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DESVERTEBRADA: Diciembre empieza en octubre

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Los adornos navideños llegaron en octubre a las vitrinas comerciales. Foto sinpecado.com

A años luz de diciembre, los vendedores de ilusiones ya nos lo están anticipando. Asumen que diciembre es sinónimo de felicidad y que es el mes ideal para practicar las diversas formas de locha. De paso se desencartan de cachivaches inútiles.

No ha desfilado una sola bruja en la pasarela de octubre y ya están desapareciendo el décimo mes; nadie ha hablado pestes o bondades del descubrimiento de América; tampoco hemos visto la primera celulitis por cuenta del novembrino reinado de Cartagena, y las vitrinas están tuquias de chécheres.

El eterno Ariel Armel, el Chapulín Colorado de los indefensos consumidos consumidores, debe movilizar a sus sabuesos para que constaten la autenticidad de las gangas. Tal cual.

¿Cuál es el afán de anticiparnos a Guillermo Buitrago quien solo suena rico cuando “las hojas del calendario” desgranan los 31 días de diciembre?

Un villancico en octubre es tan insólito como su majestad el wasap que arrasó con la intimidad que le quedaba al estresado hombre de internet.

Si hasta los pacíficos marranos han empezado a temblar en los corrales previendo lo que les va pierna arriba. Algunos reyes del colesterol se declararon en huelga de hambre para dejar a los productores con los crespos hechos.

La nieve, planta exótica en Locombia, aparece en almacenes que utilizan el truco como mecanismo infalible, como el papa Francisco, para incitar a la gente a meterse la mano al dril.

Con su barriga de corrupto feliz, Papá Noel suelta su sonrisa ficticia como esos traseros hiperbólicos en los que se adivina la acción del bisturí, el nuevo hacedor de estéticas femeninas.

Las vitrinas exhiben árboles navideños, una vieja tradición de la Europa precristiana. Para los nórdicos los árboles eran la encarnación de seres poderosos. Es como un deseo de tener nuestro propio dios en casa.

Todo dirigido a activar al “oneómano” que nos acompaña. La oneomanía, lo enseñan los crucigramistas, tiene que ver con el deseo compulsivo de comprar.

Los hay que sospechan una rebaja y se van de bruces con tal de alzarse con el artículo que les coquetea con un irresistible 10, 20, 30 % de descuento. (“Sale”, en inglés, dicen algunos avisos diseñados para vender más con el anzuelo de lo importado).

El verde y el rojo, uniforme decembrino, se pavonean en múltiples escenarios. La ponsetia, árbol que lleva encima estos colores, se puede conseguir en menos que se agota un suspiro. (La ponsetia tiene el apellido de un embajador gringo en México que lo enviaba a sus familiares el fin de año).

No faltará el despistado que nos castigue con El brindis del bohemio. Me parece oír por radio el lacrimógeno “Faltan cinco pa las doce”.

Anticipar diciembre es tan malo como enfermarse con retroactividad. No lo anticipemos. Vayamos por partes, decía Mr. Jack, el Destripador. Dejemos que el tiempo haga su trabajo y vivamos como lo ordena el manual: segundo por segundo.

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(En la foto, con mi hijo Juan Fernando, en una fiesta de disfraces con motivo del día de las brujas).

Ñapa
MEA CULPA DELMARRANICIDA
Por Fray Augusto

En épocas de bárbaras costumbres navideñas me tocó hacer las veces de “abogado” defensor de marranos que finalmente eran sacrificados en medio de tutaimas y del bullicio del respetable. No gané un solo “juicio”.

Era el primero en sumarme al desorden: de defensor pasaba a desaforado consumidor del cerdo que había pasado a mejor vida, metamorfoseado en achicharrado chicharrón.

Extraña forma de cobrar honorarios: entrándole al colesterol del humillado-defendido.

Al cantante Juanes lo marcó para siempre la costumbre de la matada del marrano. Llevó su fundamentalismo a erradicar la carne de cerdo de la bandeja paisa. Algo tan insólito gastronómicamente como consumir ajiaco de pollo sin pollo.

Convertida en juicio sumario, la matada de marrano incluía la farsa con defensor, acusador y jurado, generalmente integrado por borrachitos alebrestados. Al final, todos a una, participaban de la francachela y de la comilona.

Como “defensor” me tocaba decir babosadas como éstas: “¿Por qué emprenderla contra este pacífico cabeciagachado al que se le negó la mirada al cielo? ¿Se ha visto “alguien” más agradecido a la hora de comer que este adorable Taj Majal del colesterol que observa perplejo cómo crece la audiencia a su alrededor en medio de la pólvora?

No está bien que a un benemérito ser como nuestro acusado que no quiebra un plato, se le engorde todo el año a sus espaldas para sacrificarlo en “desigual batalla”, de cobarde puñalada marranera.

Pago por ver una asociación que defienda los derechos humanos de mi defendido. Todos los honores son para perros y gatos a los que nunca sirven en bisté. ¿Qué tal que el sacrificado decembrino fuera el bobo sapiens? Protesto por el atropello próximo a consumarse”.

Venía después el acusador, generalmente, Hernán Pérez Cuartas, que le cantaba la tabla con peregrinos argumentos: que el marrano huele “y no a ámbar”, contamina el medio ambiente, su cacofónico honk-honk es insoportable, no se baña y tampoco avisa si hay ladrón en la heredad.

Menos mal la modernidad acabó con el ruidoso sacrificio del marrano cuyos chillidos nos convertían el alma en un estropajo.

Ahora el marrano muere con todas las de la ley, sin estrés, bien comido y bien bebido. Y no está solo en el “cuesta abajo en su rodada”: en las festividades de fin de año también son sacrificados pavos, piscos, pollos.

Días llegarán en que a los marranos los sacrifiquen leyéndoles notas que como éstas.

En un extraño caso de síndrome de Estocolmo terminé flechado por la carne de cerdo. A manera de imposible indemnización, suelo convertir marranos de barro en mi Banco de la República. El marrano es el otro yo del colchón adonde van a parar mínimos ahorros. El colchón-marrano le escurre el bulto al desplumador 4 por mil que ha convertido los apartamentos en rentables pirámides.

Y si encuentro la oportunidad de despachar algún marrano en un club de ajedrez, procuro hacerlo con todo el arte posible. Cerditos del mundo, perdonad a este exmarranicida arrepentido. Y que muere con vuestra deliciosa carne.

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