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Cincuenta años del primer guión de Gabo

Por Fernando Jaramillo, Memorabiblia GGM

Gabo Imagen elmundo.es

MEMORABILIA GGM
CALI, VALLE DEL CAUCA, COLOMBIA
FERNANDO JARAMILLO. Nací en Manizales y me crié en un periódico debajo de un chibalete. Vivo en Cali en donde encuentro la compañía de las personas a quienes mas quiero. Colecciono artículos de Gabriel García Márquez desde la adolescencia y creo tener más de cuatro mil páginas de notas periodísticas sobre el escritor. Ahora utilizo las facilidades que me da el Internet y edito las mismas notas sobre el Nobel colombiano, desde este blog. Tengo por orgullo el Diplomado que me otorgó la Universidad Tecnológica de Bolívar y la Fundación Carolina, en “Conocimiento Vital del Caribe”, por las vivencias que obtuve sobre GGM y el entorno geográfico en que sucedieron los hechos de los primeros años de su vida. El filólogo caldense, Efraín Osorio explica así el nombre de este blog: “es el plural neutro del adjetivo latino ‘memorábilis-e’, que significa “las cosas que son dignas de ser contadas”, es decir, “lo que merece ser recordado”. A los interesados en el tema de GGM, escríbanme. Me será muy grato conversar con ustedes. Este es mi emilio: memorabilia.ggm@gmail.com

EL PAIS
Madrid – España
19 de marzo de 2016
El paso de García Márquez como guionista por México
se recuerda por su éxito y su desencanto

Por Andrés Rodriguez

“Como sea me voy para México”, le dijo el escritor colombiano Gabriel García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza, su amigo íntimo, según cuenta este en el documental Gabo: la creación de Gabriel García Márquez (2015). Y el futuro premio Nobel de Literatura, después de renunciar a su trabajo como corresponsal de Prensa Latina en Nueva York, se fue en bus, en 1961, con su esposa y su primer hijo a México, donde tendría su hogar para el resto de su vida. En el país norteamericano, desde 1963 a 1966, se constituyó como un guionista de éxito. De esta etapa, hace 50 años, se recuerdan tres películas en particular: El gallo de oro (1964); En este pueblo no hay ladrones (1965) y Tiempo de morir (1966), antes del detonante en su carrera literaria que llegó con Cien años de soledad.

De acuerdo con Gerald Martin, el biógrafo del escritor colombiano, Gabo llega a México “harto del periodismo” y un poco “desengañado con la literatura”, dos de sus grandes amores junto al cine. “Era un escritor con una cantidad muy reducida de lectores, y además estaba llegando al gran país hispánico del cine. El cine mexicano era el más importante de todos, más importante que España e incluso Argentina”, agrega.

foto 1 Acapulco
Acapulco, 1965: Gabriel García Marquéz (con gafas, sentado)
y a su derecha el cineasta Luis Buñuel.

Entre 1961 y 1963, intenta entrar al cine, pero sin éxito, recuerda Martin. A través del escritor Álvaro Mutis conoce al director Gustavo Alatriste, que inició su carrera al producir Viridiana (1961), de Luis Buñuel. “Alatriste jugó un poco con él [Gabo], lo utilizó como periodista de revistas no muy elevadas en temas de publicidad y relaciones públicas. Los primeros dos años escribe dos o tres guiones, pero finalmente no logra colocar a ninguna de sus cosas hasta mediados de 1963”, añade Martin.

Quien recuerda a García Márquez con mucho cariño es el actor mexicano Ignacio López Tarso, de 91 años. Trabajó junto al Nobel colombiano en El gallo de oro, un cuento del escritor mexicano Juan Rulfo, que Gabo y el también novelista panameño, nacionalizado mexicano, Carlos Fuentes guionizaron. López encarnaba a Dionisio Pinzón, en esta historia de apasionado amor entre un “gallero” y de la Caponera, cantante de palenques (ferias), mientras vagan entre ferias por el centro del país.

El actor cuenta que al escritor de El coronel no tiene quien le escriba le gustaba involucrarse mucho en la película. El largometraje que dirigió Roberto Gavaldón está considerado entre las 100 mejores cintas de México. López cree que la adaptación de Fuentes y Gabo fue “magnífica”, porque manejaba muy bien el diálogo y las pequeñas intervenciones.

También lo recuerda con humor, ya que junto al equipo de producción recorrieron ferias como la de San Juan Del Río, en el Estado de Querétaro, y la de San Marcos, en Aguas Calientes —ambas en el centro del país—. López dice que Gabo era un “gallero” (le gustaban los gallos de pelea) y que fue muy grato tenerlo cerca de las contiendas de estas aves. Aunque menciona, con mucha nostalgia y humor, que no le gustaba perder; y que se molestaba cuando su gallo era derrotado por el del actor. “Pues sí, a cualquiera le molesta que pierda su gallo”, afirma sin poder contener la risa.

Desencanto y frustración

El escritor italiano Alessandro Rocco, autor de Gabriel García Márquez and the cinema. Life and Works (Tamesis Books), rememora que Gabo llega a México cuando la denominada época de oro de la industria cinematográfica de este país está llegando a su fin, y se encuentra con una “fermentación”, en la que se está intentando renovar la industria a través de películas independientes, con influencias europeas, lejos de lo que son las producciones industriales. A pesar del éxito que obtuvo, tanto Rocco como Martin afirman que la experiencia del escritor colombiano como guionista tuvo desencantos, y fue un tanto “frustrante”, ya que todavía tenía la ilusión de encontrar en la redacción para cine la expresión más adecuada para su mundo fantástico.

En este pueblo no hay ladrones, dirigida por Alberto Isaac, El Güero –cineasta y nadador olímpico mexicano–, es la famosa película en la que sale Buñuel, García Márquez, Rulfo y el escritor mexicano Carlos Monsivais. Para muchos es, quizá, “el mejor de los guiones que hizo Gabo, y en cierto sentido su mejor película”, opina Martin. La historia, un cuento corto del Nobel colombiano, narra la aventura y el “infierno” en que se envuelve un pequeño pueblo al descubrir que han desaparecido misteriosamente las bolas de billar del único centro de diversión del lugar.

