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DESVERTEBRADA : Reloj sin tiempo

Por Oscar Domínguez Giraldo (El Colombiano, Medellín)

 

 

Oscar Domínguez G.

Oscar Domínguez G.

Perdidas, en letra de edicto, aparecen en los periódicos las noticias sobre el mundo blanco y morocho del ajedrez. Escribo sobre el tema y los seis lectores que me quedan se asilan en el vecindario. Así que rendirle pleitesía al reloj del ajedrez es pasatiempo inofensivo. No importa: suficiente con un catecúmeno que reclute.

Este reloj es de bajísimo perfil, como san José. Un ilustre N.N. El mágico cachivache juega dos partidas al tiempo, con blancas y negras, en una especie de tas-tas o yo con yo ajedrecístico.

Los relojes del ajedrez nacen con los mates contados. Terminada la partida, no participan en la orgía de todos contra todos dentro de la bolsa que alberga las piezas. Prefieren darse un relajado sabático.

Al principio, los jugadores apenas determinan al reloj. Lo manipulan con la punta del índice. En las partidas rápidas (blitz) los relojes son los reyes del tablero, los jugadores, reyes de burlas. Piensan más en el reloj que en su contrario.

Cuando está en “modo” blitz, el reloj marca segundos de los que penden -y dependen- los contendientes. Cuando caiga la banderita roja habrá dado su inapelable veredicto.

Los relojes de ajedrez tienen la imparcialidad por destino, son del signo libra. Insobornables, no se inclinan hacia ningún lado.

Aplican en la práctica el principio de igualdad ante la ley, ofreciendo a ambos contendores oportunidades iguales, sentenció el abogado-ajedrecista Javier Henao Hidrón.

Muchos sentimos que el reloj nos pide papeles, como cualquier policía. Nos coarta el libre desarrollo de la personalidad.

No le suceden estos fiascos al profesor Roberto Bustamante Vélez, El Señor, ni al incombustible maestro Emilio A. Caro, 75 años, 50 acariciando trebejos. Para celebrar, hubo champaña en Los peones, de Maracaibo con Junín, el nuevo Vaticano del ajedrez paisa.

El reloj del ajedrez no marca las horas, no es su oficio. Da una hora que no es la de carne y eternidad. El tiempo en el ajedrez tiene el reloj por Taj Majal.

Ni siquiera da una hora mentirosa como la de los relojes que se paran para siempre, en eterna huelga de segundos.

Tienen idéntica banderita y la misma música (=tic tac) que nadie sabe qué Beethoven la compuso. La de estos aparatos es una música que no necesita director.

A muchos relojes de ajedrez les gustaría encarnar en un reloj de arena para tomar las cosas despacio, sin estrés. O casarse con una clepsidra.

El reloj del ajedrez es una especie de reloj de arena, pero gemelo, pontificó otro abogado-ajedrecista, Pedro Posada. Y se largó a litigar.

El tiempo gana partidas cuando uno de los rivales se cuelga en el tiempo que tiene para hacer las jugadas permitidas. ¡La partida que gana también la pierde!

No me trama el oficio de reloj del ajedrez. Que la diosa Caissa mantenga los relojes de ajedrez ahítos de minutos.

Evocación de Woodstock

 

Cada generación tiene sus ruidos, su ropa, su mechón, su caspa,

Woodstock 69 (foto fanpop.com)

Woodstock 69
(foto fanpop.com)

su poesía, su locura, sus profetas, sus ideologías, sus olores.

Carlos Santana (Foto 1080b.com)

Carlos Santana
(Foto 1080b.com)

Hace 46 años, el 15 de agosto, en Woodstock, la música corrió por cuenta de Jimmy Hendrix, Santana, Richie Heavens, Joan Báez, la Familia Stone, y otros etcéteras ruidosos que llenaron de música la década de los años sesenta, la nueva bella época en la que ocurrió de todo.

A muchos nos tocó enfrentarnos a esa música con el precario inglés de Hamilton que nos enseñó a decir sí o no, con la cabeza.

Años después, Woodstock tuvo su versión criolla en el Festival de Ancón, en La Estrella, cerca de Medellín.

