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CONTRAPLANO: ¡Paisas tenían que ser!

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

La baraja presidencial. Foto Revista Semana

En la baraja de cinco aspirantes a la sucesión presidencial, dos son bogotanos (Germán Vargas Lleras e Iván Duque Márquez); el único antioqueño es Sergio Fajardo Valderrama; es costeño Gustavo Petro Urrego y caldense Humberto de la Calle Lombana, intelectual de alto vuelo, es considerado el mejor equipado del tarjetón.

A Duque –nacido en clínica bogotana el 1 de agosto de 1976— lo creen paisa porque su homónimo progenitor (que en gloria esté)  fue gobernador de Antioquia y ministro de Minas y Energía.

En Bogotá hubo en el pasado un sector de la prensa que se especializaba en cargarle ojeriza a los paisas. Nunca les han perdonado a los maiceros que le hayan marcado la pauta al resto del país en obras tan fundamentales como el Metro de Medellín y que hayan sido capaces de revivir la principal troncal del Tranvía de principios del siglo XX.

Los enemigos gratuitos del llamado ”País paisa” han sostenido que la Nación corrió con el noventa y cinco por ciento del costo del Tren Metropolitano, lo cual es rigurosamente falso. El ex presidente Virgilio Barco Vargas no consiguió descarrilar la obra llenándola de obstáculos desde la Casa de Nariño. El cucuteño se llevó a la tumba el secreto de su caprichoso encono contra el tren que hace 20 años  serpentea por el Valle de Aburrá.

El antiantioqueñismo era más notorio en el periodismo deportivo. Traemos pruebas al canto:

Si el Atlético Nacional se coronaba campeón de la Copa Libertadores de América, los comentaristas bogotanos se hacían lenguas hablando del “equipo colombiano”. Pero si eliminaban al cuadro verde, en cuartos de final, en el mismo torneo continental, despotricaban hasta el cansancio “del fracaso del equipo antioqueño”.

La misma dosis recibía en su época la atleta Ximena Restrepo: por ejemplo, si alcanzaba medalla olímpica, en los juegos de Barcelona, la llamaban “la gacela colombiana”. Si perdía o quedaba de cuarta, le quitaban la condición de “gacela” y pasaba a  ser, simplemente, la “atleta paisa”.

En síntesis, si los deportistas nacidos en el pueblo de la dura cerviz   ganaban, eran “colombianos”, pero si perdían, eran “antioqueños”. Con Martin Emilio Rodríguez, el mítico “Cochise”, no les funcionó el truquito porque rara vez resultaba perdedor.

Enfermizos hinchas azules que escribían en El Tiempo atribuyeron el fracaso del profesor  Francisco Maturana, en Millonarios, al “hecho de ser paisa”. El país sabe que es chocoano.

A la llamada “rosca paisa” le atribuyeron los críticos del altiplano los pálidos resultados de Colombia en los mundiales de fútbol  de USA 94 y Francia 98.

Lo mismo dijeron, en su momento, del paisa Belisario Betancur,  a su paso por la Presidencia de la República, ante las catastróficas consecuencias de la erupción del Volcán Arenas, del Nevado del Ruiz, y de la toma del Palacio de Justicia. “Paisa tenía que ser”, se decía en los mentideros bogotanos.

La bronca se extiende a otros terrenos. Si el país necesita estar confiado en su sistema de energía eléctrica, recurren a los embalses paisas (así haya que enfrentar emergencias de enormes proporciones como los derivados ahora de la represa de Ituango).

En investigaciones científicas, universitarias, trasplantes de órganos y hasta en la construcción de edificios inteligentes reconocen, a veces, el empuje paisa, sin dejar de meterle la venenosa cizaña al comentario malintencionado.

“Paisa tenía que ser”, decían en la aciaga época del narcoterrorismo, cuando vivía el temible capo Pablo Escobar. (Lamentablemente, esta fue una verdad irrefutable).

La apostilla: A propósito de los malos hijos de Antioquia y Caldas que se radican en Bogotá y se olvidan en sus patrias chicas, a nosotros nos parece que ¡no hay nada más peligroso que un provinciano nacionalizado!

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