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Crianza y cultura de paz

Por Juan Fernando Gómez Ramírez,Pediatra puericultor

Los guerrilleros cambiaron las armas por banderas y trabajos por la paz de Colombia. Foto El Nuevo Diario

 

“Evitar la guerra es función de la política. Consolidar la paz es función de la educación”.

María Montessori

La paz es el estado ideal a que puede aspirar o llegar un ser humano o una sociedad como expresión de armonía y equilibrio. El filósofo español Fernando Savater, define la paz como “La vida en libertad sin temor de sufrir persecución o violencia por las propias ideas o forma de vida, siempre que se atengan a la legalidad”. Como construcción social, la paz tiene una estructuración muy compleja que depende de múltiples factores como la justicia social, la equidad, la inclusión y el ejercicio de una pronta y cumplida justicia en la lucha frontal contra la corrupción y la impunidad, que carcomen el tejido social y promueven la desesperanza.

Pero depende también la paz de la actitud y el accionar de todas las personas que como actores sociales se convierten en protagonistas de la cotidianidad en todos aquellos sitios donde la vida acontece, lo que hace necesaria la instauración creciente de una Cultura de Paz, que garantice la permanencia en el tiempo de esta deseada vivencia.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), define la Cultura de Paz como “El conjunto de valores, actitudes, modos de comportamiento y estilos de vida que rechazan la violencia y previenen los conflictos abordando directamente las causas a fin de resolver los problemas mediante el diálogo y la negociación entre individuos, grupos y naciones”. Para la generación de esta Cultura de Paz, opinan los expertos basados en el análisis de conflictos bélicos de Europa, Japón y Corea entre otros, que es necesario el discurrir de 2 o 3 generaciones a partir de la cesación del conflicto.

Las consideraciones anteriores nos impulsan a reflexionar sobre el papel que en este discurrir generacional debemos desempeñar todos aquellos acompañantes de los niños, niñas y adolescentes, integrantes de estas generaciones de transición entre la guerra y la paz: padres de familia, parientes, educadores, cuidadores, personal de la salud y todas aquellas personas que tenemos la fortuna de pasar una parte importante de nuestras vidas acompañando a la niñez a crecer y a desarrollarse, con la intención de consolidar la paz mediante la educación como lo expresa la médica y educadora italiana María Montessori.

El acompañamiento a la familia durante el proceso de crianza adquiere aquí una importancia fundamental, habida cuenta de la indiscutible trascendencia que tiene en la formación de un ser humano tolerante, bondadoso y empático que promueva la consolidación de la anhelada paz.

Nos proponemos analizar en este artículo las características que comprenden la tolerancia, la bondad y la empatía como bastiones de la paz, en el contexto de una crianza humanizada y

humanizante, que contribuya a intervenir la preocupante afirmación de la escritora mexicana Guadalupe Nettel de que “La violencia social primero se originó en la intimidad”.

La tolerancia

Se ha considerado como el principio y el origen de la paz. Se define como “El respeto y la consideración hacia las formas de pensar, de hacer y de sentir de los demás, aunque éstas sean diferentes a las nuestras”. La tolerancia es reconocer que hay muchas maneras de ser humano en diferentes contextos culturales y sociales. La sabiduría popular la ha definido como “Vivir y dejar vivir”.

Es importante señalar que la tolerancia no tiene ninguna relación con la indiferencia o con la condición de “soportar” al otro. Por el contrario, como bien lo define la filósofa española Adela Cortina consiste en un respeto activo por el otro, entendido como el interés por comprender a los demás y por ayudarles a llevar adelante sus proyectos de vida.

Debemos enseñar tolerancia para formar seres humanos más preparados para cohabitar en un medio ambiente cada vez más diverso, para proteger contra la discriminación y para abrir caminos hacia la civilidad y el respeto. En el seno de la familia los padres deben hablar sobre tolerancia, identificar y confrontar actitudes intolerantes de sus hijos, analizarlas con ellos y apoyar a los niños que son víctimas de intolerancia. Aquí el ejemplo parental, como en todas las situaciones de la crianza, se convierte en un factor determinante.

Las actividades y actitudes promotoras de la tolerancia en la escuela, que por lo demás representa un excelente escenario para promoverla, deben incluir la convivencia intergrupal y la educación multicultural, aprovechando las características de un país como el nuestro, multiétnico y pluricultural. El accionar de un docente asertivo y comprometido que se convierta en modelo para sus discípulos, será de mucha trascendencia.

