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Contratos de yo con yo

Por Salud Hernández Mora, El Tiempo, Bogotá

Protesta de los estudiantes de la U. Rafael Nuñez (El Universal)

Si la Rafael Núñez fuese una empresa privada destinada a hacer negocios, no habría nada que alegar.

El asunto huele a podrido y empieza con esa falacia de que todas las universidades privadas son instituciones sin ánimo de lucro. Hay algunas que antes que centros académicos son negocios muy lucrativos.

Me llamó la atención un caso de enorme éxito empresarial y nulo valor ético. El protagonista se llama Miguel Henríquez Emiliani y la historia arranca en 1987, año en que fundó con otras personas la Universidad Rafael Núñez de Cartagena. Hombre inquieto, debió comprender que la entidad educativa le brindaba una oportunidad única de hacerse con un capitalazo. Por eso, en 1996, crea la sociedad familiar Henríquez Emiliani & Cía. con un fin concreto: adquirir bienes inmuebles y obtener beneficios con los arrendamientos.

Para ese entonces, el señor Miguel Henríquez Emiliani, su esposa, dos hijos y el yerno ya acaparaban los órganos de gobierno de la universidad.

¿Qué hicieron? Algo sencillo y excelente negocio: la sociedad Henríquez Emiliani & Cía. adquiría edificios y apartamentos lujosos en Cartagena con créditos e inmediatamente la Universidad los alquilaba y se ocupaba de adecuarlos. Todo muy legal, porque la familia, como controlaba la Universidad, aprobaba los arriendos. Como adivinarán, con el paso de los años a Henríquez Emiliani & CIA le van quedando los inmuebles libres de cargas y sin invertir una moneda. Más hábil, dónde.

Un ejemplo concreto. En el 2003 compran un edificio en la calle del Coliseo, en pleno corralito de piedra, por 2.000 millones de pesos. El BBVA les concede un préstamo por ese monto y enseguida se lo arriendan a la Universidad, que abona 70 millones mensuales para cubrir la hipoteca. Además, gasta un platal en adecuarlo. Hoy en día, Henríquez Emiliani & Cía. posee una estupenda edificación gracias a la plata de la Rafael Núñez.

Si en lugar de mirar por sus intereses particulares hubieran pensado en la Universidad, la decisión obvia habría sido que fuera la entidad académica la que adquiriera el edificio y en lugar de botar cerca de 4.000 millones en arriendos, ya tendría sede propia.

Con ese tipo de maniobras, el patrimonio inmobiliario de los Henríquez es de un volumen considerable. Y tampoco gastan en vivienda porque la Universidad paga el arriendo de apartamentos y servicios para los directivos, que no son otros que ellos mismos.

No contento con sacar adelante la empresa familiar, el señor Miguel Henríquez Emiliani se aprobó para él un contrato de asesoría con la Universidad que tenía por objeto desarrollar “la institución a nivel nacional”. En el 2004 ganó 600 millones; en el 2005 trabajó algo más y le pagaron 1.500; también laboró en años sucesivos con montos parecidos, hasta que se aburrió.

Desconozco la calidad de su trabajo, pero no se podrá quejar de las suspicacias que generan esos contratos de yo con yo. Porque no solo él tenía mando, sino que la rectora era su esposa, su hija ocupaba un alto cargo (y sigue ahí), el hijo ahora es el rector y al yerno le regalaron el puesto de asesor de Infraestructura.

Si la Rafael Núñez fuese una empresa privada destinada a hacer negocios, no habría nada que alegar; podrían explotarla a su antojo. Pero al tratarse de una entidad dedicada a la enseñanza, sin ánimo de lucro, no tiene presentación utilizar los dineros de los estudiantes para engordar la fortuna familiar.

NOTA: vaya por Dios. Tampoco ‘Gabino’ y sus muchachos pasarán un día de cárcel. Otro proceso de impunidad en marcha.

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