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¿Democracia sin oposición?

Por William Giraldo Ceballos

Foto El Colombiano

Perdedores y ganadores buscan ahora alianzas para ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales con más apetitos burocráticos que convicciones políticas.

Para engañar bobos, los más soberbios derrotados anunciaron ayer en la  radio y en la televisión que se están acercando  al ganador de la derecha en la búsqueda de “acuerdos programáticos” con el sofisma de consolidar la democracia, como si ésta estuviera tambaleando.

La búsqueda del unanimismo que caracteriza al “uribismo” con su respetable caudal electoral, es en realidad una amenaza para el ejercicio democrático. Lo mismo puede pensarse del “petrismo”, que pretende hacer una colcha de retazos con los atomizados movimientos de izquierda.

La democracia representativa establecida como régimen político del Estado, induce a creer que quienes fueron elegidos en nombre de partidos y movimientos políticos no deberían actuar de espaldas a sus electores ante los cuales se comprometieron con propósitos sociales, económicos y políticos, porque de esos incumplimientos, de esas alianzas clientelistas nacidas de falsas”cuotas de poder” es de donde los partidos tradicionales sacaron sus propias actas de defunción.

La primera vuelta demostró que el electorado colombiano cambió, que ya no hay militancia ni disciplina de partidos. Las maquinarias políticas aceitadas con promesas de empleos públicos, tamales y mercados, fueron derrotadas por formación propia de opinión de los ciudadanos, por la tecnología de las redes sociales, por una juventud interesada en proyectar su futuro. La gente piensa, por más humilde o desposeída que sea. Cada persona decide  cuáles son las propuestas que interpretan sus expectativas. Ya no son los políticos los que deciden cuáles ideas y metas se deben obedecer.

El peor daño que le pueden hacer a esta democracia algunos perdedores victoriosos como Sergio Fajardo y su alianza con los verdes y con el Polo Democrático, será empeñar sus convicciones a cambio de ministerios y otros cargos en la administración pública.

Tampoco deberían quedar subordinados al poder burocrático del ganador de la segunda vuelta los partidos que por encargo de los electores tendrán curules desde el próximo 20 de julio  en el Senado de la República y en la Cámara de Representantes los congresistas  del Partido Liberal, de la FARC, el Partido de la U, Cambio Radical y los demás futuros y antiguos legisladores que representan a todas las manifestaciones democráticas de la población colombiana.

De confirmarse alianzas que realmente consoliden la polarización electorera entre la derecha y la izquierda  y en ese mismo sentido marche en el próximo periodo legislativo la democracia representativa, Colombia habrá perdido el ejercicio pleno de la oposición como una de las instituciones de la democracia.

El unanimismo basado en alianzas políticas con el ganador de las elecciones llevaría a los aliados de última hora a tener que cumplir con el chantaje burocrático del Ejecutivo con la aprobación de cuanto proyecto de ley llegue a consideración del “poder” legislativo, casi sin discusión o aparentando cierta oposición.

 

 

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