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De los oficios: SUEGRAS

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imagen europapress.es

La palabra suegra, pronunciada así no más, suelta, sin contexto, espanta. Eso se siente cuando, por ejemplo, Pomponio, el de las tiras cómicas, grita: “Suegra”. En ese momento, la fulana mencionada que se ha instalado a perpetuidad en casa del yerno,  responde con toda la prosopopeya del caso mientras fulmina con su mirada al productor de quincenas de su hija: “¿Qué?”.

 La humanidad, representada en los Pomponios que en el mundo sobreviven, ha sido cruel e injusta con las suegras. El oficio de suegra parece negarle a la mujer los demás atractivos propios del eterno femenino.

Pero las suegras también tuvieron sus quince. Lo recuerda Serrat y los poetas nunca mienten. Canta el catalán: “Recuerde, antes de maldecirme, que tuvo  usté la carne firme, y un sueño en la piel, señora!”.

Jesús que bailaba trompos en la uña, reinvindicó ese desacreditado oficio y curó de fiebres a la suegra de Pedro, el primer papa.

El refranero popular es menos poético con las suegras y afirma “que son como las  yucas: buenas … pero enterradas”.

Se les reconoce que son buenas por allá en el fondo, como dice la oposición del gobierno de turno. O de todos los gobiernos, cuando empiezan a sentir el sol a la espalda.

Las suegras son madres sin relaciones públicas. Carecen del Chapulín  que las defienda. Ellas tienen la culpa: cuando asumen su papel de suegras quedan reducidas a una isla rodeada de frágil egoísmo por todas partes. Menos mal que por más que detesten a la nuera o al yerno, idolatran a los nietos en plato aparte.

 Nadie les reconoce su capacidad de amar. Nadie les acepta tampoco su tendencia a no dejar prescribir jamás la posesión que creen tener sobre su prole, así ésta decida contraer matrimonio.

Imagen pinterest.com

“¡Qué vivan las suegras! Pero que vivan lejos”, es otro apunte del habla popular que proclama el bajo índice de sintonía de estos especímenes (y perdón por lo de “estos”).

Mejor volver a Serrat: “Ese con quien sueña su hija; ese ladrón que os desvalija de su amor, soy yo, señora”.

Todos llevamos un repertorio de suegras en nuestro prontuario sentimental. Los hay que se entendieron mejor con las suegras que con las hijas. De pronto ellas permitían el trato con los yernos para penetrar más fácilmente en sus reales intenciones.

Cuando se lo proponen, las suegras son diplomáticas y calculadoras. O madres políticas.

Las suegras son sicólogas sin tarjeta, hechas en casa, como los buenos remedios caseros. Una suegra sabe hasta para remedio. En los días de la madre, hay consenso general para no menear su agitada condición de suegras. Tampoco se mienta la soga en casa del ahorcado.

Modestia apártate, pero no tengo quejas de mis suegras. Las que me tocaron, amables todas, no tenían los ojos encima, monitoreando el idilio, ni rezando el rosario a dos metros del dueto que se derretía de amor.

“Dichoso Adán que no tuvo suegra”, dice la sabiduría popular. O  la ignorancia, para no caerme con exsuegras mías como doña A, doña J, doña B… (Sus nombres han sido reducidos a la inicial para proteger su hoja de vida). Lástima que en el cielo no haya correo para escribirle a mi suegra, doña Fabiola Ochoa, de La Dorada, Caldas, abuela de mis críos. No la conocí.

(Hoy la muchachada se tutea con las suegras y se despide de beso ante el yerno impotente. ¡Jesús, credo!).

Tampoco hay duda de que existe una doble moral frente a las suegras. Se las adula durante el noviazgo y se las vilipendia al llegar a la tierra prometida – o destapada- del matrimonio. De novios, son un mal necesario para hacer frente al “celonio”  (celoso) de casa, también llamado suegro. 

 

Pocos aceptan que sin suegras cómplices habría más de una bella desvistiendo santos (incluyo a mis hermanas). Suegras hay que fueron precursoras de la liberación femenina. Hicieron la revolución a costillas de sus hijas. Pero eso no lo ve el machista ojo masculino.

Menos mal ellas no han pensado en un sindicato de suegras. Una suegra sola es una central única de trabajadores cuando se trata de defender los intereses de sus vástagos. 

 

El matutino, el meridiano, el vespertino y el eterno femenino también pasa por las suegras.  Y como las suegras también son mamás, merecen toda nuestra perplejidad. Como dijo una poeta hablando de la letra eñe: las suegras también son gente.

Mejor despidámonos con Serrat: “Yo sé que no soy un buen yerno, soy casi un beso del infierno,  pero un beso, al fin, señora…!”.

¡Hortensias de La Ceja para las suegras¡

 

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