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Colombia: un país distinto

Por Jorge Galindo, Diario El País, Madrid

Militantes del partido Centro Democrático celebran la victoria de Duque. ERNESTO GUZMÁN JR EFE

Si Duque no hubiera sido el candidato menos agresivo para los votantes indecisos, no habría ganado esta batalla de miedos

Una propuesta de izquierdas ajena a los partidos tradicionales ha logrado ocho millones de votos en Colombia. En la primera vuelta, una plataforma de centro progresista alcanzó los cuatro millones y medio, sumando más de nueve junto a la primera. La victoria, la presidencia, ha recaído sobre el candidato más moderado y más limpio de todo el menú que tenía a su disposición un expresidente que tuvo que quedarse sentado, en segundo plano, durante la celebración de la noche electoral. El más asociado con el establishment ni siquiera alcanzó el 8%: ni las maquinarias ni la opinión (si es que marcar una división entre ambas tiene sentido) le dieron su confianza.

Un país que recogerá Iván Duque, que logró ampliar la coalición del “no”, o del uribismo (que tuvo 6.5 millones en 2016, y 6.9 millones en 2014). Hay tres maneras de leer esto: una, la simple (casi simplista), vendría a decir que el uribismo gana adeptos. Otra, probablemente más ajustada a la realidad e igualmente popular, atribuiría la victoria de Duque al miedo a Petro: el “argumento Venezuela” ha funcionado, y le ha dado esos votos extra. Sin embargo, la tercera explicación es necesaria para que la segunda también sea cierta: si Duque no hubiera sido el candidato más centrado, menos agresivo para los votantes indecisos, no habría ganado esta particular batalla de miedos en que se ha convertido la segunda vuelta.

En definitiva, el núcleo duro del uribismo tiene que aceptar que sus dudas sobre la idoneidad de Duque como candidato eran infundadas. Sin embargo, ahora vendrán las cuestiones sobre el Duque presidente. Y sobre él, como candidato que ha logrado aunar a la derecha y al centro-derecha, penderá una duda que es al mismo tiempo una amenaza que tiene dos ejecutores. La duda es si, o cuánto, se va a distanciar Duque de Uribe. Quizás se da un volteo tan radical como el de Santos en el ciclo 2010-2014, que reconfiguró toda la política colombiana al traicionar a su padrino, el expresidente. Pero es posible también que todos, incluso el propio Uribe, haya descontado cierto giro. Pero, ¿hasta dónde? Y aquí entra la amenaza: si no se mueve tanto como esperan sus votantes moderados, quizás su plataforma sufra un castigo en 2022. Pero si se mueve demasiado, tal vez otros se sientan traicionados. Duque es, en no poca medida, una caja de esperanzas para una coalición más heterogénea de lo que parece a simple vista.

Colombia es también un país en el que un candidato de izquierda puede alcanzar más de un 40% de los sufragios. Aunque pase a la segunda vuelta por sólo 300.000, esto significa que una parte importante (si bien no mayoritaria) de los votantes progresistas están dispuestos a ponerse detrás de una propuesta en el extremo del espectro político. Es cierto que, probablemente, muchos de ellos llegarán ahí sin entusiasmo y con dudas. El apoyo de dos miembros clave del centro regeneracionista como Claudia López y Antanas Mockus habrá sido importante para disipar parte de las mismas. Así que ahora, en la oposición, se abre una dinámica que durante cuatro años combinará cooperación y conflicto.

Gustavo Petro cuenta con la impresionante cifra de la primera vuelta y con el recientemente aceptado puesto en el Senado que le dará una plataforma mediática sin par. Mientras, el centro (sea Fajardo quien lo siga representando, sea otro) tendrá en su mano los votos que ganó en primera vuelta. Ambos comparten el interés en derrocar a la derecha, pero discrepan en cómo hacerlo, y sobre todo en qué hacer una vez lo logren. Estas diferencias son demasiado grandes y demasiado evidentes como para que desaparezcan en tres semanas, o en cuatro años. Pero la verdad es que Petro ganó dos veces en ese periodo de tiempo: una, cuando realmente sobrepasó al centro. Otra, cuando alcanzó el umbral psicológico del 40%. De ahí la esperada combinación de cooperación y conflicto: un resultado más pobre de Petro le habría dado alas a sus rivales, pero habría hecho falta una diferencia mayor el 27 de mayo para darle a la izquierda el reinado indiscutible de la oposición. Esta lucha solapada tendrá como primera meta volante las elecciones locales y regionales de octubre de 2019.

En definitiva, Colombia es un país donde las luchas ideológicas dentro de cada bloque (el conservador, que ahora está en el gobierno, y el progresista, que ocupará la oposición) van a definir los próximos cuatro años. Lo cual reproduce en cierta medida las dinámicas de la larguísima campaña que llevó al país a la primera vuelta, a la que probablemente ha sido la elección más plural de la historia de la República. También la más pacífica en medio siglo. Y ambos factores están íntimamente relacionados. Porque el país continúa embarcado en un ciclo que ha abierto la política. Lo ha hecho, por un lado, a segmentos e ideas tradicionalmente excluidos (como la izquierda). Pero, por otro, ha profundizado en una fragmentación de las élites establecidas que también favorece la multiplicación de perspectivas. En otras palabras: si todo sigue como hasta ahora, Colombia será, cada vez más, un país plural.

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