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DESVERTEBRADA: Consejos a James Rodríguez (y 2)

Por Oscar Dominguez Giraldo

James Rodríguez en el Bayer Munchen Foto static.pulzo.com

“Decíamos ayer” que la actriz Marlene Dietrich se jactaba de ser berlinesa “gracias a Dios”. Tenía la edad de nuestros sueños, escribió un cronista a su muerte.

La femme fatal alemana no perdía ocasión de cantarle a su ciudad como lo hizo en la película El ángel azul: “Todavía me queda una maleta en Berlín… Cuando tengo nostalgia vuelvo…”.  (¡Cómo saben de cosas google y wikipedia!).

En Berlín, James puede repetir lo que dijo el presidente Kennedy en junio de 1963 cuando visitó la dividida metrópoli: Ich bin ein Berliner (“Soy berlinés”).

Modestia, apártate, porque debo proclamar que fui berlinés primero que Kennedy. En mi infancia crecí en Berlín, el barrio siamés de Aranjuez. Viviamos al lado del hígado de la iglesia de san Nicolás de los agustinos quienes finalmente me reclutaron para su causa. Al final tiré la toalla.

Ahórrese James la visita a la embajada porque la titular, María Lorena Gutiérrez, apenas aprendió a decir “so” y “danke” (gracias) botó el puesto. No duró el año en una de las embajadas más importantes. Ahora es ministra. (Si no dimitió por alguna bravata al momento de redactar estas líneas).

En la capital alemana, el caminante tiene la sensación de vivir en muchas partes a la vez. Sales de Berlín y es como si llevaras un manicomio por dentro.

En Frankfurt, no se pierda el lesionado hombre 10 de la selección de comer carne en salsa verde, costillas de cerdo y salchichas de difícil digestión para estómagos tercermundistas. Para llenarse de ideas visite la casa donde berrió Goethe por primera vez.

Si desea invertir en frutas colombianas, conozca  Bremen, plaza de mercado europea donde alguna vez la fruta reina fue la exótica lima.

Su destino lo llevará a Colonia, una catedral con ciudad. Ojalá recite un trozo del poema que le dedicó Juan Lozano y Lozano:

“Desde el arco ojival de la portada/ hasta en la flecha que en lo azul palpita/ cada cosa en su fábrica suscita/ el ansia de emprender otra cruzada”.

Le encargo un container con agua de Colonia 4711. No es para mí, pues ese pachulí me traía mala suerte; me espantó varias frágiles novias. El perfume es para amigos setentones que levitan viendo el frasquito.

Si visita el sitio donde funcionó la  DW (Voz de Alemania), pregunte por dos voces colombianas que hicieron historia: las de Hugo Muncker y Andrés Salcedo.

Permítaseme recordar que fui corresponsal de la “Doche duele”. Me alegra saber que con los descuentos que me hacían contribuí a la unidad alemana a la caída del muro.

Como está cerca de Colonia, no deje de visitar Bonn, la antigua capital cuando Berlín estaba dividida. La ciudad es un amable y cultural botezo. La salva el hecho de que en su jurisdicción nació Beethoven.

No estaría mal que James se tomara una selfi en casa del compositor y se disculpara porque en Colombia utilizan su composición “Para Elisa” para vender paletas.

No más consejos. Espero haber hecho méritos suficientes para que James me invite al próximo divorcio. Auf Wiedersehen (= adiosito, me pierdo, me abro del parche, abro el paraguas).

Ñapa

BERLIN

 

Marlene Dietrich, diva alemana
Foto pinimg.com

Berlín lleva por dentro la tragedia de una mujer fatal y la  leyenda de una mujer hermosa. Es misteriosa como un gato con sus  sietes vidas intactas. Tiene la alegría de unos ojos que por primera vez se tutean con el mar. O con el amor.

Si Berlín tuviera piernas, llevaría las de la divina Marlene Dietrich quien también cantó: “Berlín sigue siendo Berlín”.

Sus habitantes le dicen “Belín”, tragándose la solitaria ere,  de esta metrópioli alemana que en la  pasada guerra mundial sacó un master en dolor. Testigo, la  trágicamente bella e imponente catedral decapitada por bombardeos. Y donde nunca han oficiado misa prelados católicos. Es de los protestantes y punto.

Ninguna ciudad como Berlín se parece a su nombre. Ni el muro, en sus peores días, logró mermar su encanto.

Berlín se expresa a través de la Kurfurstendamm, la popular avenida, sitio obligado de redentores del mundo, estudiantes desarraigadas, apátridas, líderes, punks sin tiempo, ricos sin plata, millonarios que lo único que tienen es dinero.

Esa arteria es la ventrílocua de Berlín. Habla por ella. Es su intéprete simultánea.

Berlín “es barrio de dudosa reputación”, dicen sus propios habitantes, metrópoli del mundo, suburbio barriobajero cuando le da la gana.

Berlín es ombligo anárquico del mundo. Allí todo es posible. “En Berlín se puede ser persona”, rezaba la propongada oficial de hace algunos años, cuando era imposible pensar siquiera en un 3 de octubre cuando celebran la reunificación.

El muro fue el ángel de la guarda ateo de Berlín. Su sombra de  día y de noche. Cuando estaba tierna la perestroika mural, quedaba cuesta abajo admitir que algún día el muro sería una nostalgia.

En Berlín no se peca. Se cometen licencias etílicas, culturales, gastronómicas, sociales, sexuales. Como aquella que, en tiempos del muro, protagonizaron berlineses del Este que salían de una tienda de objetos sexuales de la parte “occidental” gritando: “Gracias, Egon”, el entonces líder de la Alemania Democrática. Nunca habían visto un pipí fuera de su contexto anatómico. 

