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CONTRAPLANO: La cama de Paulo VI

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

El primer Papa que visitó a Colombia. Foto confidencialcolombia.com

Como sucede ahora por cuenta del papa Francisco, hace 49 años el país se preparaba con sus mejores galas para recibir la histórica visita de Paulo VI, el primer sumo pontífice que pisaría y besaría tierra colombiana.

A pesar de no tener experiencia en esta clase de eventos multitudinarios, la ávida reportería bogotana de entonces se estrujaba el magín para tratar de llevarse las palmas en el cubrimiento del gran suceso que se inició el 22 de agosto de 1968, en el muelle internacional de El Dorado, con el arribo de la aeronave que traía de Roma al máximo líder del catolicismo.

La primera primicia de la visita de Paulo VI a la ciudad capital la obtuvo para el diario El Tiempo el notable periodista antioqueño Javier Darío Restrepo, antes de la iniciación de los fastos, gracias a un espléndido recurso que justificó plenamente que hubiera colgado la sotana y se entregara de lleno al periodismo, oficio en el que ha desarrollado una brillante carrera, en la que se ha ganado todos los premios y ha publicado 28 libros que giran alrededor del cuarto poder. Las obras del ex clérigo jericoano son materia de consulta en todas las facultades de comunicación social del país.

Gentilmente,  el talentoso formador de periodistas cedió al Contraplano su reseña periodística que cumplirá media centuria en agosto del 2018:

La cama del papa

El reto era grande: averiguar dónde dormiría el Papa su primera noche en Bogotá y qué es lo que vería al despertar para su primera jornada en Colombia.

Era el primer Papa que llegaba a nuestro país, por tanto era más que explicable la expectativa alrededor de esa visita. Para responder a esa curiosidad nacional había que preparar una agenda informativa detallada y exigente. En ese consejo de redacción de El Tiempo se escuchó, entre otras, la imaginativa propuesta de Daniel Samper. Como eran previsibles atascos de tráfico en todas las vías, el día de  llegada del Papa,  y el material fotográfico debía estar a tiempo para la edición extra, ¿por qué no utilizar, para que trajeran los rollos de película desde Eldorado hasta la Jiménez con séptima, palomas mensajeras?

Yo prestaba mis servicios de colaborador ocasional y ese día dije que tenía la posibilidad de llegar hasta el dormitorio del Papa. Me miraron con incredulidad pero, como la peor gestión es la que no se hace, le dieron luz verde a mi propuesta.

Sabía yo que esa tarde un carpintero debía llegar a la nunciatura, contratado para dejar en perfectas condiciones la cama papal. Ese fue el primer dato, que me llevó al segundo.

El carpintero había sido contratado por unas religiosas amigas. Ellas me dieron el tercer dato: el nombre y dirección del carpintero.

Lo otro fue más sencillo. Como hijo de carpintero que soy, sé que en algunos trabajos  se necesita un ayudante. ¿Quiere que le ayude con las herramientas? le dije. La recomendación de las religiosas, eliminó toda sospecha, y la seguridad de que no tendría que pagarme, me volvió irreemplazable, a sus ojos. Sin gafas, con ropa modesta al lado del carpintero crucé, confiado y confiable, todos los retenes de seguridad de la nunciatura.

En ese entonces no había las facilidades técnicas para tomar fotos de que hoy dispone cualquier reportero, de modo que me tuve que confiar en mi capacidad para describir: cómo es la habitación, al despertar qué es lo que verá Pablo VI, en su habitación, o a través de la ventana. Fue lo que leyeron en el periódico cuantos querían saber los detalles de la visita papal.

También lo leyeron, pero no con curiosidad sino con alarma e indignación, los funcionarios de la nunciatura, estupefactos ante la evidencia de una filtración en su sistema de seguridad.

Cuando años después he tenido que responder sobre el conocido tema de  la licitud ética de asumir una identidad distinta para obtener información, he recordado el episodio y he temido que en ese momento perdí credibilidad para hablar del asunto desde la ética. Pero al mismo tiempo –argucias de la conciencia- me ha tranquilizado saber que esa pequeña aventura de reportero me enseñó en carne propia, uno de los problemas del oficio, de modo que cuando hablo de este tema sé que no es teoría porque confieso que lo he vivido, concluye este gran apóstol de la ética periodística.

La apostilla: Los hados quisieron que (para fortuna del periodismo colombiano) el ex padre Javier Darío Restrepo cambiara el misal, el púlpito y el confesionario  por las prensas de los diarios, las cámaras de televisión y los micrófonos de las cadenas radiales. (¡Gracias, Espíritu Santo, por el favor recibido!).

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