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DESVERTEBRADA: Habemus cinemateca

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

El teatro Lido, futura cinemateca municipal. Foto destinomedellín.com

 In illo tempore, para sus lecturas, el hombre se inspiraba en el índice de libros prohibidos redactado por los cavernícolas sin cargaderas de la inquisición española.

En nuestra infancia, a Vargas Vila lo prohibía la inquisición que encarnaban el párroco o nuestros taitas… que lo leían a hurtadillas.

Al “divino” había que devorarlo con vela, debajo de las cobijas, a escondidas del ángel de la guarda, que de pronto se interesaba en don José María a espaldas del patrón, violando el reglamento.

En los sesenta, para escoger película, nos inspirábamos en la clasificación moral que publicaba El Colombiano.

Levitábamos con  las  “prohibidas para todo católico” que dejaban al descubierto el prosaico jarrete femenino. Una minucia, comparado con el porno actual que hace parte de la canasta familiar al lado del pan y la leche.

Había que disfrazarse de adulto, escupir en el suelo e imitar la mirada fiera, a lo Charles Bronson, para que los porteros nos dejaran colar.

En la era Trump, el mejor termómetro es mirar las megaproducciones de Hollywood que en la primera semana producen millones. Esas son las que NO hay que ver ni con un trino de Trump en la nuca.

Comparto mi perogrullesca receta para ver buen cine: Frecuentar las cinematecas o sus equivalentes. Por definición, un habitante de la cinemateca es un individuo que no morirá de estrés. No es sino observar la pinta de los que frecuentamos esos lugares: Informalidad total, ida y venida en bus, libro debajo del sobaco, poco Chanel, mucho pachulí.

Tienen estatus de cinemateca aquellos parches que proyectan películas para el goce pagano, no para hacer sonar la registradora.

Felizmente, nos coquetean cinemas paradisos como los de Otraparte, en Envigado, las universidades,  Colombo-Americano, Alianza Francesa, Procinal de Las Américas…  Y faltan datos

Andamos güetes con la nueva cinemateca del municipio de Medellín. El poeta-cineasta Víctor Gaviria estará al frente. Éxito asegurado.

El autor de “Los días del olvidadizo” que tengo autografiado, presentó la propuesta en el siempre bello y misterioso teatro Lido, una sala construida inicialmente para el blancaje paisa que respiraba cultura en su cuenta bancaria.

Inaugurada en 1947, nos vuelve nostalgia la boca a quienes lo frecuentábamos en vespertina dominical con algún amor fugaz que permitía ingenuas agarraditas de mano.

Foto El Colombiano

Veo al Lido y me provoca sacarlo a bailar con fantasma y todo.

Supongo que el mecenas que lo construyó, Francisco Luis Moreno, anduvo de farra en el Lido, de París, y clonó el nombre. Traer a las bailarinas del cabaré lo habría dejado sin pa’l tranvía. Del ahogado el sombrero.

Si habíamos asaltado con éxito la “flaca bolsa de irónica aritmética” de papá o mamá, comíamos cono de una bola en Sayonara.

Víctor Gaviria no dio la buena nueva de que también presentarán películas. Se dedicará a recuperar la memoria visual de la ciudad. Está bien hacer la tarea macro, pero que no nos olvide a los ratones de cinemateca. Aspiro ver viejos filmes del arcaico oeste.

 

Ñapa

EL NARRADOR DE PELICULAS DEL OESTE

 

“La diligencia”
1939
 : John Ford
John Wayne
Louise Platt
George Bancroft

El principal consumidor de películas del oeste tiene la voz ideal para asustar niños o adultos, pero no importa: goza narrando películas del oeste, mientras se saca chispas de las manos de tanto frotárselas.

Su pasión lo lleva a invitar a sus prójimos a almorzar y pagar la cuenta, con tal de que le permitan contar cómo desenfunda Glenn Ford su revólver, o cómo se pone Randolph Scott el sombrero.

En sus años piernipeludos ganó un concurso con preguntas sobre el viejo oeste en el que uno de los sabuesos interrogadores era el profesor Antonio Panesso Robledo.

