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Del cortejo a la echada de perros

POR GUIllermo Romero Salamanca

Imagen bridoz.com

Hasta hace poco “Sábados Felices” era el programa de humor de mayor sintonía en Colombia. Se inició como “Operación Ja ja” y el presentador era Fernando González Pacheco-Castro. Después, el gran Alfonso Lizarazo le cambió el nombre por el actual.

Por allí desfilaron desde Los Chaparrines, Montecristo, El Mocho Sánchez, Humberto Martínez, Óscar Meléndez, Hernando “El chato” La Torre, La gorda Fabiola, Álvaro Lemon, “El hombre caimán”, Jaime Santos, Jaime Agudelo, Pedro Nel Martínez, Enrique Colavizza, Nelson Polanía, entre otros.

Ya después arribaron otros personajes como el tal Junífero, que sólo produce grima y lástima cuando se le escuchan sus parodias. La gente, simplemente decía: “Si esto es humor, no queda otro remedio que apagar el televisor”. O, cambiaron de canal y se divertían viendo “Alienígenas ancestrales”, donde a punta de historias disparatadas aparecía un animador despelucado y producía carcajadas.

Otros veían las alocuciones presidenciales y al comparar lo que decían con la realidad, soltaban las mandíbulas con tremendas risotadas.

Jaime “El flaco” Agudelo (Q.A.P.D.)
Foto CARACOL TV

Incluso, el programa “Sábados Felices”, organizó varios Festivales Internacionales del humor con figuras de varios países que trajeron sus chistes y les cambiaron los rostros a los colombianos preocupados por la guerra, la desigualdad, la miseria y el desempleo.

El programa sabatino, pionero y líder en cuestiones de humor, fue reemplazado por las llamadas redes sociales, donde cambiaron la ortografía, los buenos modales y la educación se escondió porque no soportaba tanta desvergüenza. Los memes pulularon y millones de chistes repetidos se ven a través del Whatsapp y Facebook, pero las nuevas generaciones gozan con ellos.

El espectáculo ahora es plantarse a escuchar a los pasajeros de Transmilenio. En estos días una agraciada joven estaba feliz porque “el gato” le estaba “echando los perros”. No entendí al principio, pero después me di cuenta que era un cortejo o un enamoramiento, como se llamaba hasta hace unos 20 años.

“Echar los perros” es una acción de fina coquetería en la actualidad. Ya no hay galantería, suaves conversaciones, miradas furtivas, serenatas, flores o chocolates. Ahora es directo y sin anestesia.

El origen de la “echada de perros” en realidad es de la tauromaquia. Cuando los primeros toreros salían al ruedo y el animal se ponía mirar los atardeceres o algo lo dejaba extasiado y no miraba al capote ni al hombre del traje luces, entonces el matador pedía que sacaran los canes y estos se le lanzaban al astado mordiéndolo y enfureciéndolo. De esta manera se reiniciaba la faena.

Para el ganadero era indignante saber que le “habían echado los perros” porque indicaba, de cierta manera, que eran dóciles y que ese acoso era un castigo.

En las fincas era común tener una manada de perros para cuidarla de los ladrones o de los vecinos molestos y entonces cuando pasaba por allí algún desconocido, simplemente los soltaban y de inmediato el merodeador emprendía la huida emulando a Cris Froome.

Ante esas “echadas de perros”, muy pocos quedaban felices, sin embargo, las jóvenes que ofrecen ahora espectáculo gratuito en TransMilenio se sienten halagadas ante ese tipo de cortejo.

El flaquito Agudelo, humorista palmirano, era conocido por sus cuentos de niños a los que imitaba y salía incluso disfrazado de marinerito. Contaba que una vez había un grupo de mozuelos tratando de timbrar en una casa, pero estaba muy alto y no alcanzaban a pesar de sus continuos brincos. Cruzaba por allí un vejete, encorvado, con pesados y arrastrados pasos por la edad, que al verlos se prestó a hacerles el favor de accionar el sonajero eléctrico.  Timbró unas dos veces de manera fuerte y entonces uno de los pilluelos le gritó: “Ahora, a correr porque ahí sueltan unos perrotes grandotes que son unas bestias y muerden al que sea”.

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