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DESVERTEBRADA: Elogio de la prohibición

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Diego Aristizabal, director de la Fiesta del Libro en Medellín.
Cuando Juan Luis Mejía, rector de EAFIT, le preguntó a un amigo su receta para mejorar los índices de lectura recibió esta respuesta: hay que prohibirla. Lo contó en reciente croché de bibliotecarios que fue una especie de abrebocas de la feria del libro y la cultura que avanza en Medellín.
Quienes estamos amañados vivos le agradecemos a mamá Eva que se hubiera pasado la prohibición por la faja, o por la hoja de parra para esa época. Si hubiera obedecido la primera dama del universo seríamos puré de nada. O habríamos tenido que emigrar hacia otra religión. Desde Eva, lo prohibido nos tienta desde la sombra.
Lector multiorgásmico, el rector eafitense que se gozó el festival de Ancón con atuendo jipi (foto) se quita el chicharrón de la boca para leer un prosaico reglamento de trabajo.
Otro lector multiorgásmico es mi vecino de página, Diego Aristizábal (foto), quien se estrena como feliz director de la fiesta del libro y la cultura. Levita leyendo el directorio telefónico de Calcuta, por decir algo.
Diego es presidente de la Asociación de Cusumbosolos de Colombia que integramos él como presidente y yo como vicepresidente. Los cargos son a perpetuidad.
La tertulia de dos opera bajo este presupuesto: como ambos nos las damos de solitarios o cusumbosolos, si por alguna razón coincidimos en lugares públicos, hacemos todo por no saludarnos. Llevamos tres años y nunca hemos violado los estatutos. Ni siquiera ahora que ejerce funciones públicas.
Las debilidades como lectores del rector de EAFIT y de Aristizábal las encuentran en el programa “Líneas de la mano” de la emisora de la Cámara de Comercio.
A juicio del rector eafitense, hay dos momentos mágicos en la vida: cuando aprendemos a leer y el día que nos volvemos lectores.
En la charla a la que hago referencia ante los bibliotecarios, reveló que un amor de “jodentud” le sopló que los poemas que Mejía le enviaba se los atribuían a un tal Neruda.
También contó que una sobrina nieta suya está güete juntando letras. Mi nieta Sofía no se cambia ni por Dios mano a mano mientras junta letras como quien arma un lego.
(A propósito: a raíz de la visita del papa salió a relucir el nombre de Dios. Está fue la pregunta de Sofía a su mami: ¿ Y dónde está Dios? La madre, teóloga improvisada, le respondió que en todas partes. “Entonces, párate, mami, porque estás sentada encima de Dios”).
No debería autoincriminarme, pero Sofía y su hermana Ilona me destituyeron como nocturno lector de cuentos. Todo porque su abuelo se duerme primero. Mi ego y mi autoestima están por el piso. Menos mal los otros nietos, Mateo y Patrick, viven a más de 10 mil kilómetros, en Melbourne, lejos del abuelo dormilón.
No solo recuerdo las 29 letras de mi niñez sino a la señorita Esilda que me las empacó. (Con 29 letras y 2 dedos García Márquez construyó su universo literario. Con 10 dedos me estoy sacando un ojo para redondear estas líneas).
Y antes de abrirme del parche, una avara evocación del gran ausente de la fiesta del libro, Óscar Hernández, cuya obra editaron Sílaba Editores y Letra a Letra, entre otros.
Sus exequias se realizaron el día del empate Colombia-Brasil. Esa tarde el fútbol derrotó a la poesía 5-0. Del mundillo literario solo asistieron su editora Lucía Donadío, el rector de EAFIT, Samuel Vásquez y Jairo Morales, prologuista de algunos de sus libros.
Dios tampoco es imparcial: al nonagenario de Los Alpes lo llenó de talento para todo lo que tuviera que ver con la escritura. De todas formas, cabe repetir el verso aquel: “… qué solos se quedan los muertos…”.
Nota: La foto de Juan Luis Londoño, derecha, en el festival de Ancón, es tomada del libro del festival que hicieron Carolo y Carlos Buenos. La de Diego Aristizábal es, dijéramos, de archivo particular, como se dicen etéreamente cuando la foto tampoco es de uno.

 

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