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Dejar huella

Por Carlos Alberto Ospina M.

Las agresiones dejan la huella de Dayro Moreno en Nacional. Imagen futbolred.com

A “toallazos” sacó de la cancha Osvaldo Juan Zubeldía al mediocampista Eduardo Julián Retat. El gesto de autoridad del director técnico del Atlético Nacional (1976 – 1982) fue reconocido y aplaudido por el público asistente al estadio Atanasio Girardot de Medellín. Lejos de las majaderías de la actual corriente de indignados, siendo un niño, percibí en este acto de Zubeldía la capacidad de adaptación, la intención de pacificar los ánimos, el respeto a la camiseta y los límites entre la calentura del juego y el objetivo general del equipo de fútbol. Ese día en particular, mi padre, nos llevó a formar fila desde la 10 a.m. para poder ingresar a la recién construida tribuna oriental: “hijos, hay que madrugar a hacer cola”. 5 jóvenes hermanas mayores, los 3 niños de la casa y 9 fiambres para la larga espera componían el equipo de fútbol del varón antioqueño. A semejanza floreció la barra “Oriente verde” en torno a la gallada del periodista Ramón o a la inversa, “los Ospinas”, se acomodaron en el sitio donde la pasión abrigaba camarería y felicidad.

 

“Papá, ¡qué bien que Zubeldía sacó a Retat!”, afirmé sin aspaviento. A lo cual respondió: “Sí, Eduardo Julián se dejó llevar por la rabia. Estábamos con 9 jugadores y es tan bruto que se hizo echar. Hijo, no solo perdimos el partido, sino qué pena traerlos al estadio a ver violencia, en lugar de diversión. No encuentro la explicación para que se destruyan las rodillas o payaseen. A veces, pienso que el único honesto en el fútbol es el balón… ¡y eso que con los años le podrán algo para manipularlo”. De manera precisa con el tiempo percibí aquellas palabras como sentencia y premonición. En cuestión de minutos varias lecciones de vida e imágenes pasaron por las retinas de mis ojos.

 

Sí, afiebrado y vehemente hincha del Nacional. Combinaba el aprendizaje de las artes marciales con la melena larga, la pantaloneta corta ajustada y los guantes al estilo del guardameta Raúl Ramón Navarro Paviato. Los fines de semana nos instalábamos en los potreros de Bello, Copacabana y Girardota al norte del Valle de Aburrá. Jornadas de sancocho dominguero, gelatina de pata, la verdad nunca me gustó, e improvisados entrenamientos de la nómina simbólica del Verde. No faltaba el desafío con los otros “patos” que se lanzaban al agua. “El que haga el último gol, gana”. Esta disimulada manipulación buscaba alargar el tiempo frente a las constantes llamadas de atención y la frustrante exclamación: “muchachos, vámonos que va a llover, está tarde”. ¡Claro! Ganar siempre será importante, pero jugar lo era todo.

 

Asiduo radioescucha del programa “Wbeimar lo dice” de Caracol, años después realicé allí mi primera práctica profesional, un día cualquiera escuché la convocatoria pública para seleccionar las divisiones inferiores del Atlético Nacional. Salí corriendo a contarle a mi hermano mayor: “Juancho, vamos mañana a las 9 a.m. a la Unidad Deportiva de Belén. Nacional va a escoger pelaos para las inferiores”. A diferencia de otros jóvenes no tuvimos que pedir para los pasajes de bus, veíamos en el barrio Fátima a 3 cuadras de la zona de escogencia. Sin la mejor indumentaria, ¡por fin!, pisé el césped del imaginario Atanasio Girardot. Cambié los guantes de portero por la fortaleza, la rapidez y la entrega en el medio campo. En cambio, mi hermano, a pesar de su escasa estatura fue un jugador veloz, ágil y dotado de excelentes condiciones técnicas. El menor, Sergio, quien no estuvo en la competencia, realizaba espectaculares acrobacias con la pelota. Aquel día “Juancho” gozó de un desempeño notable, hizo gol de larga distancia y literalmente, “bailó”, a los defensas. Dos pases de él me permitieron convertir igual número de goles. Desde hace más de 32 años, Juan Ramón, trabaja en una multinacional, y el suscrito, sigue contando historias periodísticas.