Este largometraje tiene mucho aprecio. Son películas “parteaguas” que todavía se las estudia en las escuelas de cine del país, explica Raúl Miranda, subdirector de documentación y catalogación de la Cineteca de México, porque reflexionan sobre el trabajo del guionista y el relato cinematográfico. “Es una película que habla sobre el mutismo y sobre este mundo provinciano tedioso donde no pasa nada. No cae [la película] en el folclorismo del cine mexicano, del personaje del charro cantarín, o entrañable y querido, como Pedro Infante o Jorge Negrete”, precisa.

Por otro lado, Tiempo de morir, la ópera prima de un joven Arturo Ripstein, tuvo buena repercusión entre el público y la crítica, afirma Miranda. El especialista en documentación recuerda que el guion de García Márquez se titulaba originalmente El charro, pero que la productora, Alameda Films –de Alfredo Ripstein, padre de Arturo–, decidió darle una ambientación de wéstern. El género de vaqueros estaba en capa caída en EE UU, dice Miranda, pero fue retomado por la cinematografía mexicana, como muchas otras del mundo. Este chili-western, denominación del viejo oeste mexicano, formaba parte de otro subgénero: el existencialista, por algunas características propias del guion. “Las frases de los personajes suenan un tanto literarias, así lo veía la crítica. Los diálogos tienen mucha fuerza y queda en la memoria [la cinta] por este tipo de detalles. Tenía ribetes intelectuales y elementos de resignificación (sic) del propio género, amplía Miranda.

La penumbra del escritor de cine

El desencanto y frustración de García Márquez la explica mejor Rocco. Cree que durante esos años sufre una condición que es bastante común entre los guionistas en todas las épocas, que es tener control completo de todo el ciclo de producción y realización de una película. Cita como un ejemplo reciente la relación de trabajo en la denominada Trilogía de la muerte (Amores perros; 21 gramos y Babel) que realizaron juntos el guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu. El escritor italiano afirma que en un punto, Arriaga, sintió que su trabajo solo como escritor era limitado, entonces decidió dirigir su propia película.

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Gabriel García Márquez conversa con el cineasta Alberto Isaac, quien en 1965
realizó la película ‘En este pueblo no hay ladrones’. EFE

Gabo, claramente “influenciado en su escritura por el neorrealismo italiano”, nunca pasó a la dirección, explica Rocco, porque creía que era una tarea sumamente complicada. “Siempre se quedó en lo que él llamaba la penumbra del escritor de cine. Admiraba a esos guionistas que sí habían logrado fama y prestigio como autores permaneciendo como guionistas. El ejemplo más deslumbrante para Gabo era Cesare Zavattini, el guionista del neorrealismo y autor, junto a Vittorio Sicca, de una de las películas emblemáticas de este movimiento cinematográfico: El ladrón de bicicletas”
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A propósito del desencanto, cuando se cansa de las dificultades del mundo del cine, García Márquez empieza a escribir la obra que fue el detonante en su carrera literaria, Cien años de soledad, durante un viaje a Acapulco. “Dice que la escribe contra el cine [Cien años de soledad]. Afirma que quiere liberarse de las limitaciones que le impone el mundo cinematográfico y la escritura de guiones y que quiere hacer una novela donde sea más libre de moverse como quiera”, finaliza Rocco. Aún con el mal sabor que le dejó el mundo cinematográfico y la escritura de guiones, nunca deja el cine por completo —como lo evidencia en otros momentos de su vida—, deja de ser una de sus prioridades, pero no uno de sus amores.

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El Mundo
Madrid – España
19 de marzo de 2016

Literatura

La simiente de Gabo

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En vísperas del segundo aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez, ‘El viaje a la semilla’ (Ariel), una monumental investigación del crítico colombiano Dasso Saldívar, traza la biografía del Nobel

Por Raúl Conde

Macondo era entonces, en el recuerdo del coronel Aureliano Buendía, la aldea en la que Gabriel García Márquez nació, creció y escribió sus primeras poesías. Un rincón de la costa de Colombia, entre plantaciones de banano y las montañas de Santa Marta, que hoy debe de tener alguna más que las 20 casas de barro que el escritor pintó en Cien años de soledad (1967). La base del atlas narrativo de Gabo radica en la geografía de Macondo. Pero la ciudad fundada por José Arcadio Buendía continúa siendo más un estado de ánimo que un lugar. Un topónimo de resonancias poéticas. El punto de partida de uno de los escritores más importantes de todos los tiempos.

García Márquez nació en Aracataca, en el departamento colombiano de Magdalena, el 6 de marzo de 1927. Su embrión intelectual, en cambio, puede remontarse al 19 de octubre de 1908. Ese día, su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días, mató a un amigo por un asunto de honor en Barrancas. “Este crimen prefigura la suerte personal y literaria de García Márquez”, explica a EL MUNDO Dasso Saldívar, periodista y crítico colombiano que acaba de publicar El viaje a la semilla (Ariel), la séptima edición -la tercera revisada- de una biografía de Gabo prolija y exhaustiva, almibarada a tramos por un elogio incandescente.

Saldívar invirtió más de dos décadas en investigar la huella de Gabo antes de ser un icono global. Su trabajo se suma a otros volúmenes de referencia en la materia, como Gabriel García Márquez. Una vida (Debate), la monumental biografía escrita por el profesor británico Gerald Martin. Gabo quedó más contento con el trazo de su paisano: “Si hubiera leído antes El viaje a la semilla no habría escrito mis memorias”. Eso dicen que dijo.

