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Así escribía Alfonso López Michelsen

Por Edgar Artunduaga S.

Benjamín Ardila, Oscar Domínguez y Carlos Murcia ponen atención a las palabras del ex presidente Alfonso López M (archivo personal de ODG)

López obligaba a pensar. Estremecía cuando escribía. Era malévolo. También satánico. Era un encanto, decían  las mujeres jóvenes y más maduras.

Todo se afirmaba de él, bueno y malo. Y posiblemente todos tenían razón. Era una de las inteligencias más claras de Colombia, un erudito, de la política, del derecho y de la vida.

Catedrático en las universidades Nacional, Libre y del Rosario. Fundador del desaparecido Movimiento Revolucionario Liberal. Ocupó todos los cargos públicos hasta llegar a la presidencia de la República.

Algunas de sus obras: La Posesión Inscrita, Colombia en la Hora Cero, Posdata a la Alternación, Introducción al estudio de la Constitución en Colombia, El Padre de un Liberalismo burgués y Los Elegidos (novela llevada al cine).

Columnista de El Tiempo. Formidable escritor y comentarista. Qué tenía que todavía nonagenario lo perseguían tantas mujeres?

Era ambidextro

Dieciséis años de “martillar” el latín y el griego, le dieron al ex presidente López una formación clásica, severa, que él mismo fue haciendo más drástica con el paso de los años.

López se imponía rigor cuando de escribir se trataba y ante todo concisión en el estilo, evitando adjetivos y superlativos.

Escribía en cualquier momento y podía hacerlo en su oficina, en una mesa donde apoyarse y hasta en la cama.

La novela Los Elegidos se la dictó totalmente a su secretaria en México, pero de su puño y letra fueron sus alegatos jurídicos y sus grandes documentos políticos.

Declaraciones tan famosas como las firmadas en las Islas del Rosario, Isla Arena e Isla Grande fueron despaciosamente confeccionadas a mano.

López Michelsen fue ambidextro, uno de los pocos casos de que se tuvo conocimiento en Colombia. Aunque prefería escribir con la mano derecha, ejercitaba constantemente la izquierda.

La primera confesión

“Nunca me había venido a la mente auscultar el proceso de cómo escribo mis crónicas”, comentó López al responder los primeros requerimientos que un día le hicieron sobre el particular. Pero aceptó el reto y con detalles precisos le respondió así a don Arturo Villar Bergnes:

“Divido mi tarea en dos etapas. La primera, generalmente obra del subconsciente, buscando el tema. La segunda, que yo llamaría de carpintería poniéndolo en blanco y negro sobre el papel.

Hallar un tema que interese al mayor número de lectores y darle un tratamiento nuevo, no es nada fácil. Toma a veces días y aún varias semanas mientras rueda en la cabeza algo que se oyó en una conversación, que se leyó en un libro o de lo cual fue testigo.

Poco a poco se van elaborando los conceptos, en los momentos de reflexión, y –finalmente- se van seleccionando los giros más apropiados para el tono que se le quiere dar al escribir, en procura del sector de la opinión lectora al cual se quiere llegar.

Cuando comienzo a escribir –generalmente lo hago al dictado— no solamente tengo los conceptos ordenados sino los ejemplos y los vocablos a flor de labios, para entregar el mensaje que me propongo divulgar.

Escribir con claridad y en frases breves no me parece una tarea difícil. Es como decía el ingenio español: “hablar como mi madre hablaba”, pero se hace indispensable adornar la prosa dándole cierto contenido literario, que no parezca traído de los cabellos y enlazar las distintas partes de la oración.

Confieso que tengo horror  de los superlativos y de las alucinaciones imprecisas, tanto del uso de los adjetivos gastados en los últimos tiempos como el tan reiterado “formidable” y el “tremendo” que se dedica por igual de la explosión demográfica que del puño de Kid Pambelé.

Tampoco me engolosino con el procedimiento, relativamente frecuente entre mis compatriotas, de sustituir las palabras de uso corriente en nuestro medio por aquellas castellanas que parecen afectadas y postizas en América, y que para sorpresa mía es algo de recibo como ejemplo de buen decir éntrelos profesores de segunda enseñanza, cuando se trata de la docencia de la lengua o la calificación de los trabajos de los alumnos. Escribe bien, en este sentido, quien dice: “el labriego arreaba las acémilas por las dehesas” y no quien escribe: “el campesino arreaba la recua por entre los potreros”. La reacción que ha producido el abuso en el empleo de estos giros librescos ha sido tan extrema, como toda reacción violenta, que muchos han acabado por caer en la literatura de la alcantarilla. Trato de evitar uno y otro exceso”.

Una máxima lopista

Para concluir, va esta máxima salida del magín del fundador y director del semanario La Calle, vocero del finado MRL:

“El mayor problema con que tropieza el escritor, pero principalmente quien aspira a periodista, es el reducir a unas pocas cuartillas su pensamiento, procurando alcanzar la rara virtud de la concisión”. Y evocaba así la famosa carta de Madame de Sevigné a Madame de Gringnan disculpándose de no tener disponible tiempo largo para escribir corto, lo cual constituye, en todo tiempo, una verdad de a puño”.

 

 

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