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CONTRAPLANO: Los siete grandes ausentes de la cita cafetera

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

Imagen infofueguina.com

Por haber cerrado su ciclo vital en el último gran trayecto del siglo XX no serán de la partida, entre el 5 y el 7 de diciembre, en Manizales, siete hijos de la comarca caldense en la versión número 85 del Congreso Nacional Cafetero que por primera vez en su dilatada historia se muda de Bogotá a la emblemática provincia productora de la rubiácea, gracias a una reforma estatutaria.

Cuando el meridiano de la caficultura pasaba por el departamento de Caldas encabezaba la nómina de los prohombres que viajaron al más allá en distintas épocas el legendario don Pedro Uribe Mejía, considerado el “Gran Gurú” de la que fue por muchas décadas la industria madre de la economía colombiana.

Complementaban el mosaico de inolvidables líderes los hermanos Leonidas y Fernando Londoño Londoño, Jaime Restrepo Mejía,  Fabio Trujillo Agudelo y los emblemáticos  gerentes de la Federación Nacional de Cafeteros, Manuel Mejía Jaramillo, “Mr. Coffee”, y Arturo Gómez Jaramillo. Una irrepetible pléyade nacida en estas benditas breñas.

1927, primer Congreso Nacional Cafetero Imagen federaciondecafeteros.org

 

En su primera gestión presidencial, el estadista tolimense Alfonso López Pumarejo entendió y puso en práctica la necesidad de consultar a los caldenses en materia cafetera. Esta pauta la siguieron, sin miramientos políticos, muchos inquilinos del palacio presidencial. Acudían a este puñado de sabios, en busca de consejo. El talentoso presidente Carlos Lleras Restrepo solía contactar a don Pedro o a los hermanos Londoño cuando soplaban vientos de crisis en la industria cafetera porque caía aparatosamente el precio del grano de Colombia en el mercado neoyorquino. Antes de terminar su mandato, Lleras condecoró con la Cruz de Boyacá, en el Club Los Andes, al venerable defensor de los cafeteros colombianos.

El más pertinaz de los críticos que tuvo la Federación fue el ex gobernador Fabio Trujillo Agudelo, quien montó su propia tribuna desde “Aprocafé” (una asociación independiente de productores del grano) que era mirada con desdén desde los altos conciliábulos cafeteros, en Bogotá y Manizales. Cuando la caficultura entró en declive desapareció la entidad que recibía buen trato en los medios periodísticos, desde su nacimiento en la hacienda “Magallanes”, de Palestina, Caldas.

Arturo Gómez Jaramillo, el histórico gerente de la Federación Nacional de Cafeteros.
Foto static.iris.net.co

La ciudad natal del señor Uribe Mejía y de sus pares se quedó corta en materia de homenajes para perpetuar la memoria de los adalides de la industria del café. Sobre la carrera 23 con la calle 26 se levanta hoy la Torre Don Pedro, erigida en un lote esquinero donde estuvo justamente la residencia del patricio caldense hasta su muerte. En las tardes se paraba en el portón de su casa a ver pasar la gente que caminaba por la calle real. Un día fracasamos en el intento de entrevistarlo, grabadora en mano. No moduló palabra. Se entró y cerró su puerta, sin mostrar disgusto alguno con el atrevido joven reportero de entonces.

Homenajes parecidos, a través de la industria de la  construcción, recibieron póstumamente don Leonidas Londoño y Londoño, nombre que lleva el magnífico edificio que sirve de sede a la Alcaldía de Manizales, y el Centro del Pensamiento “Jaime Restrepo Mejía”, donde se efectuarán algunos de los actos del descentralizado Congreso Nacional Cafetero.

Agreguemos que la pica demoledora redujo a escombros el estadio que llevaba el nombre del ex canciller  Fernando Londoño y la nueva unidad deportiva se llamó simplemente “Palogrande”, desde entonces. ¿Una injusticia o un disparate?

La cumbre descentralizada coincide con los 90 años de existencia de la Federación Nacional y del Comité departamental de cafeteros de Caldas. Será el primer Congreso que se efectuará en nueve décadas en una ciudad distinta a Bogotá, como Manizales, que tuvo tanto que ver con el vigoroso despegue de nuestra caficultura.

La apostilla: Arriero de oficio en sus años juveniles, el paisa don Pepe Sierra, considerado en su época el hombre más rico de Colombia, estimaba la tierra como la verdadera riqueza, pero sostenía (paradójicamente)  que “nunca incursionó en la caficultura porque le parecía un negocio de pobres”.

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