El próximo 17 de abril se cumplirá el segundo aniversario de la muerte del autor de El coronel no tiene quien le escriba. Y el pasado 6 de marzo hubiera cumplido 89 años. Estimulado por Valentín Zapatero, el malogrado editor de Trieste, Saldívar tomó la decisión de serpentear la vida de García Márquez tras la concesión del Nobel en 1982. “Su figura era desconocida, incluso para su familia. Y a mí me faltaba la base proteínica. Ignoraba el folclor de su pueblo”, confiesa.

El título original de ‘Cien años de soledad’

La principal virtud de El viaje a la semilla es la profundización en las raíces personales y familiares de García Márquez, sin las cuales resulta imposible concebir su obra literaria. Saldívar detalla el universo totémico que desembocó en la publicación de Cien años de soledad, originariamente titulada La casa, justamente, por el peso de la casa familiar en el autor colombiano.

La recreación literaria de su infancia en Aracataca encierra los pilares de la creatividad del escritor que alumbró el boom latinoamericano. Sostiene Saldívar: “La casa de Aracataca se convierte en el escenario en el que cimenta la relación con sus abuelos, en una doble dimensión. La terrenal, que le procuró su abuelo. Y la supersticiosa o mística, que le proporcionó su abuela doña Tranquilina Iguarán, que se pasaba el día contando fábulas y leyendas”. La estructura espacio-temporal de Cien años de soledad está condicionada por esta bifurcación. Y todo o casi todo en Gabo confluye en una casa convertida en un Aleph borgiano.

Pero la simiente de García Márquez, más allá de la vivienda telúrica de su pueblo, parte de la presencia de la violencia y la muerte. El novelista no sólo convierte el duelo de su abuelo en un hecho novelesco, sino que decide trascenderlo literariamente en Cien años de soledad. «Hizo una trasposición -explica Salvívar- y pone a pelear a sus gallos en la gallera, y lo que ocurre es que José Arcadio Buendía mata con una lanza a Prudencio Aguilar». Y, de la misma forma que el muerto acaba persiguiendo de por vida a Buendía, a Gabo el muerto de su abuelo le acaba persiguiendo desde su niñez.

Gabriel García Márquez, de padre farmacéutico y madre ama de casa, aprendió a escribir a los cinco años. En 1936 se matriculó en el colegio San José de Barranquilla y a los 12 años ya era un jovenzuelo maduro que pergeñaba versos satíricos. Una década después, tras cursar el bachillerato en Zipaquirá, ingresó en la Universidad Nacional de Bogotá para estudiar Derecho. No le interesaban las leyes, pero sí las materias de humanidades que entonces conformaban el programa de esta especialidad. Según Saldívar, “Gabo fue un buen estudiante, pero siempre lo ocultó porque tenía manía a los académicos. Se consideraba un hombre enraizado en lo popular”.

En Bogotá, además de estudiar, García Márquez ocupa el tiempo leyendo. Lee desaforadamente. Primero a los poetas del Siglo de Oro, a Cervantes y a los cronistas de Indias. Pero, sobre todo, queda deslumbrado por Rulfo, Borges, Carpentier y Virginia Woolf. “Gabo decía que los autores influyentes son aquellos que te cambian la visión de las cosas, y los que más le cambiaron fueron Sófocles, Kafka y Faulkner”, evoca su biógrafo.

Sin embargo, el auténtico caldo de cultivo que lanza a García Márquez a la creación literaria reside en el conocido grupo de Barranquilla, una asociación de intelectuales en la que el novelista aprendió a zambullirse en lecturas y enfoques hasta ese momento inimaginables para quien procedía de un pueblín costero. Fue también la época del éxtasis juvenil y las borracheras en el bar La Cueva. El cabeza de este sanedrín era Ramón Vinyes, el sabio catalán, dueño de una librería en la que se vendía lo más granado de la literatura española, italiana, francesa e inglesa. García Márquez forjó en aquel clan amistades profundas. José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas. “Sabios que a Gabo le sirvieron para abrir los ojos y apoyar su talento”, matiza Saldívar.

Sólo la figura de su esposa Mercedes Barcha, a quien conoció en 1943 y con quien tuvo dos hijos (Rodrigo y Gonzalo), supera al grupo de Barranquilla en la vertebración intelectual de Gabo. Una tarea galvanizada en el viaje a Europa que el escritor realiza a mediados de los 50. El contraste formidable entre la América caribeña y la aspereza continental termina de encender su vocación periodística.

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Gabriel García Márquez, en una imagen tomada en 1962, en México DF. CORBIS

Publicada La hojarasca, el diario El Espectador de Bogotá le envía en 1955 a Ginebra a cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes. Después se escapa a la Europa del Este, y allí se da de bruces con el frío metálico de la utopía socialista: Berlín Oriental, Moscú, Budapest, Praga. Pero también descubre Cinecittà y la bohemia francesa. “En París aprendió que nada mata a un escritor, ni siquiera el hambre”. Lo pasó mal. Sobrevivió con colaboraciones y trabajando de freelance, pero durante esta etapa publicó El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962).

El reportaje, una novela de la vida real

Europa le valió a Gabo la forja de su conciencia política -“no fue comunista, fue un socialdemócrata de principios liberales”, remacha Saldívar-; además de la expansión de su veta reportera. Fue un hallazgo de largo alcance. El periodismo ocupó 51 años de la vida de Gabo y ocho volúmenes de sus obras completas. La novela es un reportaje de la vida imaginaria y el reportaje, una novela de la vida real. Tal era su máxima. El periodismo es hoy lo que es gracias a García Márquez, entre otros maestros. Es su talento poético el que eleva este género a categoría estética en Relato de un náufrago, Noticia de un secuestro o Crónica de una muerte anunciada”.

