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Colprensa: Japiberdi por una agencia

Por Oscar Domínguez Giraldo

Imposible ser imparcial a la hora de  hablar de la empresa que durante 20 años me pagó por hacer lo que más me gusta y lo único que sé medio hacer: noticias. Mercenario de la pluma, ofrecí a cambio mano de obra calificada. Y barata. Estamos en paz.

36 son muchos años en la vida de una agencia de noticias. Colprensa, la apetitosa cumpleañera de principios de enero, es la prolongación de Colombia Press, el Servicio Nacional de Prensa, Periodistas Asociados, Alaprensa, Europa Press, el Centro Informativo El País, CIEP. Y faltan datos…

La visión y pragmatismo de directores y gerentes de los diarios que a la vez son socios y abonados, la mantienen a flote para alegría y sustento informativo de sus lectores.

La agencia parece levantada sobre la vieja divisa de los Mosqueteros de Dumas: uno para todos, todos para uno.

Integran la redacción, su planta en Bogotá, sumada a las de cada diario en su ciudad. El corresponsal de los demás periódicos es el periódico local. La novedosa modalidad ahorra costos y multiplica información privilegiada.

En Colprensa se practica una escasa forma de colegaje. Los periódicos del gajo de arriba, vale decir, los de mayor circulación y poderío económico, financian a los demás. Todos reciben el mismo servicio. “Gens una summus” (somos una familia), dicho sea también  en la jerga  de los ajedrecistas.

Súmele el valor agregado derivado de las reuniones de gerentes y directores en las que los asistentes salen enriquecidos con las experiencias compartidas. Cada foro es un pequeño master en altas gerencia y periodismo.

La fórmula de los mosqueteros fue defendida desde un principio  por su fundador, Jorge Yarce, un casto activista del Opus Dei a quien en cualquier parte le habrían adjudicado los principales premios de periodismo.

Como su hoja de vida sigue – y seguirá- virgen de galardones, hace tiempos se los otorgamos quienes fuimos sus subalternos, pupilos y amigos que damos fe de que nunca trató de imponer sus creencias. Primero el periodismo, la teología después, diría yo a sus espaldas.

Hace años, poner de acuerdo alrededor de la idea madre de Colprensa tan distintas filosofías y talantes políticos, económicos y  religiosos, fue un logro de marca mayor que solo audacias como Yarce, Humberto Arbeláez y Jaime Sanín Echeverri, entre otros, podían sacar adelante.

Tres décadas y un pico largo de suministrar el maná noticioso, es el mejor pretexto para  que por estos días agotemos la champaña de la celebración quienes nos hemos enriquecido lícitamente haciendo parte de sus cuadros.

Desde la muy taquillera señora del tinto, Doña Rosita Castellanos, una diminuta ráfaga boyacense que preparaba y servía el café con ternura de abuela, hasta los más encopetados heliotropos de los diarios.

La agencia, que en sus inicios vendía columnas a 500 pesos y transmitía a velocidades  entre 50 y 70 baudios en parsimoniosos, ruidosos y románticos télex, ha sido certera y exigente escuela de periodismo en la que la ética y la estética han ido de la mano.

No es gratuito que los cazadores criollos de talentos sonsaquen a los reporteros cuando los ven maduros, sabios. A la agencia le toca volver a barajar y reclutar sangre nueva, egresada de la Universidad.

Los nuevos periodistas se han encargado de darnos el saludable codazo generacional a quienes, teguas del oficio,  empezamos a lucir el rótulo de veteranos.

 

Periodismo artesanal

 

En la Colprensa del barrio La Merced, en inmediaciones del Parque Nacional, (ahora opera por los lados del aeropuerto Eldorado) hacíamos un periodismo algo artesanal, digamos que romántico. En vez de la sofisticada Internet, o portátiles como se estila hoy, transmitíamos fotos y noticias casi que por señales de humo.