La persona tolerante, en concepto de los expertos, es aquella que se entusiasma y vive con pasión un ideal, pero acepta a los que viven otros ideales, que no ve en los demás contrarios opuestos sino contrastes suplementarios y que entiende que vivir en paz, más que carecer de enfrentamientos, implica generar armonía y colaboración. Todo lo anterior, en consonancia con la reflexión de Benito Juárez, inspirador de la nación mexicana, de que “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

La bondad

Se define como la inclinación natural a hacer el bien y constituye un elemento fundamental en el desarrollo armonioso de las relaciones interhumanas. Ludwig Van Beethoven afirmó con razón que “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.

Se reconoce que los seres humanos nacen con un primordio de bondad que se manifiesta según la investigadora Alison Gopnik de la Universidad de California, desde etapas tan tempranas como los 18 meses de edad y que desde ahí un acompañamiento inteligente y afectuoso por parte del

cuidador adulto, debe promover el desarrollo de este sentimiento tan contribuyente de una vida armónica y en paz. La bondad es un camino más que una meta. En los últimos años se han producido corrientes del pensamiento universal tendientes a una reformulación de las virtudes humanas con la intención de promoverlas y divulgarlas masivamente, como lo ha hecho Howard Gardner, neuropsicólogo y docente de la Universidad de Harvard, creador de la teoría de las inteligencias múltiples, en su libro “Verdad, belleza y bondad reformuladas”, publicado recientemente.

Podemos promover y enseñar sobre la bondad a los sujetos de crianza inculcando la generosidad como actitud ante la vida, enseñándoles a valorar lo que ellos tienen y lo que a los demás les falta, todo ello en un entorno empático donde la fuerza arrasadora del ejemplo tenga una plena cabida.

Cuenta Robert Coles en su libro “La inteligencia moral de los niños”, que al escritor norteamericano Henry James, candidato al premio Nobel de literatura, su sobrino adolescente le preguntó alguna vez qué hacer de su vida, cómo vivirla, a lo que el gran novelista le respondió: “Sólo hay tres cosas importantes en la vida humana: la primera es ser bondadoso, la segunda es ser bondadoso y la tercera es ser bondadoso”.

La empatía

Es la capacidad de captar lo que otro piensa y necesita y la conexión sincera con su sentir como si fuera propio, sintiendo a la vez el deseo de consolar y ayudar, en concepto de la experta Anna Carpena Casajuana. Significa ir más allá de la focalización en uno mismo, salir del propio yo para abrirse a los demás y comprende además de sentir el sufrimiento, participar también de la alegría de la otra persona .Como bien lo señala el poeta mexicano Octavio Paz: “Para poder ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros”.

Los humanos nacen con una predisposición biológica a ser más o menos empáticos, marcada por la herencia. Las vivencias posteriores hacen que se desarrolle en mayor o menor medida la capacidad de empatizar: “Me alegra tu alegría, me duele tu dolor”.

La empatía se considera fundamental para la convivencia, promueve comportamientos prosociales y ayuda a prevenir actitudes agresivas. Los niños y adolescentes que están expuestos a la violencia de manera cotidiana, tienden a demostrar niveles bajos de empatía, expresada en un comportamiento defensivo de tipo egocéntrico con dificultades para tener perspectiva del otro, capacidad de comprender su mente y tener la posibilidad de sentirse cerca de las emociones del otro. De ahí que la prevención de la violencia adquiera una importancia fundamental.

Criar en la empatía es la base de los procesos de mejora del ser humano, con lo que se contribuye a avanzar en un mundo con más tolerancia, más bondad, menos violencia y más paz.

Las actitudes ante la vida que hemos analizado hasta ahora, debemos promoverlas en la niñez por parte de los adultos acompañantes del proceso, en el contexto de una crianza humanizada y humanizante, inspirada en el interés superior del niño, en perspectiva de derechos, basada en el

ejemplo y en la práctica del buentrato, en la búsqueda incesante de un ser humano que tenga compromiso ético con la vida y los valores de la cultura, que sea empático con los demás y la naturaleza y que crea en el predominio del bien común sobre el bien particular.