Pero la consagración al autor de Aracataca le llega en 1967, cuando publica Cien años de soledad. Llevaba casi 20 años rumiando la novela iniciática de su literatura. “El libro aún impacta no solo porque está primorosamente escrito, sino porque refleja la vida de todo el mundo. Una fábula que condensa la realidad cotidiana e histórica. Partiendo de una escena local, García Márquez consiguió trascenderla a una realidad estética universal. Es lo mismo que hizo Cervantes con el Quijote y con una provincia como La Mancha”.

La novela es una enorme metáfora de su globalidad creadora: leyendas, tragedias, diluvios, fertilidad, levitaciones. En el argumento subyace, más allá de la fundación de Macondo como superficie literaria perenne de García Márquez, una crónica de la historia colombiana desde los tiempos de la independencia hasta los años 30 del siglo XX. “Es la mejor novela que se ha escrito en castellano después de El Quijote”, sentenció Pablo Neruda.

Saldívar rechaza encasillar la pluma de Gabo. “El realismo mágico es una etiqueta pobre que no encierra la complejidad de una obra como la suya”. Ismail Kadaré dijo: “Si el realismo mágico es meter en una novela la tierra y el cielo, la ficción, la realidad, los sueños… ¡Con eso empezó la literatura!”. Es cierto. Esa es la materia prima de la que bebió Homero y antes el poema de Gilgamesh. Y esa es la materia prima que García Márquez convirtió en un bestseller de la mano de la editora Carmen Balcells. “Para estar entre españoles, lo mejor es estar entre catalanes”, solía decir. Saldívar cree que su éxito mundial de ventas no hubiera sido tan colosal sin la mano de Mamá Grande, pero tampoco sin Paco Porrúa, su editor en América Latina, descubridor de Cortázar, Onetti y Roa Bastos.

La fama marcó un punto de inflexión en la trayectoria de García Márquez. La fama. El boato. La púrpura del ego. Los abrazos con Fidel Castro y Felipe González. Entonces descubrió que la soledad del poder se parece mucho a la soledad de la fama. El viaje a la semilla acaba ahí. Porque, de la misma forma que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra, las estirpes condenadas a la gloria encontraron todas las oportunidades sobre la tierra.

MEMORABILIA GGM 842

CUBAHORA
La Habana – Cuba
8 de marzo de 2016

La deuda de García Márquez
con Víctor Cohen
Cubahora publica en exclusiva un capítulo del libro
“Un paseo con Gabriel García Márquez”,
de la periodista cubana Lídice Valenzuela…

Por Lídice Valenzuela

Víctor Cohen, un anciano que parece escapado de un vodevil, posee el raro privilegio de la alegría permanente. Es la mejor representación de lo que en Colombia designan como “cajita de música”, es decir, una persona que con su sola presencia impregna el ambiente de felicidad. Con sus 92 años recién cumplidos, vestido muy moderno, lentes de armaduras rojas y en el cuello un collar de fantasía, muy brillante, que reproduce una pieza del Museo del Oro, una de las riquezas culturales de la región, Víctor Cohen cuenta, con deleite, cómo hace apenas cuatro años, en 1984, él le recordó a Gabriel García Márquez que le debía un dinero desde hacía tres décadas.

Y el célebre Premio Nobel de Literatura, que siempre se trató de tú a tú con sus paisanos, en un arranque donde se mezclaban el estupor y la vergüenza le contestó: “Pero Cohen, ¿Cómo carajo quieres tú que yo te pague eso ahora?”.

Pide un intervalo para brindar un té casero, servido en tazas finas y antiguas, acompañadas con bombones minúsculos y unas servilletas de hilo primorosamente bordadas.

El hogar de Víctor Cohen es pequeño, pero confortable. Él lo ha convertido en un mini-museo en el que se atesoran los más disímiles objetos que recuerdan no solo lo que ha sido su paso por este mundo, sino también la vida cultural de Valledupar, una localidad que posee el orgullo de ser la cuna de la música vallenata.

García Márquez, ferviente admirador del ritmo, al extremo de que no le puede faltar tal música en su hogar o en el automóvil donde se traslada, amigo íntimo de compositores e intérpretes, también lo es de este viejito sin cabellos, estrafalario y buen conversador.

La historia de la cuenta que García Márquez olvidó pagarle a Víctor Cohen, también popular promotor cultural de la localidad, comenzó el día en que este hombre de estatura pequeña decidió asentarse de manera definitiva en Valledupar. Era 1940. Él había nacido en esas tierras de las que salió para decidir su destino. Cuando pudo hacerlo, ya con la madurez suficiente para conocer qué quería hacer con su vida, retornó a Valledupar para siempre, luego de una visita que le hizo a la hermana. “Por poco me mata el pensamiento de que tenía que volver a irme”.

Ameno conversador, amigo de contar historias, como casi todos los nacidos en esa zona que, según ellos proclaman posee el mejor clima del Caribe. Claro que sí se compara su temperatura con la de Aracataca ganan por amplio margen, o con Fundación, donde muchas personas se bañan de noche en los ríos para dormir descansados y las visitas se hacen en la habitación donde permanece encendido un aparato de aire acondicionado.

Cohen recuerda que cuando se instaló de nuevo en su pueblito natal, aún prevalecía ahí una sociedad patriarcal, muy articulada en relación con la del resto del país.

Rodeado de plantas, flores, reproducciones de escudos, de doradas “India Catalina” (estatuilla que conceden como Premio a los ganadores del Festival Internacional de Cine de Cartagena), expresa que aun sin deshacer su valija se enteró de que estaba en venta un café con el siempre atrayente nombre de Buenos Aires, en alusión a la capital de Argentina. Sin meditarlo mucho confió en su buena estrella. Debía comprar aquel cafetín y establecerse como negociante. El inventario de su nuevo establecimiento se reducía a once paquetes de cigarrillos Camel y tres botellas de cerveza, once sillas, tres mesas y un mostrador.

