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DESVERTEBRADA: Fantasmas en Palacio

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

"Casa de Nariño" cuando el gobierno es conservador y "Palacio" le dicen los gobernantes liberales. Foto Wikipedia.org

Lo de fantasmas en la Casa de  Nariño, maloka presidencial, no es cañazo.  Revivo el asunto a raíz del amago de exorcismo del que habló el famoso padre Chucho. Ante el tierrero que se formó, el recluta de Dios, olímpico y retrechero, aseguró que nunca fue llamado para tan extraños menesteres.

Un historiador recordó que el arzobispo Mosquera hizo un exorcismo cuando descubrió  que su hermano el general Tomás Cipriano había traído a su amante de Cartagena para que viviera en Palacio como ama de llaves. En tiempos del presidente Samper hubo un discreto exorcismo.

Lo de los fantasmas palaciegos no es política-ficción. En sus memorias “Aquí estoy y aquí me quedo”, Samper le dedica un capítulo entero (Fantasmas en Palacio) a varios hechos insólitos ocurridos durante su mandato.

El exmandamás cuenta hechos tan raros que la conclusión es que el padre Chucho debería tener licencia para practicar en Palacio sus conocimientos de exorcista adquiridos en el cursillo que hizo en el Vaticano.

Por elegancia y migajas de estética el presidente que se quita de encima el bacalao del poder, está en la obligación de entregarle a su sucesor la tienda libre de maleficios, fantasmas y sus carnales las escuálidas brujas.  Los exorcistas que también pagan arriendo sumarían algunos denarios a su cuenta.

Pero vamos al meollo del asunto. Una señora de Pereira le hizo saber a doña Jaquie, la esposa de Samper, que había cosas que no le gustaban en el despacho presidencial. Y no se refería a lo del elefante.

A espaldas del presidente, la señora vino e inspeccionó por todas partes. Finalmente, camuflado en un cojín del sofá  “encontraron un billete de un dólar partido por la mitad; estaba revuelto con tierra – seguramente de cementerio, según dijo ella- y llevaba a manera de ñapa dos dientes”, se lee en la autobiografía.

En el manto de una Virgen que le había regalado (¿) la mamá de Samper hallaron también unas “garras satánicas afiladas”. La madre de Samper aclararía que nunca envió esa Virgen. ¿Cómo llegó al despacho presidencial? Señor Vargas, averígüelo.

Ya en el asfalto burocrático, de paso por Madrid, al llevar su reloj de mano al cirujano plástico del tiempo para mantenimiento, descubrieron en el tablero del aparato una estrella satánica con una inscripción que un experto español en ocultismo tradujo: “Muerte, sangre y tiempo”.

La conclusión de Samper es que le estaban haciendo brujería. Lo salvó su abuelo Wenceslao que le regaló un libro “viejo de meditaciones comunes y corrientes” con la recomendación de leerlas en momentos críticos. El nieto obedeció y adiós maleficios.

Sin duda, el abuelo materno tenía acciones en el más allá: el día de su muerte su gato, llamado “Oriol Rangel”, dormía plácidamente la siesta a su lado. De repente, el felino saltó de la cama. Don Wenceslao ya no era habitante del más acá.

Me late que “Oriol” es, o era, pariente cercano del gato del que me ocuparé a continuación.

 

EL GATO DE LA 313

Un tocayo mío, gato de profesión, vive en un eterno 2 de noviembre, día de los fieles difuntos. De gato callejero que tenía el mundo por dormitorio, el trepango del Óscar ascendió a mascota estrella de un hospital geriátrico en Steere House, Rhode Island, Estados Unidos.

Los gatos son desagradecidos por vocación, negocio, pereza e inercia. Pero Óscar es la contraria del pueblo y  decidió pagar la comida y el techo que le brindan sus anfitriones, vaticinando cuál de los pacientes con demencia en fase terminal será el próximo en abandonar este acabadero de ropa que es la aldea global.

Óscar es profeta mayor en la habitación 313 del mencionado centro. En  año y medio ha predicho más de 25 muertes con la exactitud del reloj atómico diseñado para que en tres mil años se atrase apenas un segundo.

Gracias a su capacidad de vidente, el cuadrúpedo entró a formar parte del salón de la fama al lado de los dos gatos que  le ayudan a hacer menos  monótono el celibato al Papa Benedicto XVI.

Otro gato con estrella es Beppo, blanco y célibe, quien acompañó a Borges en su soltería hasta que el memorioso de Buenos Aires decidió acabar con el amor y se casó con su frágil lazarillo, María Kodama.

El mundo recuerda a Socks, el gato del  presidente Clinton. El felino, que andaba con silenciador en cada pata para no hacer ruido como todos los de su cuerda,  se graduó en algo que tampoco se da silvestre entre los de su gremio: la lealtad. Como los gatos viven siete vidas, cuando mueren, mueren de todas ellas.

La historia recordará que Socks jamás delató a su mascota, Clinton,  – exaspirante a primer damo de USA-, por convertir en oral el despacho Oval de la Casa Blanca. Socks se ganó el derecho a alimento concentrado gratis a lo largo de sus siete vidas.

A todos estos felinos los opaca, de lejos, el gato Garfield, ahora convertido en estrella del cine. El suyo con Jim Davis, su creador, es el único caso de un matrimonio bien avenido entre un hombre y su mascota.

No importa que Garfield  esté dispuesto siempre a cambiar a Jim por un plato de lasaña. O ni siquiera por un plato, por la mitad. O por el olor.

El dueto Garfield-Jim demuestra que es posible sobrevivir sin morir en una garrotera cada cinco minutos. Como en toda pareja que se respete, en las discusiones de ellos cada uno tiene la razón. Además, desde un principio quedó claro que no es el gato quien vive con Jim. Es éste quien vive en casa de Garfield. Cada uno es la mascota del otro, lo que es un ejemplo para la raza humana.

Pero Óscar, el gato que predice las muertes en Rhode Island, es único en su género y nos hace olvidar de todos los de su especie con su vocación  de arúspice. Las funerarias que saben de sus habilidades están haciendo todo por hacerse a sus servicios para aumentar la clientela horizontal.

Su modus operandi (del gato, no de las funerarias) es simple: Óscar entra a la habitación 313 (no sufre triscaidecafobia u horror al número trece), huele en todas direcciones y con su caminado parsimonioso se dirige hacia uno de los pacientes.

A sus pies gira varias veces sobre sí mismo y a la última vuelta se enrosca a soñar con sus angelitos. Es su marca de fábrica para notificarles a los médicos que ese paciente no va más, como dicen los gariteros de los casinos.  De inmediato, los del geriátrico  convocan a los familiares para la despedida ritual.

“Mi idea es que Óscar es capaz de oler algo que nosotros no”, observó otro tocayo, el geriatra  Óscar Sosa. Otros expertos han precisado que muchos animales están siendo utilizados para faenas varias, incluida la predicción de  terremotos o distintas furias de la naturaleza. Nuestro personaje no está solo en el mundo en este campo.

Ya para terminar, solo resta darle las gracias al gato Óscar por hacernos quedar bien a sus tocayos.

Foto archivo ODG

(Les presento a Benito y Zeta, gatos de María Isabel Acosta y el Toto Mendoza).

 

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