fuera del mundo blanco y negro.

Necesitaba 64 escaques para ser un excéntrico: No sé por qué me parece que tiene un doble en Luzhin, el excéntrico campeón de ajedrez de La Defensa, la obra maestra de Nabokov. Óscar Castro, fallecido hace un año, podría ser su par macondiano. Solo le dictaba lo que sucedía en el mundo blanco y negro.

En Reikiavik, Islandia, Bobby se hizo campeón y allí terminó su parábola de vida. No quiso defender su título ante Karpov porque la FIDE no accedió a sus peticiones. Al final de sus días tenia un remoto parecido con su paisano el poeta Walt Whitman… quien tal vez nunca leyó. Solo le interesaba todo lo que tenía que ver con ese juego en el que “se odian dos colores”. Que la diosa Caissa, lo tenga muy a su derecha. Paz sobre sus 64 escaques.

(En la foto, este pecho, o sea yo, me apresto a perder contra el excamepeón mundial Spassky. Al centro el maestro y exmagistrado Javier Henao Hidrón quien le hizo tablas)

www.oscardominguezgiraldo.com

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