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DESVERTEBRADA: Antes del sueño

Por Oscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Caricatura El Quijote Imagen thumbnail.com

El poeta que sabemos asegura que “todo nos llega tarde, hasta la muerte”.  No es cierto del todo, pero los poetas son mentirosos que suelen decir la verdad.  A otros mortales nos llegan tarde palabras como conticinio y serendipia.

A conticinio llegué por arte de serendipia que es encontrar lo que no estábamos buscando. Buscar una cebra, por ejemplo , y tropezar con un paso cebra. Intentar una décima y terminar redactando un árido manual para desguazar el átomo.

Una de las sorpresas del español es que tiene palabras para nombrarlo todo. Es uno de los tantísimos asombros que depara la lectura de Don Quijote que el 23 de abril siempre está de cumpleaños … de muerto, junto a su creador, Cervantes. (El pésame favor darlo doble porque Shakespeare también murió el 23).

En su andadura, el caballero de la desnutrida  figura no necesitó de conticinios ni de serendipias. De hecho, el idioma español estaba en paños menores comparado con el alud de palabras que vendría después.

Sin confirmar sí lo digo: Fue en un ataque de conticinio que Don Alonso se inspiró para escribirle la carta de amor a la sin par Dulcinea del Toboso. El cartero, Sancho, nunca la entregó. Existía el eco, wasap de la época, pero Don Quijote prefirió la entrega personal. Iluso.

Para muchos caminantes de la llanura, la del conticinio es la mejor hora del día. Saca la jornada del anonimato.  Es el momento en que “el músculo duerme, la ambición descansa”. El diccionario lo define como “hora de la noche en que todo está en silencio”. 

Borges dio gracias “por los minutos que preceden al sueño”. Conticinio puro.  Moraleja, el diccionario deberían redactarlo poetas y cantantes de tangos.

A esa hora íntima, personal e intransferible, no le entra ni el magníficat. No hay peligro de que el papa Francisco llame a pedirnos que lo fiemos para un apartamento.

Tampoco es posible que se cuele en el computador el último trino de Trump golpeando en las partes pudendas la sensatez y la gramática. Como en sus trinos suele confundir un verbo con un adverbio, se desquita arrojando bombas, destituyendo subalternos encopetados o soñando con  muros.

El conticinio es mi mascota. No soportaría que se acabara el mundo a esa hora.  Que se acabe en horas de oficina. Jamás entre las once y las doce de la noche.

En estos momentos suelo poner a funcionar el espejo retrovisor y releo viejos autores. Como estamos de feria del libro bogotana y de mucho mes del idioma, esta vez volví a Don Quijote, a quien Alberto Velásquez Martínez acaba de dedicarle bello libro: “El Quijote en América, Colombia y Antioquia” (foto).

También frecuenté a mis viejos amigos Verne, Salgari y Dumas. Sus personajes me acompañan como ángeles de la guarda alternos.

Antes de ingresar a esa obra de ficción llamada sueño, no sobra empacarse una dosis personal de conticinio.

 

 

 

Para leer el Quijote

 

Un amigo de “cuyo nombre no debo acordarme” pero que cumple años el 23 de abril, como Cervantes, me “consulta” sobre cómo leer el Quijote al que le ha metido el diente, sin  pasar de “En un lugar de La Mancha…”.

Como los consejos que le di no le funcionaron, recurrí a la fórmula de una nueva “Oración a Jesucristo”:

Señor, tú que resucitaste al tercer día, que “pierdes el tiempo” fabricando estrellas y bailas trompos en la uña; que sólo escribiste una vez en el episodio de la mujer adúltera y apenas ahora se ha sabido qué: “Estos tipos – escribiste con pulso firme- tienen de lo que sabemos: cómo quieren que le casque a esta nazarena tan deliciosa”.

A ti que lo mismo te da un ateo que un creyente, De la Calle que Vivian Morales, y que nos regalas presidentes made in USA cortados con la misma tijera ideológica; que como no sabías nadar, caminabas sobre las aguas; que sin ser de los Alcohólicos Anónimos de Caná, participaste en la vaca para comprar el trago, y cuando se acabó convertiste el agua en vino.

Tú que te las sabes todas pero a veces incurres en lapsus como adjudicarles contratos a los Nule y a otros depredadores del horario, perdón, del erario público; que a los doce años te sabías la Biblia de pe a pa, anticipándote a Funes, el memorioso; que te abriste del parche como 20 años y regresaste convertido en teólogo consumado cuando esa ardua disciplina no se había inventado.

Que como “Garganta profunda” le dabas las chivas al colega Juan que les salía adelante a los colegas; que permitiste que Santos pusiera conejo y ganara la presidencia con un programa y gobernara con el suyo; que tenías el don de la ubicuidad: tirabas línea en Nazareth  y al mismo tiempo comías dátiles en Cafarnaún.

Que nunca le jalaste a la lúdica como los abuelos de antes que no conocieron el mar; que no ibas a rumbas porque eras más serio que el salmo 91; que le echabas los perros a María de Magdala; que cuando le ayudabas a tu padre  en la carpintería, se te iba la mano en reclinatorios demorando el pedido de camas para hacer el amor.

Tú que no tienes presa mala (da igual quedar a tu izquierda que a tu derecha) y que tienes por oficio perdonar hasta a los que no han  pasado del primer párrafo del Quijote; que te diste la licencia de inutilizarle una mano a Cervantes, Señor: tírate una parada, e ilumina a mi amigo para que despache ese libro. Si no lo lee, que Pedro lo mande al lugar adecuado, como decían los turbayistas.

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