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DESVERTEBRADA: Coitus interrumptus

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Amanecer Imagen darrowmillerafriends.com
Tengo una vieja bronca con los relojes despertadores, mis enemigos íntimos. Me interrumpieron muchos sueños eróticos con mi amor platónico de turno y eso no se podía quedar así.
Más de una vez estaba a punto de cortarle oreja, rabo y pata en el sueño a mi amante virtual de turno, y los infames relojes se dejaban venir con su desapacible big band para recordarme que debía “meterme entre los calzones” y alistarme para coger el corte laboral.
Algunas veces lograba dormirme de nuevo dizque para retomar el sueño erótico donde lo había dejado, pero terminaba soñando con un camión por debajo. O con la sota de bastos. Casi me quedaba sin el pan y sin el queso: sin la BB y sin el puesto.
¡Pobre oficio el de los relojes despertadores consistente en arruinar sueños ajenos¡ Claro, como jamás sacan un segundo para dormir. Ni para amar. No pueden hacer el amor con la hora que ya pasó ni con el minuto que llega.
Adonde voy en busca de posada, pregunto antes si hay un reloj despertador diez cuadras a la redonda. Por una extraña alquimia suelo oír despertadores que no son para mí.
Solo cuando no hay peligro de despertadores cercanos, “accedo” a tomar posesión de mi cambuche y del colchón para despachar la ración diaria de sueño.
Que tampoco es mucha. Con la edad, el sueño se va retirando a un limbo onírico sin identificar, queda en consignación en una especie de nube de los sueños. (Y ni crean los dueños de las multinacionales que voy a invertir mis denarios en pepas para prolongar la cita con Morfeo. No seré el morlaco mejor dormido del cementerio).

El viejo y el gallo.
Foto archivo particular

Soy amigo íntimo de despertadores con plumas, también llamados gallos. Soy gallo en el calendario chino. Conservo la foto que me regaló un gran retratero manizaleño, Joaquín Villegas, “Belmondo”, en la que un viejo carga un gallo en sus manos.
Esa foto resultó ser una selfi a futuro: ese viejo soy yo a estas alturas. Y espero no estar calumniando al colega. Ni al gallo.
Si bien los gallos son arrogantes, elegantes, despiertan con amabilidad, alegría, coquetería, permiten seguir durmiendo y retomar el sueño erótico donde quedó. (Los gallos de pelea que viven cerca de mi barrio en vez de pelear andan por la calle como Pedro por su casa. Son galllos educados para la paz no para la guerra).
Y como no dan puntada sin dedal, en el esperanto del canto mañanero, los gallos le ordenan a su harén de gallinas maquillarse porque habrá kamasutra en el corral.
Los gallos de mi infancia parecían copias al carbón del gallo de la pasión: “kikirikiaban” tres veces y hasta luego el amigo.
Mejor me voy a dormir. Soñaré con mis amores platónicos y con sus bien ganadas arrugas. Ante todo, fidelidad con las viejas amantes.

Gallo de mi archivo particular

Ñapa
Pirotecnias del tiempo
La hora que nunca quisiera dar un reloj es la de las 13:13.13.
El relojero es el siquiatra (Freud) del tiempo.
El tic tac es al reloj lo que es el huevo a la gallina.
¿A qué limbo sin relojes va a dar el tiempo perdido.
A la clepsidra le gustaría dar la hora en la mano de una mujer fatal.
A los gatos, con sus siete vidas, el tiempo se lo pueden dar en ratones.
Las gitanas no necesitan reloj: leen el futuro en la palma de la mano.
Los gallos nacen con reloj despertador incorporado. Los suizos infiltraron un gallo y le arrancaron el secreto del tiempo exacto.
En la eternidad, el tiempo no tiene tiempo para nada.
En Colombia, un minuto de silencio nunca dura más de 50 segundos. Lo puede constatar en cualquier partido de fútbol.
El tiempo es ave fénix que nace del último segundo. Se parece al cocuyo que nace de su último apagón.
A las nueve y cuarto el reloj está completamente relajado. A las doce y 30 está haciendo yoga, parado en la cabeza. A las doce de la noche, aprovechando la oscuridad, segundos, minutos y hora se echan la primera canita erótica al aire.
La solidaridad dura lo que dura un minuto de silencio, decía el sacrificado procurador Carlos Mauro Hoyos.
A un viejo celador inglés le preguntó el juez la hora aproximada de un robo en su unidad. Respuesta con exactitud de fracciones de segundo “It was from two to two, to two two…”.
Había un reloj tan caro que a él mismo le daba pena perder el tiempo.
El único reloj que no da la hora es el del ajedrez. Pregúntele y verá.
El relojero saca el tiempo del anonimato.
Desde siempre sabemos que el tiempo toma la forma del reloj que lo contiene.
Había un reloj tan pobre que no daba ni la hora. Y había un reloj tan costoso que daba hasta diezmillonésimas de segundo.
Hay gente tan perezosa que para morir de repente se toma diez minutos.
“Con el tiempo, hasta el tiempo cambia” (Pierre Ronsard)
Tomados de la mano, los segundos forman las horas, que forman los días que unidos, hacen la vida. Lo dijo más bellamente el poeta Aurelio Arturo para no piratearle su metáfora.
Los relojes son ricos sin plata porque no saben que el tiempo es oro. Si lo supieran no perderían un minuto de sus vidas.
Había un señor que se llamaba Segundo. En represalia por semejante nombre, Segundo siempre llegaba temprano a todo.
Los segundos son migajas que caen de la mesa de ese rico Epulón que es el tiempi.
De tanto dar la hora, un reloj perrata que compré en algún almacén “agáchese” del centro, adquirió un eterno tic-tac que se le convirtió luego en mal de San Vito.
Estaba tan recién hecho el mundo cuando apareció papá Adán que todavía no existían ni los minutos ni los segundos. Sólo existía la eternidad.
Los relojes que son pintados en la pared no tienen ninguna prisa. Por más que caminen, nunca llegan a ninguna parte.
Por lo general, el 99,999999999999 de los relojes no tienen pasado ni futuro. Sólo tienen presente.
Los relojes, como los gatos, viven en la eternidad del segundo. (Gracias, Borges).
Los segundos se la pasan respirándole en la nuca a los minutos y estos a las horas. Y así van por la vida.
La virginidad y la muñeca para poner allí el reloj están colocadas en el lugar equivocado
El reloj del papa está con el del Espíritu Santo, y este con el reloj de pared de la eternidad.
No se puede ser el mismo en todas las estaciones: Fellini.
“La vida es un relámpago entre dos eternidades”. Leído en una pared del convento de las concepcionistas de clausura de Envigado.
¡Qué estrés el de los pobres relojes atómicos que solo se atrasan un segundo cada 3.200 años! El estrés lo genera el hecho que no saben qué día se atrasarán ese segundo.
Con toda su plata, Bill Gates jamás podrá construir un minuto de 59 segundos. Así plata pa’qué.
Aquel reloj marcaba la hora con tanto gusto que para él cada minuto era año nuevo.
Los relojes que están dañados dan por lo menos dos veces al día la hora exacta.
Había un reloj con alzhéimer que daba la hora pero nunca sabía cuál.
Hay mujeres tan bellas e imposibles que no dan la hora ni de la semana pasada.
En los años bisiestos, el tiempo vive horas extras.
En los relojes parados hay huelga de segundos caídos.
Cuando llegue el fin del mundo, el último segundo será el encargado de apagar la luz.
Mejor no nos quitemos más tiempo.
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