Entre quienes cubrieron ese ruido recuerdo a Gloria Valencia de Castaño, don Arturito Abella y sus Teresitas, Germán Castro Caycedo, Elkin Mesa, Jaime Espinel…

A estas alturas del partido de nuestras vidas, no aguantamos una misa con triquitraque. Preferimos hacer anónimo protagonismo con verbitos más apacibles como dormir, descansar, ennietecer, ver atardeceres, acariciar el gato. Ladrar sentados que llaman.

United States. Bethel. 1969 Woodstock Festival. Backed-up traffic.

United States. Bethel. 1969 Woodstock Festival. Backed-up traffic.

Como no entendíamos la letra de Woodstock, asumíamos que ellos ponían la música, y cada uno de nosotros le agregaba la letra de sus propios despistes espirituales. En París, Sartre y su tribu le decía a eso existencialismo. Entonces nos creíamos inmortales.

(Foto ociopormadrid.com)

(Foto ociopormadrid.com)

Los que seguimos por la prensa detalles de Woodstock, nos recogemos temprano, como las gallinas, y preferimos cantar melodías dulzonas como “Lágrimas negras”, “Cuatro preguntas”, “Perfidia”, o el himno “Cambalache”, de Santos Discépolo. Nuestros hijos se preguntan cómo lograron sobrevivir unos padres que gustaban de semejantes canciones.

Desde hace un buen tiempo nos asilamos en pacíficas yerbitas de valeriana a años luz de la maracachafa que ahora utilizan en infusión abuelas desinhibidas para combatir la artritis o el reumatismo.

Quienes han empezado a darnos el saludable codazo generacional, copan los sitios de rumba. Les cedemos el paso los pusilánimes que empezamos a chorrear la baba en este parsimonioso ocaso que nos va pierna arriba… Nos dormimos viendo pasar una nube mientras sentimos que “vamos desapareciendo”.

(foto statico.demotix.com)

(foto statico.demotix.com)

Cada segundo tiene su afán, decimos estoicamente con el Eclesiastés que remplazó los libros del profeta Jack Kerouac que notificaba a sus vagabundos en su libro “En el camino”: “Sólo se vive una vez. Vamos a pasarla bien”. “No nacimos pa’ semilla”, dirían después los jóvenes de nuestros ninguniados barrios.

Hace tiempos estamos de regreso al bolero, el tango, los bambucos y al viejo son cubano, después de moler “Satisfaction” de los Rolling Stones, o canciones de Joe Cocker, The Beatles, Bob Dylan, Pink Floyd, Jethro Tull, The Door, Janis Joplin.

Huimos del “heavy metal” o cualquier ruido de alguna de las bandas que contaminan lo que queda del medio ambiente. Nos pueden arruinar el tímpano.

Ahora vivimos aconductados, incorporados al establecimiento que juramos derrocar. Nos coquetean el alpiste (alzheimer con despiste, según el gran caucano Gustavo Wilches) y nos acosan achaques proustáticos. Andamos en busca de tiempos perdidos mientras el colesterol hace de las suyas.

De paso, nos dedicamos a torear miuras como la andropausia y la disfunción eréctil. En tiempos de Woodstock, en pleno fenómeno jipi, se hacía el amor y no la guerra. Ahora hay que dar mucha guerra – léase viagra – para poder hacer el amor.

Woodstock 1969 (Foto demotix.com)

Woodstock 1969
(Foto demotix.com)

 

Arrugas, pategallinas, barrigas prominentes, son nuestras nuevas cédulas de identidad. Estos defectos que trae aparejada la acumulación de años, están a la orden del día para deleite de los cirujanos plásticos que nos miran con un bisturí en su siniestra mano, prestos a actuar. Y a pasar robusta factura.

Preferimos meter los pies en babuchas de abuelo o en agüita caliente con sal, en vez de buscar escenarios para sacudir el esqueleto. Para no dañarnos los semestres que nos quedan, estoicamente preferimos decir, con los gurús de la autoayuda: vivamos en el aquí y en el ahora. No hay más remedio.

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