Este Funes de Macondo, cronista-novelista de alto turmequé, ganador de múltiples premios de periodismo y expresidente del Círculo de Periodistas de Bogotá, tiene la memoria acumulada de todos los elefantes africanos colocados en fila india.

Por ello recuerda diálogos, rostros de sheriffs, paisajes, atardeceres, besos  y canciones de las viejas películas de pistoleros.

Se ha dejado influenciar por autores como Ernest Hemingway, Malcom Lowry, Joseph Conrad, José Emilio Pacheco y Jorge Luis Borges

Pregúntenle cuál es la única película del género cuya historia transcurre a la orilla del mar y él les responde en un ya. No en vano su primera novela es un clandestino homenaje a esas viejas cintas pues en ella sigue la técnica de una película del oeste.

Esa novela la tradujeron al francés de Baudelaire bajo el título de “Tu ne mourras pas”. Eso lo tiene sin cuidado.

Lo importante para este escritor y periodista nacido en Líbano, Tolima,  es que le dejen contar sus películas.

Si el interlocutor se quiere doblar en tinto, al final de la tenida gastronómica, el paganini de voz quebrada como una trepada al páramo de Letras, corre con los gastos. Siempre con la  esperanza de que le escuchen otra fílmica narración.

(Claro que si le permiten hablar de comida no lo calla ni mirús. Bocado preferido suyo es el chontaduro, el viagra criollo, que le permite atender la demanda femenina… cada vez más escasa en su caso).

Aprovechó una escala burocrática en Nueva York para comprar  afiches alusivos a películas de vaqueros en las que tiene un master.

Tiene un detectómetro especial que le permite adivinar en qué canal de tevecable, con hora y todo, van a repetir un western de hace años para dedicarle una miopía que tratan de disfrazar sus gafas.

Como cliente de las cinematecas -uno de sus hábitats- vive bravo con ellas porque nunca presentan festivales del oeste.

No está bien que se muera Fellini, por ejemplo. Pero está bien  que las cinematecas repongan en pantalla a “8 1/2”, por decir algo.

Con el viejo oeste nunca sucede lo mismo. Si estas líneas contribuyen a que no cesen los partidos (de fútbol) y nos revivan cintas de Audie Murhpie, John Wayne, Jeff Schandler, Victor Mature, Gary Cooper, en Veracruz, Lee Marvin  y amiguitos, yo pagaré gustoso la cinemateca.

En la hoja de vida del nervioso biógrafo del oeste que nos ocupa, figuran muchas clases capadas en su escuela tolimense para ver estas fantasías que entonces venían en cinemascope.

Se anunciaban con fanfarrias de canciones mexicanas que arrugaban el corazón que es el que regula la nostalgia. Del amor se ocupa el hígado.

Ya tiene un pedazo de tierra comprado con el producido de un  premio que le dieron por su novela en Chile.

Así como antes se vendían castillos con todo y fantasma, según cuenta Wilde en su Fantasma de Canterville, nuestro frustrado vaquero con corbata piensa construir casa con pistolero incluido.

Paga para que lo dejen contar la historia de “Shane, el desconocido”, con el monito Alan Ladd. Se sabe todas las intimidades de la accidentada filmación en 1939 de “La Diligencia”, de John Ford. Le encima su nombre original: John Martin “Jack” Feeney

Se le aclara la voz cuando narra la forma como Marlon Brando, en “El rostro impenetrable”, se venga de un ex-colega suyo, asaltante de bancos, que se fue con todo el botín.

Saca tiempo para extrañarse de que Tony Curtis, el de “El pirata  hidalgo”, todavía esté dando guerra en el cine.

Al golpear la mesa para pedir otra tanda (de café, para gastar en trago es tímido), nuestro narrador remeda el gesto de Gary Cooper cuando en “Veracruz” regresa su pistola al cinto después de liquidar algún malandrín con la cara cortada.

Este Germán Santamaría, gallinazo impenitente, hijo de sastre como su colega Gay Talesse,  exdirector de la revista Diners, exembajador en Portugal, cronista estrella de El Tiempo durante varios años, es todo  un rollo para contar películas del viejo oeste. Para los regalos cumple años el 24 de enero.

 

 

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