Ningún aporte es pequeño para este gran cometido social de contribuir, entre muchos otros factores a la anhelada paz que nuestra sociedad necesita y merece. Pues como bien lo afirmó el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

Algunas tensiones de la crianza actual

Hay un consenso entre los padres de familia referente a que tener hijos es lo mejor que nos ha podido ocurrir en la vida y que la crianza de ellos constituye la empresa más importante en que nos involucramos. Pero, concomitante con lo anterior, la crianza de los hijos nos genera con frecuencia tensiones y ansiedades en primer lugar porque nadie quiere equivocarse en este proceso y en segundo lugar porque no existen reglas fijas para llevarlo a efecto, pues como bien lo afirma el pediatra y psicoanalista Donald S.Winnicott “los padres no hacen a los hijos como el alfarero hace una jarra o el pintor pinta un cuadro”.

Los tiempos actuales se caracterizan por una serie de rupturas con estilos de vida anteriores que tienen su expresión en los escenarios institucionales fundamentales de la familia y la escuela, todo ello en el entorno de los avances tecnológicos que han revolucionado, y de qué manera, la forma de vivir contemporánea.

Lo anterior ha llevado a la generación de un nuevo concepto de infancia y niñez en los tiempos actuales que desarrollaremos a lo largo de este artículo en el que se analizarán cuatro tensiones prevalentes en las relaciones de crianza en estos nuevos tiempos: la ansiedad, la prisa, la perplejidad y la culpa.

La ansiedad

Se define como un estado de agitación, inquietud o zozobra. En el mundo actual los padres están sometidos a grandes tensiones que les generan estrés, el cual puede afectar las conductas de cuidado y protección que los niños requieren. Estos a su vez son muy permeables a las angustias de sus padres y en muchos casos las padecen de manera intensa. La tendencia contemporánea a tener pocos hijos, se acompaña de mayor tensión en lo referente a sus cuidados y a las expectativas con frecuencia desmedidas, al considerar a sus hijos más como proyectos hacia el futuro que como realidades presentes.

La psicóloga norteamericana Madeleine Levine acuñó el término de Hiperpadres para los protagonistas de lo que se ha denominado Hiperpaternidad, que aparece como expresión de la ansiedad en la relación con los hijos. Son aquellos padres que cargan la mochila de sus hijos desde y hasta el colegio, que se angustian porque no ingieren todos los alimentos que les ofrecen y que todos los días preguntan en el grupo de WhatsApp del colegio, qué deberes tienen sus hijos para el día siguiente. Se han denominado también estos progenitores como “Padres helicóptero”, pues siempre están supervisando a sus hijos con una clara connotación sobreprotectora e intervencionista.

Esta intención de involucrarse excesivamente en la vida de sus hijos altera el desarrollo de la subjetividad de estos, quienes han sido llamados por los investigadores niños “altar” o “hiponiños”,

bastante inseguros en su comportamiento, que no han conocido la frustración y por lo tanto no saben gestionarla y a quienes no se les han comunicado límites de comportamiento que les permitan un discurrir armónico como integrantes del tejido social.

Los educadores en estos nuevos tiempos –como lo señala la comunicadora Eva Millet en su libro -Hiperpadres- están observando que la colaboración de los padres para con la entidad educativa se está convirtiendo en una verdadera intromisión en todos los aspectos de la vida académica con las consecuencias que ello trae en la formación de los alumnos y en su necesario camino hacia la autonomía.

Existe en este contexto una gran presión de los padres para que sus hijos triunfen y sean altamente competitivos, lo que contrasta con la inseguridad y dependencia de estos hiponiños o hipohijos, lo que les genera un gran estrés por el temor a fallar o a equivocarse.

Como lo anota el educador argentino Sergio Sinay, “los padres deben brindar un amor que riegue, pero que no ahogue”. Es necesario renunciar a la aspiración de ser los mejores padres para los mejores hijos. Si conseguimos como padres sujetar nuestros miedos y no excedernos en sobreproteger a los hijos, estos serán capaces de vivir sus vidas desde la honestidad, el amor, el trabajo y la perseverancia.

La prisa

Se define como la prontitud y rapidez con que sucede o se ejecuta algo. Uno de los determinantes de la vida posmoderna lo constituye la prisa, la tiranía del tiempo, que ha invadido todas las esferas del vivir: el ámbito laboral, la forma de comer, la educación de los hijos y hasta el ocio. Se hace necesario recuperar el valor de la lentitud. Es difícil educar al ritmo actual de las redes sociales.

