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Así escribía Hernando Santos

Por Edgar Artunduaga

Hernando Santos Castillo (datuopinion.com)

La habilidad de dictar

Aunque era abogado, nunca le gustó que le dijeran “doctor”, un título que en Colombia se concede a diestra y siniestra.

El hijo del gran “Calibán” y papá de Pachito prefería el “don”, que en tierras españolas es título nobiliario, pero que aquí se lo damos  no sólo a los médicos sino también a quien tenga dinero o simplemente desempeñe un buen puesto.

Don Hernando era un hombre sencillo, algo tímido, pero resuelto y categórico cuando le tocaba. Sentía una desenfrenada pasión por los toros. Firmaba sus crónicas sobre la fiesta brava con el seudónimo de “Rehiletero”. Y en su columna de temas generales, titulada  “Detrás de las noticias” era simplemente “Hersan”.

El y su hermano Enrique (el papá del actual presidente Santos) supieron convertir el periódico El Tiempo en un gran emporio de las comunicaciones en Colombia. El desaparecido binomio bogotano jamás imaginó que el influyente diario terminaría siendo de propiedad del magnate Luis Carlos Sarmiento Angulo.

Más de cincuenta años  escribiendo, siempre en El Tiempo, periódico del que fue director, le dieron a Hernando Santos toda la “cancha” del mundo para realizar su trabajo con rapidez, facilidad y calidad.

Escaló progresivamente todas las posiciones posibles en “El Santódromo”: redactor raso, jefe de redacción, subdirector y director general. Era abogado, pero nunca tuvo espacio para ejercer esa profesión. Nada de códigos, ni de incisos. El Tiempo se quedó con él.

Julio Mario Santodomingo y Hernando Santos (colarte.com)

Julio Mario Santodomingo y Hernando Santos
(colarte.com)

“Este trabajo de periodista es muy distinto al de escritor. Aquí se marcha de acuerdo con las horas de cierre, sobre el tiempo”, decía don Hernando. Antes escribía directamente en su máquina mecánica. No necesitaba a la secretaria y fumaba con desespero.

Las cosas fueron cambiado. Dejó de fumar y aprendió a dictar. Su secretaria por más de 25 años, Gladys de Castellanos, tomaba los dictados que prácticamente eran de corrido, sin muchas dudas ni indefiniciones. Sin pestañear, soltaba fácilmente un editorial o un artículo.

Después se cumplía el proceso de corrección que hacía don Hernando con su secretario Luis Noé Ochoa, el del Arca sabatina, en el computador. Y en menos de lo que cantaba un gallo estaba lista la obra maestra.

Lo podían interrumpir, podía contestar al teléfono, podía incluso pelear por cuestiones políticas y periodísticas, pero regresaba al texto y lo terminaba. Su habilidad en el dictado era verdaderamente prodigiosa.

Don Hernando recordaba que comenzó escribiendo cosas ligeras y que seguía redactando notas de toros y culturales, pero obviamente en su condición de director tuvo que asumir el manejo, la concepción y la redacción de los más intrincados asuntos de la política nacional o internacional. Solía sacarle el cuerpo a los temas económicos porque no dominaba esas disciplinas.

Siendo un hombre conciliador, sin odios, que asumía el periodismo no como garrote contra nadie sino como una simple oportunidad de servicio, así fueron sus escritos. Claros y directos, pero amables, sencillos, sin excesos. Seguramente por eso fluían tan fácilmente.

“Don Hersan” se fue a cuadrar caja con el de arriba el 20 de abril de 1999. Tenía 77 años.

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