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Corrupción: problema de todos

Por Rudolf Hommes, Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen Opinión y Salud

Cuando interviene la corrupción se perjudica la calidad del bien o servicio que se está adquiriendo.

La corrupción afecta a todo el mundo. Impone un costo que puede ser imperceptible a nivel individual, pero es mayúsculo. Si una empresa constructora, por ejemplo, entrega sobornos y aportes a las campañas políticas, el costo de los proyectos que se le adjudicaron podría haberse reducido por lo menos en esa cantidad.

Los impuestos que tuvieron que recaudarse para financiar esas obras podrían haber sido inferiores en esa o en una mayor proporción si el proyecto se financia parcialmente con crédito. Eso está directamente conectado con el bolsillo de los contribuyentes, que hubieran podido consumir y ahorrar más. Esa plata, que la constructora reparte como sobornos, es de todos ellos y se la embolsillan unos pocos. Esto contribuye a mayor concentración de la riqueza y del ingreso, y tiene otros efectos perversos superiores.

El constructor al que no se le adjudicó el contrato podría haberlo hecho más rápidamente y con mejor calidad, por esa misma plata o por menos. En otras palabras, cuando interviene la corrupción, el favoritismo o el soborno, se perjudica la calidad del bien o servicio que se está adquiriendo, como sucede también con los servicios que se obtienen de los particulares.

Uno confía en los médicos porque supone que recibieron una educación que garantiza sus capacidades y competencias. Adicionalmente, la profesión tiene un código de ética, y se supone que lo respetan. El entendido implícito es que cuando se consulta a un médico, este le va a dar el mejor servicio que puede ofrecer, no el que más le conviene al médico. Con ese mismo supuesto se adquieren otros bienes y servicios.

Lo socialmente razonable es que el comprador no tenga que cuidarse más allá de cerciorarse con debida diligencia de que el vendedor tiene las calificaciones para entregar lo que ofrece. Pero si interviene la corrupción, no se puede suponer eso. Uno no puede cruzar un puente con tranquilidad, comprar un inmueble, subirse a un ascensor o a un bus. Los que murieron en Génova la semana pasada, cuando cayó el puente, no contaban con que la autoridad competente ignoró advertencias de expertos.

Cuando la corrupción se desborda, lo que es razonable esperar deja de ser viable. No se puede consultar un solo médico, hay que acudir a varios. No se sabe si los hijos reciben educación. No se puede comprar vivienda sin hacer un estudio estructural ni tener plata en bancos o ahorrar institucionalmente. No se puede confiar en el Estado. Se minimiza la confianza. Una sociedad en esas circunstancias se vuelve inviable, y a medida que avanza hacia ese estado deja de progresar porque la corrupción es un impedimento para crecer la economía y desarrollar la sociedad.

A pesar de que en Colombia la corrupción ha aumentado, no ha llegado a los niveles alarmantes que se observan en otros países, pero si no tomamos conciencia y actuamos, podemos quedar en una situación parecida a la del sapo que está en un recipiente que se está calentando lentamente. Si no ocurre un cambio brusco de temperatura que lo haga saltar y salir de ese medio, seguramente se cocina. Ese cambio brusco ha ocurrido por los escándalos en el Congreso, por el caso Odebrecht, por la atención que generó la corrupción en las elecciones presidenciales, y ahora por la campaña a favor de la consulta anticorrupción y la publicación por el Externado de los resultados de sus investigaciones.

Es importante votar en la consulta anticorrupción de este domingo para que millones de colombianos le tracen una hoja de ruta al Congreso, expresen un rechazo masivo a la corrupción y colectivamente sancionen moralmente a los corruptos, especialmente los congresistas, jueces y funcionarios torcidos que reciben abultados salarios que les pagan sus víctimas.

RUDOLF HOMMES

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