 

“Hijos, primero, fórmense como personas, hombres de bien, estudien y si deciden ser jugadores de fútbol prepárense para la derrota, la envidia, la frustración y el éxito. Éste, a veces, invita perder el rumbo y la humildad”. Las lágrimas de frustración, poco a poco, se fueron desvaneciendo con la lección de sentido de vida y las palabras de consuelo de nuestro padre.

 

Con cierto grado de irresponsabilidad tomé el consejo a pecho. En presencia de las críticas descalificadoras, el acoso y la mala fe de un sector de la prensa deportiva que buscaba “sacar” a uno de los directores técnicos más exitoso de la historia de Atlético Nacional, Osvaldo Juan Zubeldía, procedí a escribirle una extensa carta de reconocimiento a su labor y en especial, agradecerle por las distintas enseñanzas deportivas y humanas. Estaba en quinto grado de bachillerato, ahora es décimo, le dejé la nota de 3 páginas escritas a mano en la recepción de Residencias Nutibara en el centro de Medellín, cerca de donde hoy es la Plaza Botero, solo con la firma de mi nombre compuesto sin los apellidos.

 

Haciendo la siesta, de repente, algo me sacudió del letargo: “Poco me ha importado lo que se diga de mi como director técnico. A ningún técnico le han aguantado tanto como me aguantó la hinchada de Nacional. La verdad, no sabía que la gente me quería tanto, hasta hoy, cuando leí la carta de un joven que me suplicaba que no me marchara del equipo. Esas conmovedoras palabras y el cariño de muchos otros, me hicieron pensar sobre mi partida del club… …Dejo a Nacional arriba y me voy”. Lejos de cualquier asomo de vanidad, ni conocía su significado, salté de la cama y grité: “No se va Zubeldía, no se va, Zubeldía…veeerrdeee”. ¡La verdad me equivoqué! Quedó campeón con el Atlético Nacional en 1981 y murió el 17 de enero del siguiente año en el pasaje La Bastilla. El precoz mensaje, quizá, detonó en el director técnico argentino lo que la melodía muda del corazón, algunas veces esconde, y es el desprendimiento que genera la pasión.

 

El motor del entusiasta argentino dejó de palpitar. Osvaldo Zubeldía, llegó sin vida a la Clínica Medellín y la capital paisa le hizo una calle de honor que pocas veces se ha visto.

 

Disfrutando de las veleidades que ofrece Jamaica, el también difunto periodista, Alberto Piedrahíta Pacheco, nubló el inigualable ocaso de la isla: “Carlos, acaban de asesinar a Andrés Escobar”. Después de deplorar el crimen del “caballero del fútbol” juré no volver a un estadio. “Juancho”, mi hermano fanático del Nacional, este 2018 me hizo romper la promesa para presenciar la pérdida del campeonato frente al Tolima. Entonces, volví a recordar otra frase de Zubeldía: “Al jugador hay que hablarle siempre, explicarle las razones de cada determinación.” Realidad e ilusión ya superada.

 

Enfoque crítico – pie de página. Anotar muchos goles no significa dejar huella. Construir un legado como individuo, ser ejemplo dentro y fuera de la cancha, hablar apropiado y actuar mejor, tratar bien la mujer y honrar la familia son valores morales y principios éticos que no se pueden comprar con el dinero ni la fama. Tampoco, se consigue el respeto de los hinchas a partir de la indisciplina y la falta de juicio.

 

Dayro Mauricio Moreno Galindo no es ejemplo para las actuales ni futuras generaciones. La sociedad colombiana necesita ídolos para imitar por sus hechos memorables, nobleza, buen comportamiento y calidad humana. Uno u otro crea autogoles ¡hasta con su futuro!

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