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CONTRAPLANO: El gabinetólogo

Por Orlando Cadavid Correa

Orlando Cadavid, Carlos Murcia, el expresidente Carlos Lleras, Juan Darío Lara y Gabriel Gutierrez

Si a partir de la muerte del chileno Pablo Neruda, alguien aseguró que el mundo ya puede vivir sin poetas, nos late que la clase política criolla no se ha acostumbrado a existir sin la gabinetología que practicó con maestría, hasta el día de su infarto fatal, el recordado cronista Carlos Murcia Cadena.

Nacido en Garzón, Huila, en 1945, y fallecido en la Clínica Reina Sofía, de Bogotá, en el 2007, el entrañable colega y amigo acaba de cumplir ocho años de haberse marchado para siempre de este mundo terrenal y no ha tenido sustituto en su especialidad.
Es un verdadero milagro que en tantos meses no haya llamado del más allá a dictar noticias. La vieja guardia de El Espectador, el diario de sus afectos, recuerda que recién casado, en plena luna de miel, llamaba desde el hotel a la redacción de “El Canódromo” a pasar material. Su esposa Marta Vargas no se molestaba. Siempre fue su cómplice. “La fuerza de la costumbre”, decía, muy sonriente, el opita.

Amigo de Raimundo y todo el mundo, tenía vista de lince para anticipar en su “Periscopio” los nombres de los ministros que se iban y de los que llegaban. Vaticinaba con certeza lo que iba a pasar en la Convención del partido mayoritario; cuál sería el candidato que ganaría la venidera elección presidencial y le pegaba a todas las “pollas” electorales.

En los pasillos del Capitolio lo abordaban senadores deseosos de verse convertidos en ministros y le pedían, al oído, que los pusiera a sonar en sus cábalas ministeriales para que el Presidente viera, en Palacio, que estaban en el “sonajero” y los tuviera en cuenta. Nunca acogió tales sugerencias. Su trabajo era tan serio como el desempeño de la profesión en la que se inició como reportero aeronáutico en Eldorado.

Amigo, igualmente, de presidentes, ex presidentes, ministros, ex ministros, parlamentarios y jefes naturales de los partidos, siempre aplicó el pluripartidismo en sus crónicas periodísticas. Supo mantener en la órbita de lo personal su predilección por Lleras Restrepo; su admiración por Lleras Camargo; su cautela ante López Michelsen y Turbay Ayala y su estimación por su paisano Pastrana Borrero. En su convulso cuatrienio, el presidente Samper lo tuvo dos años y medio de cónsul en Barcelona, España, único cargo que aceptó en el mundo burocrático.

En sus 36 años de ejercicio periodístico, rebosantes de credibilidad, no tuvo enemigos a la izquierda, ni a la derecha, y era leal como competidor. Uno de sus mejores amigos, Gabriel Gutiérrez Macías, cronista político de El Tiempo, lo recordaba con especial respeto y cariño.

Murcia admiró la escuela reporteril de “Los Gorilas” que integraron los desaparecidos Iáder Giraldo, de El Espectador; Camilo López, de El Tiempo; Alberto Giraldo, de El Siglo, y Darío Hoyos, de la República, cuarteta que tuvo gran auge en el gobierno del Presidente Valencia, pero tuvo tropiezos en sus acrobacias informativas cuando llegó a San Carlos el Presidente Lleras.

Hombre sano y bueno como el pan recién horneado, en un intento por mejorar sus ingresos montó en compañía de su hermana Diana María un restaurante cerca de El Espectador de la Avenida 68, que sus colegas bautizaron “El almurciadero”. El negocio cerró después porque sumía en la esclavitud a sus propietarios.

Carlos Javier, uno de sus tres hijos, siguió la senda que le marcó su querido padre, en el decano de la prensa colombiana, pero al heredero le tocó hacer el “Periscopio” al alimón con Hugo García Segura. Actualmente es jefe de información política de El Nuevo Siglo.

La apostilla: Una mañana nos encontramos a Murcia con una sonrisa de oreja a oreja, en el centro de Bogotá, y le preguntamos cuál era el motivo de tanta felicidad: “Don Guillermo Cano, el director, me aumentó el sueldo, en la práctica, pues me acaba de autorizar para que trabaje todos los domingos”.

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