Otro que hubiese sido menos emprendedor que Cohen se hubiera deprimido con el aparente flaco propósito de echar a andar aquel negocio. Pero él no. Dinámico, alegre, olvidó la fealdad del sitio y al regreso de un corto viaje a Puerto Colombia se dispuso a la reapertura del café. La gente de Valledupar vio asombrada un desfile de camareros, cocineros y empleados que por igual preparaban comidas exquisitas, servían las mesas, atendían a los clientes, sugerían las mejores bebidas y lo mejor, todos vestidos a la usanza de los marineros.

El nuevo café quedó inaugurado bajo personalísimo estilo porteño y su flamante propietario se convertía en el promotor cultural que todavía es, satisfecho de brindarle a sus paisanos aunque fueran solo detalles de lo que él cataloga aun de “mundo exterior”.

Era esa la época en que en la floreciente Valledupar las viviendas permanecían sin cerrojos por las noches, las personas iban diariamente a misa, y la música que se escuchaba procedía, únicamente, de la banda de música que tocaba los domingos en el parque los contagiosos merengues, fandangos y cumbias que hacían mover los pies a las elegantes damas y a los engalanados caballeros.

En esa época Valledupar era sitio obligado de tránsito para quienes recorrían la región. O para los que deseaban viajar a Barranquilla, situada a unos 150 kilómetros del valle. De ahí que Cohen tampoco lo pensó dos veces cuando le propusieron la venta de un hotel. Lo hizo “para ayudar a un amigo que estaba en un mal trance”, pero lo más probable es que este incansable hombrecito intuyera otro buen negocio. Y pese a la reprobación del párroco vallenato, el hotel se nombró “Welcome” (Bienvenido en inglés, una lengua que casi nadie manejaba en aquellos lares) pero que a él le sonaba “interesante para los recién llegados”.

Fue en ese hotel donde se conocieron Cohen y García Márquez. El joven Gabriel, entonces muy delgado y con un bigotico en consonancia con su figura, anda levantando un censo por la zona, además de vender enciclopedias en lugares de analfabetos, y se acercó al propietario del Welcome en busca de alojamiento y comida por quince días.

Eran los días en que el futuro Nobel de Literatura se movía por los pueblos de la provincia de Valledupar, mientras comprendía que allí no vendería en absoluto. El apremio económico lo deprimía, pero poco podía hacer en aquellas extrañas circunstancias. García Márquez tuvo noticias de que su amigo Manuel Zapata, a quien conocía de su época de estudiante inconcluso de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia vivía por aquellos lares. Manuel, quien se había hecho médico estaba en La Paz, en el mismo departamento del César. Y allí se encontraron. Pero faltaba uno en un trío que después se haría famoso por parranderos: Rafael Escalona, quien también se hizo amigo de Gabriel para toda la vida.

El primero en conocer a Escalona fue Manuel. Le subyugaba aquella música de acordeón y ritmo de dioses. Rafael era presencia frecuente en esa población porque andaba detrás de la mujer que inspiraba sus cantos, Marina Arzuaga, “La Maye”, quien fuera su novia de estudiante y su esposa después. Los amores de estos jóvenes están plasmados en la telenovela Escalona, protagonizada por el músico colombiano Carlos Vives.

Con la presencia del Gabo se completó la tríada de parranderos. Muchos piensan que Gabriel, además de que le resultara imposible vender enciclopedias en la costa del Caribe, tampoco era muy dedicado en la especialidad, pues amanecían cantando y bebiendo cerveza y discutiendo de política.

Víctor Cohen recuerda muy bien al Gabriel de pelo rizado, nada diferente a la de cualquier mestizo colombiano. Varias veces conversaron de nimiedades, tales como en qué se ocupaba la mayoría de los usuarios del hotel, qué comidas preferían, si conocían la música vallenata o que otro lugar reunía las condiciones del “Welcome”, en caso de que tuviera que trasladarse.

Un día, de manera sorpresiva, el vendedor le comunicó que le habían llamado urgente de Santa Marta y que él debía salir corriendo para allí “por un asunto de envergadura”, le dijo. A Cohen solo le quedó despedirle y desearle buena suerte en la travesía de 15 kilómetros entre una y otra localidad. “Él se fue y me quedé con su deuda, que ahora no posee gran valor, pero que entonces equivalía a varios días de hospedaje, almuerzos y comidas”.

Persona sumamente organizada, el antiguo dueño del “Buenos Aires” y el “Welcome” guarda todo tipo de documento o foto que haya llegado a sus manos y posea algún valor particular, desde hace unos 50 años. Por esa excelente cualidad que muchos le envidian, el hotelero conserva el vale con la cuenta expedida a García Márquez el 30 de marzo de 1953. En la columna de débito aparecen 122 pesos y 53 centavos colombianos, de los cuales abonó solo 53. Más abajo aparece la rúbrica del deudor.

Transcurrieron 30 años desde el día en que García Márquez abandonó Valledupar de manera tan intempestiva que Cohen ni siquiera pudo recordarle que no le había pagado.

El reencuentro entre los dos hombres ocurrió durante el bautizo del último hijo de Consuelo Araújo, una periodista amiga de Gabriel, conocida después como la “cacica de Valledupar”, quien festejó el acontecimiento de tan fastuosa manera que aún se recuerda en la localidad el arribo de aviones en los que llegaron, entre otros, el más tarde presidente de la República Andrés Pastrana, escritores, músicos, artistas y políticos.

Gabriel estaba allí como invitado y alguien le comentó que el antiguo dueño del hotel “Welcome” quería hablar con él en privado. Víctor Cohen refiere que, de sopetón, sin mediar palabra, le mostró el vale y le preguntó:

“A ver si se acuerda de esto”.

García Márquez, apenado, miraba una y otra vez el papelito amarillento. El anciano hilvanaba el diálogo que se estableció entre los dos.

—Pero Cohen, ¿cómo ha sido esto?

—Pues que usted se fue corriendo y se le olvidó pagarme la cuenta.

—Pero Cohen, insistía Gabriel, ¿y cómo carajo quieres tú que yo te pague esto ahora?

