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CONTRAPLANO: Unas manías presidenciales del pasado

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

Alfonso López, Julio César Turbay y Belisario Betancur, los ex presidentes que desmontaron el Frente Nacional. Fotocomposición Ambito Jurídico.

En esta entrega estamos cargados de apuntes alrededor de varios colombianos que ocuparon el solio bolivariano.

Empezamos por los tres presidentes que recibieron en las urnas, entre 1974 y 1982, el encargo de desmontar el Frente Nacional, el invento de Sitges (a 30 minutos de Barcelona, España) de los expresidentes Laureano Gómez y Alberto Lleras que congeló  las pasiones políticas de enormes legiones de electores pertenecientes a los dos partidos tradicionales.

¿Qué murmuraba la gente de cada uno de los mandatarios, tras sus días iniciales en el Palacio de San Carlos, primero, y en el Palacio de Nariño, después?

Que Alfonso López Michelsen era amigo de sus enemigos. Que Julio César Turbay Ayala era amigo de sus amigos. Y que Belisario Betancur Cuartas era enemigo de sus amigos.

Estos enjuiciamientos se hacían en los mentideros políticos basándose, por lo regular, en el tratamiento que en materia burocrática recibían, francamente desengañados, los más allegados a los presidentes en los prolegómenos de cada administración.

Devolvámonos ahora a la Casa Ospina, de la que salió como por arte de una truculenta magia electoral el último presidente frentenacionalista: Misael Pastrana Borrero, quien  jamás aprendió a pronunciar correctamente la palabra plebiscito, pues siempre le cambiaba de lugar a la ese: PLESBICITO, y solía saludar así a Raimundo y todo el mundo: ¿qué tal está?

Los mentores del mimado estadista huilense (el ex presidente Mariano Ospina Pérez y doña Bertha Hernández de Ospina), nunca se tutearon; en su relación iban y venían el Usted por aquí y el Usted por allá, no solo en Palacio sino en la mansión del bogotano barrio La Soledad. La autora del demoledor “Tábano” recibía siempre de su amoroso esposo el apelativo de “Bertica”. Subrayemos que el “ustedeo” se acostumbra todavía entre matrimonios paisas por dos razones específicas: o por respeto o porque ella está enojada con él o viceversa.

Más anécdotas presidenciales a vuelo de pájaro: El doctor Mariano, vanidoso desde su juventud, transcurrida  en su natal Medellín,  encarecía, medio en serio y medio en broma,  a Silvio Villegas o a Ruperto Molina, mandamases de su diario “La República”, que al ilustrar toda información política relacionada con él, no emplearan fotos del momento sino de los tiempos de su primera comunión o con su fina estampa de estudiante de ingeniería civil.

“Residencia de la familia Turbay, a la orden”?, solía contestar  solícitamente al teléfono el doctor Julio César. Cuando el llamador se identificaba, si se trataba de algún periodista, el hombre fuerte del corbatín lo recibía con su acostumbrado apelativo de “mi querido…”.

Dicen los que saben desentrañar los misterios de las relaciones interpersonales que nadie, en absoluto, superaba a Turbay en estos menesteres. Aseguran que se sabía de memoria los nombres y apellidos de sus seguidores políticos y de los hijos de sus leales compañeros de lucha política. Y que no faltara, en sus entrevistas o discursos, su famoso estribillo del ”evidentemente y de análoga manera”.

Va el último dato: Amante del vallenato y el chisme fresco, el ex presidente Alfonso López Michelsen recibía, sin importar la hora,  telefonazos de la periodista Lilia Bojacá, quien sabía calmarle sus antojos sobre los pecadillos del prójimo capitalino.

La apostilla: Nunca se supo si fue un invento del doctor Turbay o de don Camilo Mejía (el cacique liberal salamineño “nacionalizado” en Pereira) la socorrida “práctica clientelista” (así solía llamarla, con desprecio, el ex presidente Carlos Lleras Restrepo) de oficiar como padrinos bautismales de millares de parvulitos recién nacidos para asegurar de por vida los votos de los progenitores de los muchachitos sometidos al sagrado sacramento.

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