El afán se refleja y afecta la dinámica de la crianza con implicaciones importantes relacionadas con el desarrollo del sistema neurológico y psicológico de los niños, niñas y adolescentes, pues su ritmo no coincide con la premura adulta y la presión derivada de este asincronismo los lleva a estresarse de manera importante, lo que afecta su desempeño y calidad de vida. Debemos tener presente que construir una relación armónica de crianza implica presencia y paciencia. Debemos respetar el ritmo de cada sujeto de crianza en un mundo agobiado por la prisa.

Frente a la situación descrita, surgió en Italia en los años 80, la filosofía slow que engloba muchos ámbitos: desde el pedagógico y social, el cultural e incluso el gastronómico. Es una actitud ante la vida que se extiende a nivel mundial, muy consolidada en países nórdicos y anglosajones y con desarrollo creciente en Hispanoamérica. Una expresión de lo anterior es la propuesta de Crianza Lenta (slow parenting), que se refiere a una parentalidad simple, sin apuros. Un estilo contrario a la tendencia generalizada a la sobreexigencia escolar, a la sobreprotección y al intervencionismo excesivo de los padres en la vida de sus hijos.

Es una contracultura que enfatiza la importancia del juego, del acceso a la naturaleza y propende para que la tecnología esté al servicio del aprendizaje y la lúdica. Insiste en que hay que respetar los

espacios infantiles y proporcionar pautas para una crianza en singular, respetando los ritmos de crecimiento de cada niño. No se trata de inculcar una negación de la vida posmoderna sino de generar un enfoque familiar para vivir mejor el proceso de la crianza. Lo anterior implica aprender a gestionar asertivamente el tiempo que dedican los padres a sus hijos, tanto en cantidad como en calidad.

Insiste esta propuesta en la necesidad de ayudarle a los padres a recuperar la experticia y tiene clara su formulación de que ser lento no significa ser pasivo. Se trata de hacer cada cosa lo mejor posible, en vez de hacerla lo más rápido posible. Lo que se propone es velar para que los niños disfruten de su infancia.

La perplejidad

En el contexto de las relaciones familiares, la perplejidad se define como una actitud anímica de desconcierto exagerado y por lo tanto anómalo, en la relación entre los progenitores y el hijo.

Es innegable que en los tiempos actuales asistimos a una importante crisis del rol adulto, con cuestionamientos sobre el referente que debe ser para los jóvenes, que se originó en la segunda mitad del siglo XX, relacionada con el desdibujamiento del adulto de antaño por el desplome del modelo patriarcal y el advenimiento de un nuevo rol para esta etapa de la vida y su relación con las nuevas generaciones.

En concepto de los expertos, antes era mucho más fácil ser padre, madre o maestro, porque había tal consenso de apoyo en el imaginario social que la autoridad se otorgaba de antemano. Hoy, es necesario ganarla, en el acontecer cotidiano.

En el libro titulado “Adultos en crisis, Jóvenes a la deriva”, escrito por la psiquiatra e investigadora argentina Silvia Di Segni Obiols, se afirma que el cambio en el rol tradicional del adulto generó también un desequilibrio en las pautas de crianza, con respecto a las cuales estos adultos en crisis han optado por tres tendencias predominantes:

-Transmitir las mismas pautas que las generaciones anteriores, en una relación con los hijos de tipo vertical y con franca tendencia al comportamiento autoritario (adultos tradicionales)

-No transmitir pautas, evadiendo el rol adulto, dentro de lo que se denomina “La cultura adolescente” por parte de los padres, de claro corte light, en la que el adulto desea parecerse a sus hijos, sin establecer normas, con una clara tendencia al disfrute y poca intención de educar, orientar y fijar límites (hijos eternos)

-La tendencia a angustiarse y paralizarse en un contexto inseguro, optando por propuestas y decisiones contradictorias que suelen confundir a los hijos (hijos de la duda)

Asumir el rol adulto significa no tener vergüenza de equivocarse, admitir que se cometerán errores y cuando ello ocurra, aprender de ellos. Significa también asumir la necesaria incertidumbre que el ejercicio de sus funciones conlleva. Frente a la perplejidad, hay que ayudar a los padres a recuperar

la experticia e inculcarles la idea de que a pesar de las tensiones inherentes al nuevo rol, ser adulto no significa dejar de disfrutar, de reír, de emocionarse, de apasionarse, de jugar. Significa, como lo afirma Di Segni, saber cuando no tiene sentido hacerlo.

