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Decadencia del aplauso

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen Youtube.com

 

El arte de aplaudir que nos diferencia de los canguros está en decadencia. Los aplaudidores profesionales han convertido el bello ritual del aplauso en calumnia.

Quedó demostrado anoche en el séptimo y último discurso del presidente Obama a la nación: hubo más aplausos que ideas. El presidente de pelo quieto abría la boca y la galería aplaudía, frenética, muchas veces de pie. Cerraba el pico y lo mismo. La señora Obama, toda de amarillo hasta los zapatos vestida, presidía el comité de aplausos.

Los hay que aplauden por todo. Pasa una nube, un taxi vacío, una tractomula, un ascensor repleto, y arrancan. La bella que pasa a nuestro lado, desafiante, desplegando ante nuestros ojos de voyeristas un tsunami de caderas, exige aplausos para su erotismo.

El hombre de internet nace con un chip para aplaudir sin reposo. No importa que no haya méritos. Se trata de aplaudir por inercia, como quien ve pasar una bala perdida rumbo a su desconocido destino.

Mientras llega la rectificación, digamos que el aplauso nació de la necesidad sentida por el bobo sapiens de que le suban su ego. El aplauso es una exquisita forma de esperanto que traduce lo mismo en todos los idiomas.

Hemos convertido el aplauso en tic. Nos la pasamos más tiempo aplaudiendo que amando u odiando. Confieso que tengo callo en las manos de tanto piropear con ellas. Solo falta que aplaudir sea una materia en la escuela como la religión o el álgebra.

Algunos aplausos parecen dados con silicona. Son inflados como aquellos brasieres que mienten por partida doble. Es cuando aplaudir es mentir con las palmas de las manos.

Ahora: ¿Quién no ha soñado con triturar a quienes parecen contratados para aplaudir en los teatros, una vez terminada la función? La claque que llaman. Esos fulanos a sueldo aplauden de pie y ordenan a su entorno seguir idéntico libreto.

A la brava hay que solidarizarse con ese aplaudidor que nos fulminará con su mirada hasta lograr que nos sumemos al coro de aduladores digitales. Asistimos a la clonación y/o globalización del elogio.

Los artistas entran y salen a recibir el maná de aplausos sin separar el oro de los verdaderos, de la escoria de los que son falsos como ciertas hojas de vida, en las que lo único cierto son las comas. El aplauso tiene mucho de salario en especie, siempre y cuando se sienta.

Muchos han hecho del aplauso su modus viviendi, comiendi y trabajandi. Por sus aplausos los conoceréis pues arrancan tres segundos antes que el resto de los mortales y terminan cinco segundos después. Estos fulanos terminan de aplaudir y le pasan la hoja de vida – o la cuenta- a su mecenas. (Los perros aplauden en silencio moviendo la cola).

Unos viven de llorar en los entierros. Otros de aplaudir en público. En este sentido, los aplausos son lágrimas con las manos. Otra forma de rebuscar el diario yantar.

Si nacemos con las lágrimas, los polvos y los aplausos contados, dosifiquémoslos. Abajo las manos hechas para el cepillo, el elogio, la genuflexión, el incienso. Al menos dejemos algunos aplausos para matar zancudos en la noche huérfana de sueño.

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