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Colombia corrupta

Por Octavio Quintero, El Satélite

La corrupción en Colombia. Foto portafolio.co

 

Suficiente ilustración

Séptimo día, el programa dominical de periodismo de investigación de Caracol TV inició este domingo 27/11/16 un seriado de tres programas titulado “Colombia corrupta”, y arrancó el primero, aparentemente, por lo más simple: la corrupción del día a día que practican los policías de carretera o el funcionario de baja categoría en cualquier dependencia pública, pero que refleja la metástasis de la enfermedad a todo el cuerpo social del país en el ejercicio de sus actividades públicas y privadas.

Es de suponer que en los siguientes dos programas la investigación periodística vaya subiendo de nivel y alcance casos como el robo a la salud y, lo último en cartelera: Reficar, este curioso proyecto de refinación petrolera en Cartagena que arrancó en 1994 con una estimación de costos de 700 millones de dólares; escaló en 2014 a 4 millones y término tragándose 8 millones de dólares en el 2016, todo esto es cifras redondas.

Imagen maestrocira.wordpress.com

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Pero este tema que seguramente copará la atención del programa en su momento, no es el que nos ocupa y preocupa más, aunque suene extraño. Mírese bien que el inicio del programa es, en la práctica, la extrema corrupción que, como el aire frío en la atmósfera, circula de arriba abajo: la corrupción es un ejemplo que cunde precisamente porque se manifiesta en las personas que para la gente común y corriente son ejemplo, que en este caso, serían mal ejemplo.

Que “Colombia corrupta” haya empezado por la corrupción de abajo, significa, ni más ni menos, que la corrupción ya se nos volvió normal; convivimos con ella; ya los desadaptados no son los corruptos sino los que vemos esta conducta como algo indebido. La noticia “insólita” hoy no es el que roba sino el honrado, el taxista que devuelve la cartera que la señora o el señor olvidó en su taxi; y el comentario al margen y en voz alta, es: “mucho lo bobo”.

Hay varios tipos de corrupción. Dos de ellos, nos ocupan en este caso: el tráfico de influencia y la falta de ética.

Imagen viva.org.co

Imagen viva.org.co

Trafico de influencias es cuando un funcionario público, en particular, utiliza su cargo o sus nexos para obtener un beneficio personal o familiar; o para favorecer determinada causa u organización.

La falta de ética es un tipo especial de corrupción pública y privada que entraña una conducta indecente que al final conduce a actos deshonestos, como las denuncias que vemos a diario en la adjudicación de contratos de obras públicas o en la formación de carteles privados para robar, por la vía de los altos precios, a los consumidores.

En Colombia se nos ofrece a cada nada una “lucha frontal contra la corrupción”, como la que le ha pedido el presidente Santos (y éste ha ofrecido en su posesión), al nuevo fiscal, Néstor Humberto Martínez.

Pero al poco tiempo, esta lucha, como dice el docto vulgo, “no pasa de ser un saludo más a la bandera”. Mientras el tráfico de influencias no sea un delito de doble vía, que castigue no solo al que pide sino al que ofrece; y mientras la ética no sea una norma de conducta sino un tratado de biblioteca, no hay nada qué hacer: así de sencillo, y vengan dos ejemplos:

1º) Se destituyó al procurador Ordoñez por tráfico de influencias en su reelección en el 2012: ¿Y qué de los magistrados y senadores que intervinieron en su reelección? ¿Esos podían quedar como la inmaculada virgen, sin pecado concebida? ¿Por qué, una institución, de la que debemos suponer que conoce en detalle la Constitución, como la Corte Suprema de Justicia, lo ternó sin revisar siquiera qué decía la Constitución al respecto? ¿Y qué de esos 80 senadores que lo eligieron, quienes también debieron echar siquiera una mirada a la Constitución en el mismo sentido?

Hay un cuadro sinóptico, sin fuente de elaboración, que muestra en detalle las supuestas inhabilidades que tenían los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que lo ternaron y los senadores que lo eligieron: VER REELECCIÓN DE ORDOÑEZ

2º) En cuanto a la ética, pues, también debiera hacerse un claro esfuerzo por rescatar el valor supremo del ser ético. Si hubiéramos sido capaces de obligar socialmente la renuncia de Samper (un buen ejemplo), por la probada injerencia de dineros del narcotráfico en su elección, con su consentimiento o sin él, tal vez no nos hubiéramos enfrentado al caso del magistrado Pretelt (otro buen ejemplo), ni tendríamos tantos cuestionados éticamente en los altos cargos del Estado. Por ningún lado se establece que sea una violación al debido proceso separar transitoriamente del cargo al funcionario público, mientras tramita desde afuera su defensa de alguna acusación formal.

Cuando lleguemos al capítulo de Reficar en “Colombia corrupta”, vamos a ver qué dicen los actuales altos funcionarios del Estado que dejaron entrar, y probablemente se sentaron a manteles, ¡con semejante elefante!

 

Fin de folio.– Dejemos para la imaginación la corrupción que se da por soborno, desvío de recursos, abuso de poder, acoso laboral y sexual, colusión, enriquecimiento ilícito, obstrucción de la justicia, falsos positivos, falsos testigos (tan de moda ahora), uso ilegal de información confidencial y nepotismo: ¡UF!

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