Rápido como acostumbra ser, el antiguo hotelero le respondió:

—Pues si usted me firma los libros suyos que yo tengo, me siento muy bien pagado…

Entonces Gabriel le puso un brazo sobre los hombros y conmovido le comentó: “Pero mi amigo, si eso no vale nada…”.

Finalmente, luego de darle vueltas al asunto, el escritor aceptó la proposición de Cohen, que ahora atesora, en las primeras páginas de varios libros, la rúbrica que le es tan preciada.

Hay cierto tinte de rubor en su rostro cuando refiere la anécdota, pues se proclama una persona “a la que no le gusta recordarles a los otros que le han dejado dinero pendiente”.

“¿Saben qué ocurre? Es que para nosotros los colombianos, García Márquez no es solo uno de los grandes autores de este siglo. Es, también, el individuo sencillo que venía a compartir con sus amigos y sus conocidos antes de que lo amenazaran de muerte y se viera forzado a abandonar el país. Cuando el aún no era famoso y andaba por las tierras de Valledupar con su maletincito destartalado, me acuerdo que entraba por la puerta del hotel y me preguntaba: “Y qué Cohen, cómo anda el negocio”. Salía presuroso entonces a comerse un plato de la comida que hubiera, porque siempre tenía mucha hambre y me imagino que muy poco dinero. Ahora tiene millones de dólares y hasta ahora no ha perdido sus hábitos de gente pobre. Él, hasta hace pocos años, llegaba a Valledupar e invitaba a sus amigos a beber, se sentaba en los bordes de las aceras, y bailaba música vallenata con las muchachas. Por eso no me apenó recordarle su deuda, aunque en un momento tuve mis dudas en que si debía o no hacerlo. Pero es que a mí me parece que un hombre como es García Márquez no debe tener nada pendiente en su vida. Ni siquiera el pago de unos pesos colombianos”.

Ficha Técnica del Libro
Un paseo con GGM
“Un paseo con Gabriel García Márquez”

Autor: Lídice Valenzuela
Editorial: Icaria
Edición: 1ª
Nº de páginas: 144 págs.
Lengua: Castellana
ISBN: 9788498886047
Encuadernación: Tapa blanda
Resumen del Libro: Un paseo con Gabriel García Márquez muestra algunos momentos fundamentales de la infancia y de la primera juventud del escritor colombiano. Recorriendo las calles de fuego intenso de Aracataca, Lídice Valenzuela nos lleva a conversar con personajes, amigos y parientes de Gabo, desvelándonos su cosmogonía así como la fuente de inspiración de su obra. Las entrevistas y las crónicas permiten al lector descubrir dónde se halla el escondite en que encontró García Márquez la inspiración para escribir Cien años de soledad.
Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927 – 17 de abril de 2014, Ciudad de México, México): Escritor, editor, guionista y periodista colombiano. Conocido entre amigos y familiares como Gabo es el principal exponente latinoamericano del Realismo Mágico y del boom latinoamericano. Debido a su obra fue merecedor del Premio Nobel de Literatura en el año 1982.

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El Mundo
Caracas – Venezuela
8 de marzo de 2016

Macondo aún se perfila
como destino literario
“El Gabo”, habría cumplido 89 años este 6 de marzo. Sus novelas, cuentos, discursos y memorias siguen originando entusiasmo en los lectores
El pago por las regalías de sus obras van a su esposa e hijos

Por Edgard Ramírez.

Tras la muerte del escritor Gabriel García Márquez el 17 de abril de 2014, se han vendido más de un millón de ejemplares de sus libros, según reporte de la Editorial Planeta, dueña del sello Diana, que tiene todos los derechos de venta de los libros del escritor para México, Centroamérica y el Caribe.
El escritor colombiano, Miguel Manrique, recordó al diario La República de México que todo genio que se vuelve leyenda hace que aumenten sus ventas, sin embargo García Márquez “siempre ha sido muy vendedor”.
El registro de ventas de los textos del maestro creador de Macondo, es comparable a los de José Saramago, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Jorge Ibargüengoitia, asegura la prensa azteca a propósito del segundo año de su partida física.

Según el canal RCN la muerte de “El Gabo” disparó de vuelta la venta de sus títulos y no solo los más vendidos históricamente como: Cien años de soledad, en primer lugar y de segundo El amor en los tiempos del cólera. “Los lectores hoy recorren las estanterías para buscar Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes, en ese orden”, según los registros de ventas reseñados por la televisora neogranadina a propósito de cumplirse 89 de su nacimiento en Aracataca.

La estelar

“Cien años de soledad”, el longseller galardonado con el premio Nobel de literatura en 1982, está en reimpresión permanente. La estimación es que se han vendido 40 millones de copias en 35 idiomas. Solo por ese libro se han recibido ganancias, en las editorales, cerca de 310 millones de dólares, comentó el escritor y periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal. mencionado por La República. Además, en la mayoría de los planteles escolares de secundaria de toda Latinoamérica se estudia la obra del creador de Macondo razón por la cual la venta de estos libros siempre repuntan en temporada escolar.

En bits

Las obras publicadas del Nobel colombiano no solo ganan auge en las librerías, sino también en Internet. La demanda según el diario El Heraldo, a través de iTunes, Amazon y Barnes & Nobles, toma fuerza cada vez que se cumple su natalicio o deceso.

Las ganancias no se circunscriben solamente a las obras literarias. La familia del autor recibió de la Universidad de Texas, Estados Unidos, la suma de 2,2 millones de dólares por las casi 100 cajas de su archivo personal: manuscritos originales de 10 obras, unas dos mil cartas, borradores de su discurso al aceptar el Premio Nobel de Literatura y más de 40 álbumes de fotografías y recortes de periódico.

“El Gabo se fue de la Tierra un Jueves Santo, como Úrsula Iguarán, la matriarca que creó en Cien años de soledad para la estirpe de los Buendía, esa abuela remota de todos los latinoamericanos”, escribió el periodista venezolano Albinson Linares al cubrir el funeral del maestro.