Frente a la crisis generada y a la consecuente perplejidad, debemos ocupar el rol adulto nosotros mismos, en cada casa y en cada institución educativa. No esperar a que otros ocupen el lugar que dejamos vacante y adopten a quienes dejamos huérfanos. La única salida a la crisis del rol adulto es ocupar el lugar de tal, en consonancia con la sabia afirmación del filósofo Fernando Savater: “Para que una familia funcione educativamente es necesario, que alguien en ella, se resigne a ser adulto”

La culpa

Desde el punto de vista psicológico, la culpa se define como un sentimiento que experimentan las personas, que se origina como resultado de una acción que provocó un daño, y que trae consigo una sensación de responsabilidad.

A diferencia de generaciones anteriores, los padres de hoy son en gran medida culpógenos, a pesar de ser comprometidos y bien intencionados. Entre las causas de esta culpabilidad está el tono condenatorio con el que fueron criados por sus padres, quienes no parecían sentirse culpables por sus errores y su autoestima no se nutría del amor del hijo, a diferencia de la generación actual de padres, quienes como bien lo señala la educadora familiar Ángela Marulanda, “Nuestra generación fue la última que creció buscando la aprobación de los padres y la primera que vive buscando la aprobación de los hijos”.

Otra fuente de culpabilidad en los padres de hoy tiene qué ver con la sobredosis de información alrededor de la función parental (en el catálogo de Amazon aparecen alrededor de 60 mil publicaciones referidas a la crianza infantil), que puede sofocar la sabiduría innata y hace que se sientan incompetentes y a la vez culpables por tantas fallas que se descubren en su diario accionar en el proceso de la crianza.

La culpa genera con frecuencia una difusa sensación de indignidad que se traduce en sentimientos de inferioridad parental, que generan temor y socavan la necesaria confianza en la función que debe acompañar su asertiva presencia como guías ante sus hijos. Con toda razón se ha afirmado, que lo ideal es educar a los hijos desde el amor y no desde la culpa, al reconocerle a los padres la experticia que en estos nuevos tiempos les ha sido negada, pues como bien afirma un experto, “Mientras que antes las familias hacían la cultura, hoy es la cultura la que hace a las familias”.

Entre las consecuencias adicionales que genera la culpabilidad parental, está un sentimiento de inferioridad, que puede desembocar en un comportamiento cómplice ante los hijos que desvirtúa su rol de acompañantes inteligentes y amorosos, quedando estos a merced de sí mismos, con grandes limitaciones para asumir más tarde de manera comprometida el comando de sus propias vidas.

La culpa tiene algo paradójico pues hace que los buenos padres se sientan con frecuencia más culpables que aquellos quienes no son tan buenos.

Para concluir, compartimos plenamente la afirmación del educador norteamericano Harold Kushner: “La culpabilidad no hace florecer lo mejor de nadie, sino que nos drena la alegría de vivir”.

Como padres es fundamental que renunciemos a la aspiración de ser los mejores padres para los mejores hijos, pues como bien lo afirmó hace varias décadas el psicoanalista Bruno Bettelheim, no hay padres perfectos, tampoco hay niños perfectos y no es necesario que los haya. Con excelente sentido de la realidad el proyecto de crianza de la República del Canadá se denomomina “Nadie es perfecto” haciendo referencia a nuestra falibilidad y al hecho de que la crianza la hacemos seres humanos para otros seres humanos en proceso de crecer y desarrollarse.

Mantenemos la firme esperanza de que la modulación y el afrontamiento asertivo de las tensiones aquí descritas nos permitan disfrutar la crianza de nuestros para así disfrutar a plenitud su presencia y buscar en su compañía la felicidad que necesitamos y merecemos.

Lecturas recomendadas

* Millet, Eva.Hiperpaternidad. Ed Plataforma. Barcelona. 2015

* Marulanda, Ángela. De la culpa a la calma. Ed Aguilar. Madrid. 2011

* Honoré, Carl. Elogio de la lentitud. Ed RBA Bolsillo.Madrid. 2017

Propuesta de frases

* Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino

José María Pemán

* La crianza de los hijos compromete a los padres en todas las aspiraciones para el futuro y llama todas las emociones de su pasado

Arnaldo Rascovsky

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