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COLUMNA DESVERTEBRADA: Pilatunas en el frío; Ñapa., Dos paisas en la entrega del Nobel

Por Óscar Domínguez Giraldo, Diario El Colombiano, Medellín

Gabriel García Marquez en Estocolmo, rodeado de paisanos al recibir el Nobel de Literatura. Foto archivo ODG

Como en Ráquira, Boyacá, hacen bancos de barro llamados alcancías, y como estamos de muchos cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, revivo las pilatunas que me ví obligado (¿) a cometer en Estocolmo  con motivo de la entrega del Nobel de literatura a don Gabo. Que los suecos me perdonen. Y que mis nietos no se enteren.

Este enviado debía transmitir en directo para Súper desde el teléfono del hotel la ceremonia de entrega del premio. No era competencia para los gossaines, los yamides  y los arizmendis que transmitieron, cómodos, pechugones, desde los estudios de la radio o televisión suecas.

Pero se me apareció la Virgen en la persona de un bogotano que trabajaba por esos lares. Para dominar  el sueco, mi salvador se alejó dos años con sus noches de todo lo que oliera a español. Y aprendió el idioma con tal fluidez que pedía cerveza en los bares como si fuera Olafo.

El hombre, viéndome saltar matones, me informó que en Suecia causaba furor por esos días un aparato sofisticado que permitía realizar conferencias, o transmisiones como la que debía hacer yo.

El cachivache se colocaba encima de un mueble, con los invitados alrededor. Y cada uno podía echar su rollo desde su sitio sin necesidad de moverse. Y con sonido óptimo.

Le informé a mi paisano que eso estaba muy bien: lo que estaba mal es que no tenía con qué comprar semejante chéchere ni siquiera con los viáticos de los colombianos presentes en Estocolmo. Incluidos los del Nobel.

Para resumir: por sugerencia de mi nuevo y fugaz mejor amigo cuyo nombre olvidé, fuimos a una empresa de comunicaciones, tomamos en  préstamo el cachivache, dijimos que lo ensayaríamos y que si nos satisfacía, lo comprábamos. Es lo normal entre gente decente.

Como los suecos presumen que todo el mundo juega limpio, autorizaron la operación. Sin ponerme colorado me llevé el aparato para el cuarto del Amaranteen Hotel, hice una transmisión relativamente decente y al otro día, en compañía de mi amigo, lo devolvimos con esta peregrina explicación: “No es lo que necesitábamos”.

Y dimos las gracias en el exquisito sueco de mi amigo que envidiaría el mismísimo rey Gustavo Adolfo. Nos habíamos hecho los suecos.

Los nórdicos ni se inmutaron, aceptaron la explicación y  colorín colorado, esa colombianada había llegado a su fin.

También cometí otra metida de quimbas en ninguna manera de menor cuantía. Transmití en directo un cuento que leyó García Márquez. Lo presenté como un regalo original del Nobel a los suecos. No había tal: el cuento El ahogado más bello del mundo que leyó, era conocido.

Y les ahorro la historia de cómo traté de convencer a una sueca, bailarina de estriptís, bella e imposible, de que este moreno era capaz de subirla al nirvana con mi sexail latino… Regresé a casa sin internacionalizar mi libido…

DOS PAISAS EN LA ENTREGA DEL NOBEL

Dos colombianos llegaron hace treinta y cinco años  a Estocolmo con motivaciones diferentes a presenciar la entrega del Nobel a García Márquez. Lo hicieron con cargo a su caja menor. No tenían zapato que los apretara en casa.

El coronel ® Nolasco Espinal Mejía, veterano de la guerra de Corea, quería tomarse fotos con el Nobel García Márquez. Retratarse al lado de los famosos es su forma de pasar a la historia. No importa adonde haya qué viajar. (Le tomé la foto que acompaña estas líneas:  es el de bufanda).

Gabriel García Marquez en Estocolmo. Rafael Escalona le guarda la espalda.
Foto archivo ODG

El otro paisa es Nacho Martínez (de sombrero y bigote, derecha), residente en Nueva York. Fue a hacer las pertinentes relaciones públicas ante los rostros de madera de la Academia sueca con el argumento de que para ganarse el  Nobel al que aspira con un libro sobre monseñor Miguel Angel Builes, primero había que echarse al bolsillo a los miembros del severo sanedrín que adjudica el galardón.

Siete lustros después frente al “pelotón de fusilamiento” del olvido, el coronel Espinal, experto en la lucha a machete cuerpo a cuerpo,  sigue viviendo de su biografía y de sus nostalgias. Por la época del Nobel, Nacho dirigía un programa de radio de RCN en la Gran Manzana.