Las fotos debían pasar primero por la claustrofobia del cuarto oscuro. Luego, en un rodillo con teléfono (=telefoto), daban vueltas hasta convertirse en imagen en los periódicos donde las recibían. Hoy por hoy, la foto sale desde donde se produce la noticia casi hasta la rotativa.

Las noticias se enviaban a los diarios a través de viejos télex que hacían un ruido que se nos quedó instalado en la cabeza como un eterno tic. Desde entonces tenemos oído de polvoreros.

También los télex, como sus bisabuelos los linotipos, merecen monumento. Sin ellos no había información en los periódicos. Así de simple. Los textos se perforaban en cintas que luego de las correcciones pertinentes se enviaban a los periódicos, uno por uno.

La vida no tenía prisa. Si el mundo decidía acabarse, debería hacerlo a velocidades entre 50 y 70 baudios. En estas unidades se medía la rapidez de los aparatejos.

Inicialmente, antes de pasarlas al télex donde los levantaban dos teletipistas, Gilberto Rodrigo y Hernando Martínez, las redactábamos en máquinas de escribir. Eran algo así como nuestras amantes. Nos ayudaban a levantar para los garbanzos.

En las empresas de todos los sexos, las viejas máquinas  andan de capa caída, recordadas únicamente por nadie. Ni siquiera por santa Tecla, la patrona de quienes tenemos en la mecanografía nuestra herramienta laboral.

A esas máquinas de escribir que ayer fueron y hoy poco aparecen, casi las venden por kilos, como si fueran periódicos de ayer, como en la canción de Héctor Lavoe. 

Son chatarra ilustrada por cuya intimidad pasaron toda clase de historias. Lo que no se contaba a través de ellas, simplemente no existía.

No se merecen tanto olvido esos cachivaches que prestaron un servicio militar obligatorio a escribidores de todos los pelambres.

Las olvidadas máquinas y los télex son parientes de los teletipos que eran máquinas de escribir con mal de san Vito y ruido incorporado. 

Aunque la técnica no ha podido derrotarlos del todo. En los computadores las máquinas de escribir han reencarnado con tecnología avanzada. Por ejemplo, esa opción  de mover el carro de un extremo a otro corre por cuenta de  un tal “enter”, necesario como el viento para una gaviota. O lo hace automáticamente, por inercia.

Operar las antiguas máquinas era como hacer el amor con cada una de las teclas. Hoy es una función casi asexual. Lástima que sea tan eficiente el actual método. Casi basta colocar las manos encima y el computador sospecha el resto.

Echando más atrás el espejo retrovisor, en los periódicos existían los famosos

linotipos, esos armatostes descomunales, operados sólo por iniciados, que legaban a su descendencia no solo deudas, complejos, alguna virtud, sino el oficio también heredado de sus mayores. Se era linotipista por curiosa cooptación, a físico dedo.    

La de linotipista era de las actividades mal pagadas que no admitía  advenedizos en su seno. Por el interior de sus operadores no corrían sangre ni espermatozoides: sólo tipos de letras que inoculaban el virus del modus comiendi.

“La linotipia convertía las ideas en plomo”, recuerda un linotipista jubilado, Guillermo el Mago Dávila, periodista, locutor, cronista, relacionista público, conversador, biógrafo, prestidigitador con la sonrisa feliz del hombre que se ganó el cielo en vida, empresario, abuelo irresponsable 12 veces, ducho en juegos de azar. Si no hubieran existido los caballos, el Mago los habría sacado de algún sombrero.

En su autobiografía, el Nobel García Márquez describe a los linotipistas como “tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de sábados. Me hice a su gremio”.

Recuerda don Gabo que el más joven de ellos era el MagoDávila, santandereano trasplantado a Cartagena, donde fue niño genio – Chopin del linotipo- a los 13 años. Hizo la primaria para mago acariciando el teclado de los linotipos como quien interpreta un nocturno de Luis A. Calvo, o lee en el silencioso sistema Braille.

Termino estos deshilvanados recuerdos entonando un réquiem virtual por estos cachivaches ahora que evocamos los 36 años de la agencia de Noticias Colprensa.

 

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