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Carta de un alcalde corrupto

Por Eligio Palacio Roldán

Ilustración ziffdavisinsininternational.com

El Pueblo, noviembre 16 de 2017

Señor

Eligio Palacio Roldán

Medellín

 

Apreciado señor Palacio Roldán:

Desde hace cinco años que comenzó a publicar en su blog, www.eligiopalacio.com, he leído sus columnas de opinión, en especial las que se refieren al tema de la corrupción y no sé si reírme o llorar. Incluso, a veces, me despierta una gran ternura  su inocencia. Tal pareciera que usted habitara una galaxia lejana de ángeles y no la tierra que lo vio nacer hace ya más de medio siglo.

Tratando que aterrice sus conceptos, le cuento mi historia que es la misma de cientos, miles, de alcaldes de Colombia:

Alguna vez, con escasos diez años de edad, me nombraron representante del grupo para hablar con el Alcalde de El Pueblo. Era tan elegante, tan bien vestido, tan imponente que se me ahogo la voz y casi no le digo lo que me habían encargado decirle. Ya no recuerdo ni que era. Desde ese día me dije que un día sería el alcalde de mi pueblo y lo logré. Fue difícil,

Poco a poco me fui acercando a los partidos políticos, que como usted bien lo dice, son unas verdaderas sectas. A brazo partido me hice un espacio. Con cierto respaldo político, tuve la posibilidad de comenzar a hacer favores que se convierten en deudas eternas; bien dice el dicho: “Es mejor deber plata que favores”. Y la gente me fue debiendo favores y esa gente se fue volviendo incondicional mía.

Llegó el momento y me lancé. Una división en el partido contrario era el escenario perfecto. Subía en aceptación y comenzaron a acercarse los adeptos con aportes para la campaña. Recuerdo que uno de los más decididos era un colega suyo: Periodista. El me ofreció “gratis” volantes y unos trovadores que recorrían el pueblo en un carro con alta voz.  Después llegaron los nuevos ricos de El Pueblo con sus dineros y mi movimiento fue creciendo como una ola…

Nunca olvidaré el día del triunfo: la gente lloraba, me besaba, me cargaba, gritaba odas… En el discurso del triunfo agradecí a todo el pueblo,  incluso a los que no habían votado por mí y reafirmé mi promesa de campaña: ¡Cero corrupción!…

Yo siempre he tenido lo mío y no me ha faltado quien me quiera; pero desde que fui elegido alcalde los amores me sobraron. Tanto que mi relación anterior terminó pronto. Vinieron muchas después, simultáneas: no hay mayor atractivo que el poder.

Después todo  comenzó a complicarse. Nunca dimensioné lo que me esperaba: Me había sobrado algún dinero de la campaña con el que me fui de paseo. Al regresar mis antiguos y nuevos seguidores reclamaban su parte del botín. Los puestos burocráticos eran pocos y los aspirantes muchos; como pude nombré a los más cercanos y comenzaron las críticas. Para acallarlas, empecé a pagar silencios con mis ahorros. Cuando me pagaron el primer sueldo ya lo debía; entonces se me ocurrió la idea: cada uno de los que había nombrado debían contribuir con el dos por ciento de su salario. Así fue, pero no era suficiente.

Al segundo mes tuve que mandar hacer unas escaleras internas que me permitían salir a escondidas de la alcaldía y así esquivar a los cientos de parroquianos que pedían para todo tipo de cosas, desde las más costosas hasta las más ínfimas.

A la par del apetito burocrático estaba el de los contratos: en el empalme me di cuenta que era imposible satisfacer tantas necesidades. Recuerdo uno de los más exigentes era su colega: tuve que contratar un programa de radio, cambiar toda la imagen corporativa del municipio y por supuesto la dotación de empleados y oficinas. También mi amigo, aquel que conocí en la universidad estudiando ingeniería y que se había convertido en un hábil contratista, presionaba día y noche por contratos y yo no tenía. Y como ellos eran muchos más. ¡Me iba a enloquecer!

Empecé a incumplir las promesas de la campaña y la opinión pública se fue en mi contra. Menos mal apareció mi diputado a la Asamblea Departamental:

  • Tienes que hacer una gran obra, me dijo. Una que descreste al pueblo y nos deje utilidades a todos.

Así comenzó la obra más grande de El Pueblo, en toda su historia. Era tan grande que logré el “apoyo” del gobernador, Representantes a la Cámara y Senadores. Hasta el presidente “comió”, dijeron. Y saber que el único que tenía que repartir su dinero era yo: El Secretario de Gobierno, el de Planeación, el de Obras Públicas, los Concejales, el Tesorero… Todos los de la alcaldía, porque hasta mi conductor y la señora de los tintos se  dieron cuenta y hubo que darles. Y a todos los del pueblo que seguían haciendo fila…

Realmente me quedó tan poca plata y mi tiempo en la alcaldía se agotaba de tal manera que, con las ambiciones de los concejales “aceitadas”, logré que se remodelara el parque, se iniciara la construcción del colegio, la nueva terminal de transporte y ese puente que el nuevo alcalde, después de dos años, no ha podido terminar… También arreglar las calles, esas que usted dice se desmoronan por falta de cemento; pero es que había que ahorrar costos o entonces, ¿de donde dinero para repartir entre tanta gente?.

Las gentes de El Pueblo dicen que he sido su mejor alcalde… Yo ahorré algún dinero del cual he invertido en una finquita de la que obtengo mi sustento y el de mi familia, pero me ha tocado gastar cuantiosas sumas para impedir que las investigaciones de las autoridades avancen.

Yo debo tener una segunda oportunidad para poder ahorrar algunos “pesitos” para la vejez. La idea es no tener que repartir el dinero entre tanta gente.

Bueno señor Palacio, ahí le cuento mi historia que no es nada distinta a la de los demás alcaldes de Colombia. No es que quedemos llenos de dinero, como usted supone. Es más, muchas veces, los alcaldes terminan sus mandatos sin un peso. Yo porque fui organizado.

Como usted bien sabe hice mucho por El Pueblo: Por eso, en las próximas elecciones aspiraré de nuevo a la alcaldía. Espero que esta vez se decida y vote por mí. Yo soy el Mejor.

Cordialmente,

El Alcalde de El Pueblo

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