Espinal iba siempre a bordo de una bufanda descomunal que casi le daba la vuelta a la manzana. A Nacho no le entraba ni el magníficat, meteorológicamente hablando, con su liquilique boyacense: una ruana blanca toreada en mil heladas neoyorkinas.

En su maricartera, al coronel Espinal le cabía de todo.  Llevaba hasta fotocopias de sus condecoraciones bélicas. Nacho llegó al gélido Estocolmo de largas noches y días mínimos, con un carriel de piel de nutria en cuyos bolsillos misteriosos llevaba el secreto para preparar la segunda trinidad bendita, la bandeja paisa, en su restaurante El Triángulo, de Nueva York, algo así como la ONU de las empanadas antioqueñas en esa época.

Se decidió por el negocio de comida cuando descubrió que a los colombianos les encanta alimentarse de nostalgias. Con ese cuento no se llenó de plata porque siempre despreció a aquellos pobres diablos que lo único que tienen es dinero. Pero los dividendos que le ha reportado ese Wall Street de la gastronomía que es su restaurante, le han permitido darle al vuelta al mundo unas 79 veces, una menos que Phileas Fogg, personaje de Verne.

De su negocio no salía el maestro Guillermo Angulo, el cónsul en Nueva York que fue el encargado (¿por el presidente Belisario Betancur?) de escoger a los doce mejores amigos del Nobel para que lo acompañaran en su soledad acompañada de Estocolmo. Todavía me preguntó por qué me negrió el hijo de la Negra Peláez…

Con el inglés pedestre que manejaba, tres veces peor que el del expresidente Uribe, al coronel Nolasco no le alcanzaba ni para ponerle la mano a los taxis suecos. Se defendió con el esperanto o braille que se habla con las manos.

Lo habló la noche que trató de convencer a una bailarias de estriptis del cabaret Le chat noir, de que el matutino, el meridiano y el vespertino del sexapil latino pasaba por su escueta anatomía. (El otro compinche en Le chat noir, fue el vallecaucano Bernardo Sánchez, también extraviado de mi radar. Ennietece pacíficamente en Boston, Estados Unidos).

Nacho hablaba un fluido inglés de Santa Rosa de Osos. Decía thank you o bye-bye y volaban en todas direcciones pedacitos de chicharrón, morcilla o chorizo. El suyo, como el de su paisano Bernardo Hoyos, ya recogido por el silencio, es un inglés sin pretensiones, ni  pronunciaciones rebuscadas para impresionar a la galería.

En su empeño por hacerse tomar foto con el Nobel, Espinal se ganó la fama de ser un espía de la CIA. Lloró a moco tendido cuando se filtró la sospecha de su espionaje. Sólo cuando fue absuelto de cargos por el entorno del iluminado de Aracataca, le volvió el alma al cuerpo.

Como fue mi compañero de habitación en el Amaranteen para ahorrar costos, juro por los cucaracheros que hacen nido en nuestro balcón, que nunca le ví arrestos para ser espía, una de las formas de la traición. Lo único sospechoso que le vi fue que todas las noches dejaba lista la maleta para huir en caso de emergencia.

El diminuto Nolasco se colaba en los más inverosímiles lugares donde asistía el Nobel García Márquez, sin tarjeta de invitación. Fue algo así como el enviado especial del coronel Aureliano Buendía a la tierra de Olfato, El Amargado.

Además del grado militar, a los dos les tocó esperar en vano: la pensión nunca le llegó al coronel Aureliano y Nolasco nunca alcanzó el generalato. Le faltó ropita y un poco de aristocracia. Y esa no se la daba su condición de nacido en San Pedro de los Milagros, Antioquia.

El protagonismo de Nacho Martínez, de bigote dalilesco,  era diferente. En su condición de cantante de ópera rock, otro de sus modus comiendi, llegó repartiendo sonrisas y besos, y agitando su sombrero bombín, ametrallado de escudos de todos los países. En par segundos, era de los más conocidos entre la pandilla de Macondo. En un ya se hizo conocer de la élite del Grand Hotel que alojaba a Gabo y a su séquito.

Nacho fue el primero en descubrir que la música que tocó la orquesta en honor del Nobel durante la entrega de los premios, era el Intermezzo Interroto del concierto para orquesta de Bela Bartok, el músico preferido de don Gabo.

Y si el coronel habló hasta dormido contra el general Camacho Leyva que le embolató el generalato, Nacho habló más de Monseñor Builes, Obispo de su Santa Rosa natal, que del Nobel de Aracataca.

La explicación es fácil: con un libro que dizque pensaba escribir sobre Builes, Nacho asumía que sería el segundo Nobel colombiano. Ni siquiera respetó el turno de dos ilustres paisanos suyos con más méritos: el transeúnte Rogelio Echavarría y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. Lo cierto es que entre los dos, sin conocerse, calentaron el frío diciembre sueco. (Esta nota ha sido actualizada).

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