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CONTRAPLANO: Así nació el sermón más famoso

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

Monseñor Augusto Trujillo Arango en la Catedral de Manizales en 1968 durante los preparativos de su sermón. Imagen blogspot.com

Cuando el gran timonel de la primera cadena radial colombiana (Caracol) don Fernando Londoño Henao, un hijo de estas amadas breñas cafeteras, supo que en Manizales había un hombre de Dios que seducía con la magia de su oratoria a la feligresía que llenaba de bote en bote todas las naves de la Catedral Basílica, se las ingenió para sumarlo a su elenco de estrellas de alguna manera.

En la Semana Santa de 1960 se puso de acuerdo con sus representantes en la capital caldense (don Gilberto Aristizábal Estrada y don Willy Vargas Gómez) para acudir al sermón que ofrecería el viernes de pasión monseñor Augusto Trujillo Arango en el máximo símbolo del catolicismo manizaleño.

El trío radial quedó maravillado con la palabra alada del entonces obispo auxiliar. Pasados los fastos vinieron las conversaciones y se concretó el debut del prelado por la poderosa red nacional hertziana a partir de la Semana Mayor de 1961.

El prelado, nacido en Santa Rosa de Cabal (cuando esa ciudad hacia parte de la geografía caldense) el 5 de agosto de 1922, empezó a perfilarse como el número uno de los oradores sagrados de Colombia  a los 38 años de edad.

Monseñor Augusto Trujillo Arango y su devoción por dar alcance de actualidad al Sermón de las Siete Palabras.
Foto blogspot.com

Estuvo sin falta en la prédica del famoso Sermón de las 7 Palabras que siempre transmitió Caracol durante 44 años. El último lo pronunció en abril de 2005. Moriría en Manizales dos años después (a los 84) el 24 de febrero de 2007. Sus quebrantos de salud forzaron su retiro del púlpito que tanto amó.

Las misiones que le encomendaba el Vaticano en el manejo de distintas jurisdicciones eclesiásticas (Manizales, Jericó y Tunja) nunca fueron óbice para cumplir el compromiso anual con la radiodifusión y con las multitudinarias legiones de fieles que seguían sus mensajes cristianos desde los cuatro puntos cardinales del país.

El sermón más taquillero descansa en paz, en la Catedral de Jericó, Antioquia, diócesis que regentó en sus mejores tiempos

Nosotros decíamos en una columna pasada que Caracol no ha podido  llenar el vacío que dejó monseñor Trujillo desde hace 13 años. Ha recurrido a siete obispos de otras tantas jurisdicciones eclesiásticas, encomendándoles una palabra a cada uno, pero la solución no tuvo ningún efecto entre la audiencia que se fue esfumando como el sol cuando declina en medio de los arreboles de los hermosos atardeceres del Cauca. La práctica de los siete obispos la aplicamos antes, sin ningún éxito, a nuestro paso por RCN, para tratar de competirle al pastor de la garganta sonora.

No valieron los ruegos de la cadena radial para que sostuviera sus intervenciones anuales, que demandaban una preparación de seis meses, pero mantuvo su decisión ante el progresivo deterioro de su salud. El mal que lo aquejaba era irreversible.

Millones de fieles oyentes lo lamentaron pero entendieron que el gran obispo caldense apagaba para siempre su micrófono, en la radio, porque comprendía que se acercaba la hora del retiro forzoso.

Su biógrafo José Fernando Montoya pinceló este perfil del querido líder religioso:

“Las siete palabras de Monseñor Trujillo Arango paralizaban el país. La cadena radial que las transmitía, acaparaba toda la sintonía nacional. Monseñor no solo tocaba aspectos vibrantes de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, sino que también hablaba de los grandes problemas nacionales del momento. Al gran ausente de la Semana Mayor le ayudaba mucho su voz timbrada, nítida y sonora. Manejaba magistralmente los tonos bajándolos, subiéndolos o moderándolos según el sentido de la frase. Era el amo y dueño de la sintonía”.

La apostilla. Por estas calendas resulta procedente evocar la memoria de esta inolvidable figura cimera de la jerarquía eclesiástica cuyos restos descansan en paz en la Catedral de Jericó, la diócesis del enclave cafetero que meció a la Hermana Laura, la primera santa colombiana,  cuya feligresía lo amó y siguió con gran devoción  por ser tan bueno como el pan y el vino de consagrar.

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