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Así funciona la censura moderna

Editorial Diario El Espectador, Bogotá

Se ven muy ridículos quienes amenazan con violencia a quien, en efecto, sólo trabaja con un lápiz; el problema es que en Colombia sobran ejemplos donde los ridículos matan. / Foto: Facebook de Matador

El caricaturista Matador, uno de los más influyentes del país, anunció que abandonará sus redes sociales por miedo a represalias violentas en su contra. Su caso demuestra cómo los discursos irresponsables de los líderes políticos nacionales fomentan la censura, silencian voces y dejan más pobre y amordazado el debate público colombiano.

“Ante las amenazas de muerte de algunos seguidores del uribismo y del Centro Democrático –escribió el caricaturista en su cuenta de Twitter–, he decidido no volver a publicar nada en mis redes sociales. Si quieren venir por mí, no tengo escoltas ni nada… tengo un lápiz y mi cerebro”.

La persecución contra Matador se recrudeció particularmente en esta campaña política, después de que un abogado uribista iniciara una acción de tutela en su contra. El abogado se consideraba ofendido por una caricatura en la que se retrataba a Iván Duque como un cerdo y tildaba a sus copartidarios de ser unos “cochinos”. En sentencia de primera instancia, se protegió la libertad de expresión y se recordó que la sátira requiere, necesariamente, ofender e incomodar.

Pero la censura moderna (y ni tan moderna), en su versión colombiana, no necesita del Estado para ejercerse. Partidarios del uribismo, que también se sentían ofendidos, empezaron a linchar en la picota a Matador, varios de ellos con claras amenazas contra su integridad. Una, en particular, decía: “Matador es un canalla, qué falta nos hace Castaño para callarlo”. ¿A qué nivel de deshumanización ha llegado el discurso político colombiano que tenemos a personas expresando melancolía por la ausencia de paramilitares que tanto daño le hicieron al país?

Parafraseando a Christopher Hitchens, en el momento en que la contraparte en un debate saca un arma, ya perdió la discusión. Se ven muy ridículos quienes amenazan con violencia a quien, en efecto, sólo trabaja con un lápiz; pero el problema es que en la historia de Colombia sobran los ejemplos donde los ridículos matan y cumplen sus promesas de violencia.

Iván Duque escribió en su cuenta de Twitter que rechaza “las expresiones de violencia verbal y llamado a la intolerancia” contra Matador, pidiendo soluciones y no agresiones. Por su parte, el expresidente Álvaro Uribe escribió que el Centro Democrático “odia la amenaza, la violencia, quienes las utilicen no representan a nuestro partido”. Junto con ellos, voces de todo el espectro político expresaron su apoyo a Matador, como debe ser.

Sin embargo, queda la amargura de saber que este tipo de gestos son excepcionales. Entre los políticos colombianos se ha vuelto costumbre reprobar el trabajo de la prensa, particularmente la que es crítica a sus aspiraciones (como deben serlo, por definición, los caricaturistas y cualquier persona que quiera ejercer el periodismo responsablemente). Cuando lo hacen, les dicen tácitamente a sus seguidores que hay que defender la patria deslegitimando el periodismo. En muchos casos, pasar de eso a la violencia es un paso muy pequeño y muy común. El compromiso con la libertad de expresión debe ser en todo momento, no sólo en los casos extremos como el de Matador.

Porque si uno de los caricaturistas más reconocidos del país siente tanto miedo que decide esconderse, ¿qué puede esperarse de todos los demás que hacen críticas incómodas en todo el país y no tienen el mismo reconocimiento y apoyo? Así es como triunfa el silencio.

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