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Descuido

Por Carlos Alberto Ospina M.

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Roto está el cuerpo, fragmentada el alma y en pausa el espíritu de la armonía interior. Imposible no pensar en los años depositados detrás del escritorio o encima del asfalto de tanto caminar las jornadas. Sensaciones neutralizadas y sentimientos de idealización escasos de audacia y rebosados de entusiasmo.

 

El riguroso tiempo deposita las cuentas en el libro sin retorno. Nada concuerda y todo pasa. Descuidamos lo esencial por ir en busca de la estabilidad económica, el prestigio y el efímero éxito. A veces, abandonamos la sustancia, la naturaleza y el amor, mientras ponemos una venda en los ojos y alucinamos sobre el impredecible futuro.

 

Escuchamos cifras, resultados y metas comerciales, cuando el arte de la música repiquetea en el mundo exterior. El ritmo es ajeno, ¡lejos del otro!: la familia, los hijos, los amigos y la gente en general; la ciudad, el campo, las frutas frescas y las verduras escaldadas; “el chicharrón de tres patas” y la original sazón vegana; la melodía del sexo y el corazón agitado; los sonidos de la charla cercana y la voz humana; la armonía de un abrazo cierto y el hado de un secreto susurrado al oído. Enfrente del computador, la bodega, la sala de juntas, la cocina, el avión o el almacén, la subsistencia es el dato verificable y el hecho medible que, inquieta el bolsillo, cuando falta, y colecciona recelos a medida que transcurren los años.

 

Por una pieza de pan dejamos esfumar el aroma de aquello recién horneado, la frescura del amanecer, la renovada señal de “hola, mamá” y el infaltable “buenos días, amor”. Tenemos espacio para el ruido desagradable de algunos clientes y mínimo criterio para averiguar sí aún están vivos los papás. A ellos, varios no los recuerdan en las ´pausas activas´ ni debajo de la colección de papeles importantes. Entregados a las obligaciones cotidianas, olvidamos la partitura de las prelaciones. Excelsos en la empresa, paupérrimos en la personal.

 

Sí, dispuestos a los retos en el ámbito competitivo a nombre del título, la modernidad y la reputación. Más tarde gozaremos la aventura, la atracción y la armonía cósmica. ¡Nada de aspavientos! Difícil tarea consiste en alcanzar el equilibrio práctico entre los compromisos laborales y el disfrute habitual de la vida. Quizá, el temor a enfrentar el inventario de prioridades sumerge a distintos individuos en la jungla de la ocupación, la responsabilidad obsesivo-compulsiva y el agotamiento mental. Hijos del miedo al dictamen cronológico y la obsolescencia caen en la falta de preparación para innovar en el campo romántico y la comunicación íntima. A pesar del adiestramiento intelectual y el desarrollo de competencias profesionales, en secreto, rehúsan morir abandonados.

 

Al igual que los relojes desperdigados y disueltos del pintor surrealista Salvador Dalí, también desfila la historia laboral de cada quien, dándonos con la puerta en las narices; en un instante, 10, 15, 20 o 30 años clavan el adiós sin haber logrado la felicidad y el bienestar integral. Con razón aumentan los índices de las generaciones del desencanto; es decir, expulsados y excluidos del mercado laboral a partir de los 45 años. Por esto, amar sin apego facilita el duelo.

 

Enfoque crítico – pie de página. El poeta, novelista y musicólogo brasileño, Mário Raul de Morais Andrade, incita a la acción:

 

“… Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a maniobreros y ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más

capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un

majestuoso cargo.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos…

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…”

 

(Poema “El valioso tiempo de los Maduros”. Mário Raul de Morais Andrade, 1893 -1945)

 

 

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