Las cenizas del fabulador serán trasladadas a Colombia, su país natal, en mayo de 2016, informó la Universidad de Cartagena.

“La institución estudia la definición de una nueva fecha para el homenaje que estaría entre el 16 y 25 de mayo de este año para asegurar la presencia de todos los miembros de la familia García Barcha”, explicó en un comunicado la casa de estudios superiores de la isla.

Cabe destacar que actualmente se realizan obras en el claustro de La Merced, un antiguo convento situado en el centro histórico y amurallado de la ciudad donde reposarán las cenizas de García Márquez. El sitio queda a pocas cuadras de la casa del autor latinoamericano en Cartagena.

Los restos del escritor, fallecido el 17 de abril de 2014 a los 87 años, permanecen en México, país en el que murió y donde residía desde la década de los 80, tras haber recibido amenazas en su contra en su natal Colombia.

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LA VANGUARDIA
Barcelona – España
3 de marzo de 2016

Felipe González:
“La paz en Colombia
que quería Gabo
está a punto de llegar”

EFE

Felipe Gonzalez con GGM

Felipe González Gabriel García Márquez – Foto Arcchivo EFE

Felipe González ha recordado hoy a Gabriel García Márquez, su amigo Gabo, a ese compañero de vida y anécdotas que “era lo que era” gracias a su “infancia”, pero sobre todo al hombre que siempre tuvo la “esperanza” de que la paz en Colombia llegaría un día, una paz que “está a punto de llegar”.

El expresidente del Gobierno ha compartido estos recuerdos en un acto organizado por el Instituto Caro y Cuervo y el Instituto Cervantes para homenajear al escritor colombiano tres días antes del que hubiera sido su 89 cumpleaños, y unas semanas antes del segundo aniversario de su muerte, ocurrida el 17 de abril de 2014.

Un acto en el que le han acompañado el periodista Juan Cruz y el escritor Dasso Saldívar, autor de “El viaje a la semilla”, la biografía de García Márquez, en la que el propio biografiado se reconocía y que llega de nuevo a las librerías españolas en su séptima edición, desde su primera publicación en 1997.

“Gabo tenía una curiosidad infinita por todo, le gustaba la intriga más que a nadie. Como estaba en todas las intrigas, todos los presidentes colombianos le suscitaban esperanza, una esperanza que le duraba los dos primeros años de la presidencia. Pero él siempre esperaba eso”, ha contado González para quien esa paz añorada por el premio Nobel “está a punto de llegar”.

En este sentido, el expresidente socialista ha expresado que a su amigo le “fascinaba” saber qué era el poder, le interesaba “la gente que él creía que tenía poder”.

“Lo que le importaba -ha añadido- era saber cómo los que tenían poder tomaban una decisión que podía afectar a millones de personas”. Pero, según ha puntualizado, a los que a Gabo no “le gustaban” los “excluía” y los “satanizaba”.

“Era muy duro con los que creía que tenían poderes malignos”, ha puntualizado.

“Incapaz” de definir su amistad con el escritor, González, que ha estado acompañado por el líder socialista Pedro Sánchez, ha recordado una de sus últimas conversaciones con él, cuando ya estaba enfermo y no podía viajar. “Me dijo que ya no podía viajar, pero que no le hacía falta porque antes era él que el viajaba para ver a los amigos, pero ahora eran los amigos los que iban a ver”, ha añadido.

Pero González, que ha acaparado la charla dada la cantidad de recuerdos con su amigo, ha levantado la risa a los asistentes al homenaje al recordar cómo Gabo le llamó tras recibir el premio Nobel de Literatura y le pidió que al día siguiente, en Madrid, González le recibiera en el palacio de la Moncloa (era presidente entonces) y le invitara a un “guiso de papas con bacalao”.

“Y lo digo ahora -ha bromeado- porque ese delito ha prescrito, porque las papas no estaban dentro del presupuesto del gobierno”.

Coincidiendo con Cruz y escritor Saldívar, González ha dicho también que Gabo “es nuestro”, que “era de todo el mundo”.

“Y esto es parte de lo que es difícil de entender, lo que significa nuestra lengua como algo más que un instrumento de comunicación, porque es un instrumento de cultura compartida, de identidades”.

Por su parte, el autor de su biografía ha dicho que si el alter ego de García Márquez era “Melquiades”, su personaje antagónico era Aureliano Buendía.

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Felipe González, Juan Cruz y Dasso Saldívar en el acto organizado por el Instituto Cervantes y el Instituto Caro y Cuervo. . Foto La Vanguardia

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EL UNIVERSAL
Cartagena – Colombia
11 de marzo de 2016

Así fue la transformación
del claustro de La Merced
para recibir cenizas de Gabo

Por Cristian Agámez Pájaro
@Caapo7

Al ingresar al Claustro de La Merced, lo primero que se observa es el llamativo cambio que ha tenido el patio principal, en solo tres meses.

En el centro del lugar, donde solía estar una vieja tarima en concreto recubierta en lozas rojas y usada para actividades culturales, ahora se erige un sencillo pero elegante monumento que se roba miradas de quienes visitan la emblemática edificación, con casi cuatro siglos de existencia y sede de la Universidad de Cartagena.
Es el mausoleo donde reposarán a partir del próximo 22 de mayo las cenizas de Gabriel García Márquez, está prácticamente listo.

El monumento en sí, es una muestra pura de la historia de Cartagena, ciudad que inspiró parte de la obra del escritor de Aracataca, Magdalena, y donde quedará inmortalizado. (Lea aquí: Hallazgo histórico en el lugar donde reposarán cenizas de Gabo)

En mitad de la plazoleta, como pieza de la obra en honor al premio nobel de literatura (1982), sobresale la cubierta superior de un aljibe colonial de ladrillos rojos muy bien conservados, puesto a la luz cuando se iniciaron los trabajos para construir el mausoleo.

