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DESVERTEBRADA: Borges o el olvido que nunca será

Jorge Luis Borges Foto panorama.com.ve

Sí, está mal contar plata delante de los pobres, pero no resisto las tentación de contar que conocí a Borges en su última visita a Bogotá, hace 38 años.

El sentimiento es el mismo cada vez que recuerdo ese encuentro con “el último delicado”. Es como si la Virgen se me hubiera aparecido como lo soñaba de niño. El otro sueño era volverme invisible.

Siempre que regreso al barrio de La Candelaria, en la ciudad vieja de la capital colombiana (hago la precisión porque de pronto Donald Trump lee estas líneas y el del peluquín pocón de geografía), suelo frecuentar el sitio-fetiche donde me lo topé.

Cerca del lugar nació Silva. “Sé de memoria El Nocturno. Creo que Silva fue anterior a Darío, ¿no?”, les comentó a los reporteros. Estos le indagaron por Vargas Vila, natural y vecino del mismo barrio de La Candelaria, y preguntó, extrañado, si todavía lo leían.

Los comentarios los había hecho antes en Medellín, la ciudad donde murió Gardel hace 81 años, el 24 de junio de 1935. (En otra parroquia, sin ponerse verde, Borges aseguró que el cantor era francés. Si hubiera dicho que nació en Manrique le habría creído).

Lo he contado pero lo repito pues estamos recordando los 30 años de su muerte: Informado en el vuelo que lo llevaba a Medellín de que Gardel había fallecido en un accidente en el que chocaron en tierra dos aviones, bromeó: Si muero en este avión seré tanto famoso como él. (Como el azar se regala ironías ambos murieron en junio).

Aquel día “el argentino más citado”, como suele llamarlo el poeta Roca, visitó al presidente Turbay. Despachado el prosaico encuentro con el poder que nunca buscó, saltó a la llanura (calle 10), como el compadrito de uno de sus cuentos.

Cerca estaba el otro lugar que visitaría ese día que duró “la eternidad de un instante”: La sede del Instituto Caro y Cuervo.

Para sus devotos, JLB escribe con tal virtuosismo que provoca irse a vivir a alguna de sus ficciones. Y aquí estoy pirateando una metáfora de alguien que olvidé. Disculpas, pero poco tengo de del memorioso Funes de otro cuento de don Jorge.

Dizque reportero, perdí la “pronuncia” delante de él. He debido preguntarle cómo así que rezaba si se consideraba ateo gracias a Dios.

La pregunta se la hizo el teatrero español, Fernando Arrabal: “Rezo porque se lo prometí a mamá”, la misma doña Leonor Acevedo con la que de pronto traducían textos juntos. Mamá matizaba las palabras de subido color, digamos un madrazo, y las cambiaba por adjetivos pacíficos. Mamá mata rigor de traductor.

Digamos que ese silencio en su presencia fue mi homenaje en vida al maestro. “Maestro no, Borges”, les aclaró a los pibes Jairo Osorio y a Carlos Bueno que sí entrevistaron al hombre que nunca será olvido. (La foto que acompaña estas líneas es tomada del libro que escribieron con el apoyo del alcalde anfitrión de Borges, Jorge Valencia Jaramillo y señora, Beatriz Cuberos).

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