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DESVERTEBRADA: Gente nada común

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Imagen blogspot.com

Andaba en busca del personaje del año para despedir 2018 hasta que encontré dos donde menos los esperaba. Son de esos colombianos valiosos, anónimos, no aparecen ni en el pasa del diario, siempre ven el vaso lleno.

Como los pájaros que cantan y no se sientan a esperar los aplausos del respetable, mi par de ilustres desconocidos, hacen bien su trabajo; se juegan los restos en cada jornada y regresan a casita a acariciarle el pescuezo a su “dulce enemiga”, juegan con el niño y reciben el pliego de peticiones que les presenta su perro.

No los espera la ley para reducirles la libertad a su mínima expresión por haber pateando los códigos.  Tienen con su ardua y sencilla cotidianidad.

Había pensado declarar personaje del año a los corruptos. Por lo regular son gente educada, nunca han tenido el almuerzo embolatado, pero les da jartera vivir con lo mucho que tienen.

Para lograr sus propósitos aprovechan el papayazo de cualquier puesto o contrato, algún “odebrechtazo”  y … 

por el billete.

Todos los días aparecen nuevos corruptos. El de hoy opaca al de ayer. El de mañana a los anteriores.

Aprovechando el cuarto de hora roban lo suficiente para pagar el abogado que les ayudará a adelgazar la pena y a coronar la casa por cárcel. Una legislación blandengue los favorece.

Estos especímenes que miran fracciones de segundos hacia atrás en los juzgados a ver quién los acompaña en la publicitada caída, tienen caletas desperdigadas en paraísos fiscales como Pulgarcito que dejaba caer migajas de pan para agilizar el regreso a casa.

Sapean hasta al gato para obtener rebajas tan pingües como la fortuna mal lograda, piden perdón con voz desgarradora de actores consumados. De regreso a la civil los espera la gran vida.

Estos personajetes están fuera de concurso. Corrupto, en la acepción colombiana, clasificaría como voz del año al lado de otras como noticias falsas, turismofobia, bitcóin, trans, uberización.

Pero me quedo con mis sencillos personajes. El primero es un despachador de buses en la estación del metro de Envigado. Su alegría para hacer su oficio podría compararse con la que debió experimentar Benjamin Franklin cuando estrenó con éxito su pararrayos de pedal.

Con una sonrisa que va desde la estación Envigado hasta el parque principal, nuestro sonriente hombre les informa a los viajeros qué bus hay que coger para llegar a su destino. Solo le falta invitar a almorzar a su clientela.

El otro es un taxista residente en Bello.  Me pareció la reencarnación de su colega de la película TAXI del iraní Jafar Panahi. En promedio se pasa 16 horas camellando. Cero quejumbres.

Agradece que tiene un trabajo en qué gastarse su juventud. Convierte al pasajero que desaparecerá en minutos de su espejo retrovisor en un amigo más, lo motiva la cuota diaria que tiene que darle al patrón. Este par de amigos fugaces me arreglaron el fin del año.

(Foto, acuarela de la estación del tren de Envigado, obra del fallecido maestro Iván Calle).

Ñapa

Taxistas

Cuando salí de ver la película Taxi, del director iraní Jafar Panahi, me dije: Al primer taxista que abordes lo agarras a besos. Pero estaban ocupados tanto los de la franja amarilla como los del blancaje de Uber.

Las partes viven dándose en la jeta. Para reconciliarse deberían ver juntos la cinta: unos pagan la entrada, los otros las crispetas y los que se fuman la marihuana de la paz.

Si juntaran sinergias el mundo sería una carrera mínima mejor. ¿Quién impide que los de la franja amarilla se copien de la tecnología y las buenas maneras de la tribu Uber y ganamos todos? De nada por la idea.

El reposado taxista-director Panahi ratifica que el taxista es una rotativa que camina, un periódico de dos pies, una emisora que en vez de kilovatios tiene caballos de fuerza en la lengua.

Son narradores natos. Por su garganta pasa un premio Nobel de literatura que nunca será otorgado.

Para García Márquez son los reyes del sentido común, el menos común de los sentidos, según el gastado cliché.

Conocen de memoria los secretos que los enamorados se dicen en el esperanto de las manos. Cuando hay parejas a bordo, el espejo retrovisor hace las veces de DVD del taxista.

Si tiene alguna consulta entre pecho y espalda, sóplesela al  Freud sin sofá. No le cobrará iva por ahorrarle siquiatra.

En una carrera mínima o máxima comprobará que todo taxista es un politólogo a su manera que impone la dictadura del dial.

Ellos son la sal y el azúcar de las ciudades. Sus jefes de relaciones públicas.

En Medellín, para generar confianza, el pasajero puede sentarse adelante. En Bogotá toca viajar atrás.

Montar en taxi da la sensación de tener carro propio con chofer. Es cuando el arribista ego no cabe en la ropa.

El taxista nos nivela a todos por lo alto: le da lo mismo un ejecutivo que un activista del salario mínimo.

Disfrutemos de estos hipérbolicos de profesión: si no le gusta equis exageración se la cambian por otra.

No tienen pelos en la lengua. Montando en taxi queda claro que si en Colombia un desprestigio no dura más de 24 horas, en la boca de un señor del volante la honra dura lo que una carrera mínima.

Con la venia de Cortázar, recomiendo que al coger un taxi suba primero el pie izquierdo. O el derecho. Es clave no intentar subir ambas extremidades al tiempo.

Son coleccionistas de rostros fugaces. El pasajero es un clínex en la memoria ram del taxista que ahora tiene santo patrono vivo: su colega Panahi. (Publicado en El Tiempo).

 

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