A sus lados construyeron dos canales con jardines que llevarán flores amarillas y, arriba, sobre una estructura metálica con pasarelas en vidrio de seguridad, está el pedestal forrado en lozas ocres, elemento principal del monumento que estará coronado por un busto en bronce de García Márquez, donado por la artista británica Katie Murray. Ahí, dentro de ese pedestal, serán depositados los despojos mortales del autor de Cien años de soledad, fallecido el 17 de abril de 2014.

UN POCO DE HISTORIA
Jorge Sandoval Duque, arquitecto restaurador, revisa los últimos detalles y ordena ajustes pertinentes para que todo se encuentre perfectamente en su sitio. “La pasarela es en vidrio antideslizante que va a permitir que las personas caminen sobre ella. A su alrededor van a ir dos canales con vegetación, con grama y flores amarillas que están relacionadas con la filosofía del pensamiento macondiano”, describe.

Sandoval es interventor de la obra y a su cargo estuvo la investigación histórica sobre La Merced. (Lea también: Gabo, de cuerpo y alma)

“El claustro inicia su construcción, en 1617 y 1625. Se trató de una comunidad medieval española que se asomó por estas costas, y el rey de España (Felipe III) les dio un territorio para que ellos se establezcan. Cuando se establecen empiezan a edificar la iglesia y el claustro: La iglesia es lo que es hoy el Teatro Heredia y el claustro es el sitio, sede hoy, de posgrados de la Universidad de Cartagena”, relata el arquitecto.

Era la orden de Nuestra Señora de La Merced, compuesta solo por unas 20 personas. Esta comunidad realizó las primeras obras dentro del claustro, entre ellas un pozo y a su lado el aljibe colonial.

“Estamos hablando de casi 400 años de la construcción del claustro o del mismo aljibe. Es interesante también mirar que el claustro tiene mucha historia, aquí estuvieron dos regimientos militares, previos a la reconquista española de Pablo Morillo, durante casi cuatro años y tuvieron intervención ya sea buena, regular o mala sobre el claustro”, señala Sandoval.

“Luego, cuando ellos se marchan se le pide al ingeniero militar Manuel de Anguiano Ruiz que hiciera unas labores de indagación de qué daños habían tenido los regimientos militares, y paulatinamente empieza la llegada de Pablo Morillo y se retoma el claustro (por parte de los españoles).Los militares hacen fusilamientos en la plaza de la Merced (afuera del claustro) e inclusive intramuros”, agrega.

Tras la etapa de Independencia de Cartagena al edificio en estado de ruinas le hicieron reparaciones menores, después comienza a funcionar ahí la Escuela Normal y más adelante el sistema judicial ubica en ese lugar el Palacio de Justicia.

“Entre 1906 y 1911, el arquitecto barranquillero Pedro Malabet, notario masón grado 33, intervine el claustro y le hace las reformas que hoy conocemos, la edificación llega a estar en un estilo del periodo Republicano y hacen unas intervenciones bastante drásticas restándole las características que tenía el edificio del período colonial”, narra el restaurador.

Entre los cambios, las columnas en piedras de cantera fueron cubiertas en concreto, instalaron pisos de mármol que desaparecieron con los años y una serie de ánforas de estilo greco-romano que permanecen en la parte superior. También fue instalado un brocal de mármol sobre la boca del aljibe que estuvo ahí hasta los años 70, cuando el sitio se convierte en sede de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y el Palacio de Justicia es trasladado al Cuartel del Fijo.

“El brocal estaba en mitad del aljibe. La Tadeo Lozano se muda para acá y la rectoría, como los estudiantes estaban molestando mucho con eso, deciden quitar el brocal y ponen el piso completo. Ahí hacían fiestas y parrandas y nadie sabía que estaban bailando sobre un aljibe”.

Donde estaba el brocal se construyó una pequeña tarima que se mantuvo hasta diciembre, cuando la Universidad de Cartagena- establecida en claustro en los años 90-, comenzó la intervención para el monumento a García Márquez.

“Cuando empiezan ya las obras de intervención en diciembre de 2015 se hacen las excavaciones en la mitad del patio sobre la tarima que ahí estaba establecida, se encuentra la estructura del aljibe colonial, logramos abrir la boca del aljibe e incursionamos a él y logramos hacer los planos del interior de la estructura”, explica Sandoval.

El hallazgo arqueológico, implicó cambios en el diseño para incluir el aljibe como parte del monumento, que tiene un avance del 99 %, y del que faltan solo pequeños detalles. “El busto ya está en la ciudad y se espera en su momento instalarse encima del pedestal”, sostiene el arquitecto.

Clautro de la U de Cartagena 2016
Así se ve el claustro de La Merced al finalizar los trabajos.
Solo falta el busto de García Márquez en el pedestal del centro. Foto El Universal

CEREMONÍA EN MAYO

Entre las directivas de la Universidad y la familia de García Márquez acordaron el 22 de mayo como fecha para la ceremonia de recibimiento de las cenizas. (Lea aquí: Cenizas de García Márquez llegarán a Colombia en mayo)

Además de familiares y amigos cercanos del escritor, en el acto se espera la presencia de personajes de la élite cultural y altos mandatarios, como el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quien ya habría confirmado su asistencia.

Se conoció que para ese día se gestiona el traslado de una exposición itinerante de Gabo desde Bogotá y también posiblemente habrá una exposición fotográfica histórica del claustro y del hallazgo del aljibe sobre el cual reposarán sus cenizas.
Publicado por MEMORABILIA GGM en Cali – Colombia 6:03 p. m. No hay comentarios: Enlaces a esta entrada
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Etiquetas: La deuda de GGM con Víctor Cohen. Macondo como destino literario. F. González: “La paz en Colombia que quería Gabo está a punto de llegar”, Transformación del claustro de La Merced.

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