En Berlín los títulos salen por chatarra. Todos son iguales como quien comparte el mismo bus sin subsidio, el mismo metro, la misma champaña viuda de estampilla, idéntico naufragio, la misma salchicha, idéntica propiedad horizontal en el cementerio…

Berlín es barrio latino del mundo, un New York en alemán  que en sus peores días estuvo abrazado por 163 kilómetros de muro marxista. Aunque desde hace varios años, lo de  Marx  es lo de menos. Groucho Marx derrotó a Carlos.

Imposible recordar que fue ciudad capitalista rodeada de camaradas por todas partes. Dios rodeado de ateos.

En otro tiempo, para un berlinés oriental pasar de Berlín Este a este Berlín, era como atravesar el espejo para reunirse con uno mismo. Y al revés. Al fin y al cabo, son de los mismos. ¿Cómo no envidiar esta orgía de fraternidad después del muro que fue una piedra en el zapato de la libertad?

 

Ñapa 2

EN TIEMPOS DEL MURO

 

El muro que partió a Berlín durante la “guerra fría”.
Foto sobrehistoria.com

En aquel tiempo era un camello atravesar el Muro de Berlín.

Felizmente, el muro  se fue convirtiendo en una nostalgia de cemento. Adiós terrenos minados,  no más agentes de cara dura que miraban con binóculos en busca de posibles desertores.

 Grafiti como el que rezaba en alemán: “El que construye muros es

porque los necesita”, se quedaron eternizados en las cámaras de

turistas de ojos rasgados y cámara Kodak.

Los “punks” enamorados de Berlín Occidental no  tienen que agitar carteles con leyendas como la que mostrababn ante los camaradas: “Libertad para Mónica”. 

Qué lejos está el comunismo por Berlín Oriental a vuelo de pulman. In illo témpore, las relaciones públicas no eran el fuerte en la RDA. A los viajeros que atravesaban el muro se les hacían requisas implacables.

Disciplinados guardias miraban el pasaporte con sevicia y comparaban la foto con el original de carne y hueso que tenían al frente. El viajero sentía esos ojos penetrándole la nunca, pero se alegraba al comprobar que el sujeto del pasaporte y uno eran el mismo. Lo había dictaminado un guardia oriental. 

El turista encaraba el periplo como un misterioso viaje hacia lo

desconocido. Los prejuicios eran tantos que el trotamundos de turno

se imaginaba que tendría que enfrentar alemanes antropófagos o

enemigos personales de la sonrisa.

Una oficial de la RDA nos hizo  bajar de esa nube cuando le ordenó a la guía-intérprete que nos acompañaba dejar seguir solos a los hombres “porque yo no me voy a quedar con ninguno. Yo soy casada”.

El alma se instalaba de nuevo en su lugar al constatar que el humor es ciudadano del mundo. 

Lupa en mano, otros funcionarios de la RDA escudriñaban en todos  los

sitios del bus susceptibles de camuflar a un cristiano. Por ejemplo, el exosto o el prosaico cigüeñal…

Por supuesto, en menos que se persigna un pedófilo se había instalado en el bus  el guía este-alemán  que se encargaría de tirarnos línea durante el trayecto. Se tenía que  llamar Hans no se qué. De entrada, calificaba el muro como el punto  más sensible entre oriente y occidente. 

Libreto en mano, agregó  que la Unión Soviética es “el amigo más cercano a nosotros política y económicamente”. 

Y le aplicaba un “jab” de derecha a la vanidad de occidente: notificaba que en el reparto de Berlín ellos se quedaron con la cabeza del león, la sección histórica, y le dejaron a occidente la cola de ratón: las industrias, el vil metal.

Poco a poco iba quedando atrás la torre de T.V. de Berlín con sus 361.5 metros. En  el imponente monumento al soldado desconocido se hacía la primera pausa. El guía cumplía su oficio y las máquinas de retratar el suyo. 

En Hauss Zenner había recreo para tomar café. Atendían el bar dos rubias  despampanantes que semejan una aparición,  sin duda escrupulosamente escogidas por el politburó para sorprender occidentales. Ganas daban de pedir asilo en la RDa para casarse con una de ellas. O con las dos.

En la tercera fase del  trayecto, al guía se le ha subido el café a la cabeza y nos atropella con cifras: En la RDA no hay desempleo, el aborto está permitido hasta el tercer mes de embarazo, los condones para que no haya demasiados comunisticas, son gratuitos. Usted pone las ganas y  el Estado se las condona. 

No hay machismo en la RDA, proclamaba. Las mujeres trabajan tieso y ocupan parejos cargos de responsabilidad. El femeninismo nació en tierras abonadas con el marxismo.

Claro, papá gobierno garantizaba el  transporte. Niños, ancianos, inválidos, pagaban mitad del pasaje. 

En el sitio donde se trepó al pulman,  el guía nos dio con su ausencia. Aplausos para el hombre que nos gasta una cierta sonrisa de satisfacción. Se merecía una buena propina pero los turistas nos hicimos los suecos.

De regreso al Berlín capitalista, los viajernos nos convertimos en politólogos e iniciamos toda clase de comparaciones entre los dos sistemas. 

El bendito muro se nos ha instalado de planta en el alma. A distancia nos impacta su presencia de policía de cemento.

Menos mal, con el tiempo, las partes se dejaron de vainas y decidieron seguir el camino tomados de la mano. 

 

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